Liber Gomorrhianus

14 Septiembre, 2015 – Espiritualidad digital

La oscuridad resplandeciente

oscuridad   Cuando hablamos de creer en Jesucristo, creer no es asentir. Creer es mirar. Y, para mirar, es preciso que Aquél a quien miramos se encuentre en alto, bien visible y expuesto a los ojos del alma.

   Así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

   Es preciso alzar los ojos para mirar a la Cruz. Es preciso despegarlos de la Tierra, y renunciar a fijar la mirada en las criaturas. Tiembla el corazón, porque siente que no hallará reposo, y tampoco podrá alcanzar el Cielo. Pero, entre Tierra y Cielo, la Cruz se alza como albergue para los ojos que caminan en busca de la luz.

   Allí, en el cuerpo herido del Salvador, encuentra el alma como una oscura claridad. Todo es noche, y, en esa noche, todo es día. Todo es muerte, y, en esa muerte, todo es vida. Luz y tinieblas no se funden formando un claroscuro. Conviven y se desposan, de modo que la mayor oscuridad es, a la vez, la claridad suprema. Es una oscuridad resplandeciente. Cuando se descubre, los ojos ya no quieren abandonar el Crucifijo hasta que la gloria celeste despeje toda tiniebla.

(1409)