Liber Gomorrhianus

16 Noviembre, 2015 – Espiritualidad digital

Bartimeo y el silencio de los buenos

Bartimeo   Cuando Bartimeo escuchó que pasaba Jesús, comenzó a gritar con todas sus fuerzas. Desde luego, en él se cumplió, al pie de la letra, lo que proclama san Pablo: la fe entra por el oído (Rm 10, 17). No podía ver, pero escuchó. Y, al escuchar, creyó. Y, al creer, gritó.

   Los que iban delante le regañaban para que se callara. Pero ellos, al regañarle, también gritaban. Y aún gritan hoy, dos mil años después, los que no dejan gritar a nadie si grita en nombre de Cristo: «Nadie os prohíbe creer, pero guardaos vuestra fe para vosotros. Relegad vuestras convicciones religiosas a lo íntimo de vuestras conciencias, y no queráis manifestarlas en voz alta. Si rezáis públicamente, nos ofendéis»… Pero ellos no callan.

   Él gritaba más fuerte. ¡Bendito Bartimeo! Esa fe le obtuvo la curación.

   Me asusta el silencio de los buenos. Me asusta el pensar que, de tanto gritar, sean los que iban delante, los que siempre presumen de ir delante, quienes hayan convencido a millones de cristianos para que crean sin hacer ruido, sin manifestar su fe fuera de los templos. Si así fuera, nuestra ceguera sería peor que la de Bartimeo, y de más difícil curación.

(TOI33L)

“Evangelio