Evangelio 2018

diciembre 2015 – Espiritualidad digital

El principio es ahora

Jesus_Nino1d    El prólogo del evangelio según san Juan nos lleva muy, muy lejos, al Principio: En el principio ya existía la Palabra.

    ¿Cuándo fue ese principio? ¿Hace muchos años? ¿De cuántos siglos estamos hablando?

    De todos, y de ninguno. Ese principio es siempre. No se alcanza en el comienzo de una línea horizontal, como si nos remontásemos al primer segundo de existencia de la Creación visible. El trazado que nos lleva a él es vertical: la eternidad está sobre la línea de los siglos como un punto. Desde allí, todo es presente.

    El sábado 19 de diciembre, Antonio Garrigues escribía en la Tercera del diario ABC un artículo sobre la posibilidad de que la ciencia nos convierta en inmortales. Sea o no verdad, eso no nos volvería eternos; más bien, nos apresaría en la línea del tiempo, que se habría vuelto para nosotros una red infranqueable. Pero la eternidad es otra cosa. Le pertenece a Dios.

    Hoy, sin embargo, la eternidad ha descendido a la Tierra. Desde Belén, en oración, se eleva el alma y abraza a su Creador. Queda el tiempo remontado, se rompe su red, y se experimentan gozos sublimes de Amor celestial. El principio, ahora, está muy cerca.

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Un Belén viviente en tus entrañas

Belén viviente   En la antigua Alianza, para encontrar la soledad con el Creador debía el hombre dirigirse al templo, que era el lugar bendecido por Dios y por Él señalado como punto de encuentro. Se encontraba, normalmente, en lo alto de un monte (Sión, donde Jerusalén fue edificada), indicando el esfuerzo del hombre por alcanzar los cielos. Y allí, en ese lugar, se alzaba el ser humano sobre lo terreno y esperaba ser escuchado por Dios. La profetisa Ana, esperando al Redentor, no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones.

   Pero, ahora que Dios ha venido a la tierra, el templo es Él. Él es el lugar de encuentro entre el hombre y su Creador. Y, fruto de ese encuentro amoroso, el alma en gracia queda también convertida en tabernáculo de la presencia de Cristo.

   Ya no necesitas, como Ana, encerrarte en el templo durante las fiestas para vivir piadosamente las navidades. Además, tienes que comprar regalos y preparar comida, que estamos de fiesta. Y, mientras haces esas cosas, puedes estar retirado y silencioso en el templo de tu alma, compartiendo habitación con Cristo. Llevas un Belén viviente en tus entrañas. ¡Haz que se note!

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Simeón

Simeón   Simeón es un personaje conmovedor. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías. Y había esperado en el Templo años y años a que el oráculo se cumpliese.

   Muy anciano era cuando, un día, vio entrar en el Templo a María, José y el Niño Jesús. Se acercó a la Virgen, y la propia Madre, dulcemente impulsada por el Espíritu, depositó al Hijo en los brazos temblorosos del anciano.

   Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Su vida está cumplida, ahora que ha abrazado al Amor para quien hemos sido creados. Y me pregunto yo por qué no subimos al Cielo, como la beata Imelda, después de comulgar. ¿Acaso podemos esperar algo más de la vida? Supongo que la respuesta es «almas» y «expiación». Pero duele.

   Porque mis ojos han visto a su Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos. ¿Qué pueblos, Simeón, si al Niño lo tienes tú en brazos? Y, sin embargo, todos los pueblos, dos mil años después, se fijan en ti mientras lo abrazas. Eres candelabro de la luz de Dios.

   Pídele a Él que lo seamos también nosotros.

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Pensamientos navideños un tanto atrevidos

pensamientos navideños   Antes de que el Verbo Divino se encarnase, su llegada fue precedida por la aparición del Bautista, Zacarías, Isabel, José, y, cómo no, la Virgen Santísima, su Madre. Ellos fueron la aurora que presagiaba el amanecer. Los brincos del pequeño Juan en el seno de Isabel fueron, también, alfombra de luz extendida al paso del Salvador.

   Todo esto sucedió en la Tierra. Y me pregunto yo si no sucedería algo parecido en el Cielo antes de la vuelta de Jesús, cuando las puertas del Paraíso serían abiertas para todo hombre. ¿Pudo haber un adelanto, un anuncio celeste de la Redención del género humano? ¿Entraron también en el Paraíso heraldos que precedieron al Cordero, adelantándose a su muerte y resurrección?

   Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo. La Iglesia ve, en estos niños, el cortejo de honor del Cordero. ¿Pudieron ellos, después José, y, más tarde, Juan, haber irrumpido en el Cielo llenando a los ángeles de gozo y anunciando la próxima salvación de los hombres? De haber sido así, el último heraldo, el apresurado y gozoso mensajero del «¡Ya está aquí!» habría sido un ladrón.

   ¡Qué cosas! En fin, pensamientos navideños.

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La familia, el Evangelio, y Google

familia   Prueba a buscar entre las imágenes de Google la palabra «familia». Verás fotos de familias numerosas, donde todos sonríen y parecen decir: «¡Esto es la bomba, chicos!». Cualquiera que las mire pensará que una familia es lo más parecido a la diversión perpetua. Y, sin embargo…

   Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu Padre y yo te buscábamos angustiados. Entramos en el templo en la fiesta de la Sagrada Familia, y el evangelio, que no es Google, nos presenta una imagen de angustia. ¡Nada menos que en la familia de Dios!

   Perdonad si vuelvo sobre lo que ayer escribía: al final, es cuestión de verdad y mentira. Quien es la Verdad no hace marketing con los sueños. Y el mensaje que late tras fiesta de hoy no es el de que la familia sea un paraíso, sino el de que se vive mejor rodeado de amor. Mientras puedas decir «papá» y «mamá», aunque padezcas sabes que estás salvado. Por eso, al igual que el Niño Dios extiende sus brazos hacia el hombre, la Sagrada Familia abre sus puertas a todo mortal, para que nadie haya que no pueda pronunciar «papá» y «mamá». ¡Somos familia del mismo Dios!

(SDAFAMC)

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Mentira y verdad de las navidades

Esteban   Eso que muchos llaman el «espíritu de la Navidad» es como un paréntesis de dulce mentira en medio de una amarga verdad. Durante todo el año, nos atacamos y nos damos de puñetazos, arremetemos unos contra otros y hablamos sin piedad de nuestros semejantes. Pero, al llegar la Navidad, de repente nos detenemos, imaginamos que somos buenos, y nos comportamos, durante unos días, como si lo fuésemos. Soñamos con un mundo ideal y procuramos creernos nuestros sueños, seguros de que, al fin y al cabo, soñar es lujo permitido si tan sólo se trata de un paréntesis.

   No os fiéis de la gente… Nada más realista que la verdadera Navidad. Os odiarán por ni nombre, el que persevere hasta el fin se salvará. La imagen de Esteban recibiendo pedradas hasta morir es antídoto contra el sueño de los necios.

   El mensaje que late en las entrañas de la Navidad no es el de que los hombres sean buenos y merezcan unas fiestas, sino el de que, a pesar de los pesares, Dios es bueno y nos ama. Y aún siendo odiado y perseguido, ama a quienes lo odian.

   La Navidad es que necesitábamos ser salvados, y ha llegado el Salvador.

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Calla y mira

calla   Es urgente el silencio. Habla Dios, y habla bajito. Callad, por favor.

   ¡Qué paradoja! Son las navidades los días menos «devotos» de todo el año. Idas y venidas, compras, niños, visitas familiares, más compras, comidas, bebidas, más compras, ruido, ruido, ruido… Y, en medio de tanto trasiego, si no rezamos, se nos pasará de largo Dios sin enterarnos.

   Calla, por favor. Al menos durante unos minutos, detente ante el belén de tu hogar. Y, si te cuesta trabajo encontrar silencio en casa, huye –provisionalmente– y ve a la iglesia.

   Mira al Niño. Calla.

   La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros. ¡Hay tanto Amor en el pesebre! Es el Verbo Divino, y aún no sabe hablar. Gime, apenas llora, y sonríe. También, también con su silencio nos habla Dios.

   «Estoy contigo». La presencia del Hijo de Dios sobre un pesebre que se ha vuelto patena significa Emmanuel, Dios–con–nosotros. Míralo despacito, y escúchalo con los ojos: «No te abandono, ni te abandonaré nunca. En medio de tus dolores, de las dificultades de tu vida, de tus miserias y pecados, de tus soledades y tristezas… Yo me hago presente y te tomo de la mano».

   Queridos amigos: ¡Feliz Navidad!

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¿Por qué?

¿Por qué?   Esta noche nos reuniremos con nuestros familiares en torno a la mesa, y sabremos que no es una noche cualquiera. Celebraremos el nacimiento del Niño Dios. Muchos, después de cenar, nos dirigiremos a la iglesia para participar en la Misa del Gallo. Allí dentro, cuando el sacerdote ponga en nuestros labios la Eucaristía, sentiremos que la misma Virgen deposita en nuestros brazos a su Pequeñín. Es el mismo Dios quien, recién nacido, se entrega a nosotros.

   Todo eso sucederá esta noche. Pero sucedió también hace un año, y dos, y tres… Me da miedo que, después de tantas navidades, hayamos dejado de hacernos preguntas y nada nos sorprenda.

   Ante una imagen del Niño Jesús como las que contemplamos en nuestros belenes hay que detenerse y preguntarse: «¿Por qué? ¿Por qué decide Dios hacerse hombre, y nacer niño, y recostarse en un establo, y vivir indefenso hasta morir en una cruz?»

   Nos responde Zacarías: Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto.

   Dios nos visita porque tiene entrañas de misericordia; porque ama al miserable, y esos miserables somos nosotros. Dios nos visita porque no puede mirarnos sin llorar de ternura. Somos muy amados.

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Palabras malsonantes

malsonantes   «Sí» suena siempre mejor que «No». Resulta más agradable escuchar a quien te dice «sí» que soportar a quien te dice «no». Por eso, si no quieres tener enemigos, di «sí» a todo el mundo, y, después, haz lo que puedas. Incluso hay quien piensa que lo correcto es decir siempre que sí, como si Dios nos pidiera que tuviésemos contentos a cuantos nos rodean. Desde luego, sería mucho pedir, incluso para Dios. Si Él mismo, siendo quien es, tiene a media Humanidad de espaldas a cuanto huela a religión, ¿cómo iba a pedirnos a nosotros que tuviésemos contentos a todos nuestros semejantes?

   Y es que no todo es la música. El que una palabra suene bien no significa que haya que tenerla siempre en los labios. En ocasiones, hay palabras malsonantes que agradan mucho a Dios.

   La madre intervino diciendo: –«¡No!». Ahí lo tienes. Fácil le hubiera resultado contentar a toda la parentela, evitarse discusiones y celebrar una circuncisión como la de cualquier hijo de vecino. Pero el precio hubiese sido el de desobedecer a Dios. Y, por decir «sí» a los hombres, al propio Dios habría negado.

   Aprende a decir «no». No todo va a ser caer bien.

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La humildad de su esclava

magnificat   ¿Constituye un atrevimiento el que una mujer se proclame a sí misma la mujer entre las mujeres, a quien todas las generaciones felicitarán? Si es un atrevimiento, habrá que decir que la Virgen es la mujer más atrevida de la Historia:

   Desde ahora me felicitarán todas las generaciones.

   Claro que, en lugar del atrevimiento de una joven presuntuosa hasta el delirio, podríamos estar ante el reconocimiento de un don admirable. La Virgen no se atribuye mérito alguno. Ella, por sí misma, no ha hecho nada, pero el Poderoso ha hecho –dice– obras grandes por mí. Cuando el ángel desplegó ante Ella el plan divino, no se apresuró María, confiada en sus fuerzas, a gritar: «¡Cuenta conmigo, haré lo que me dices!», sino que se arrodilló y suplicó: Hágase en mí según tu palabra. Ella no se llama a sí misma la colaboradora de Dios (aunque lo fue), sino que dice: Ha mirado la humillación de su esclava.

   Si la humildad consiste en andar en verdad, en el caso de María, ser humilde consiste en reconocer que Dios la ha bendecido por encima de toda criatura. Es humildad, y es gratitud.

   ¡Bendita tú, María, que llevaste en tu seno al Salvador!

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