“Evangelio

Julio 2015 – Espiritualidad digital

Donde no eres más que un «pesado»

pesado   Conozco a personas con verdadero celo de almas, que han acercado a la Iglesia a multitud de alejados, y que hablan de Dios a cuantos se cruzan en su camino… Pero que jamás han conseguido que sus seres más amados, los miembros de su familia, se interesen por la religión.

   Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta. Es paradójico, pero está escrito. Y le sucedió también al Señor.

   No hay que extrañarse. El apostolado familiar es el más difícil de todos. Y es que, con la familia, la palabra no sirve para nada. Aunque entre tus amigos puedas pasar por santo, en casa no dejarás de ser un «pesado». Te tienen demasiado oído. Y cuando vuelves a recordar a tus hijos que deben bautizar a tus nietos, o que no estaría mal que pasaran por la iglesia los domingos, su respuesta siempre es la misma –te la digan o no–: «Ya está el pesado de papá –o la pesada de mamá– con la misma monserga de siempre». Ya lo ves: nada que hacer.

   Sólo aparentemente. Hay mucho que rezar, mucho cariño que dar, mucha alegría que transmitir. Ese apostolado sí funciona en la familia.

(TOI17V)

El horno encendido

horno    El Infierno nunca apetece. Pero, en verano, apetece aún menos. Las imágenes del horno encendido, leídas a 40º C de temperatura, provocan auténtico pavor.

    Separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al horno encendido. Y, con todo, si el fuego del Infierno fuese comparable a las llamas que aquí vemos cuando arde un monte, sería más liviano de lo que es.

    El fuego en que arden las almas sin Dios es más comparable al de la sed. Uno se abrasa por dentro, y anhela, como Epulón, una sola gota de agua que traiga refrigerio al corazón en llamas.

    Como sucede con el Cielo, el Infierno se experimenta ya en esta vida, y –si no media conversión– se consuma tras la muerte. El pecado, y la ausencia de un Dios cuyo auxilio se rechaza, quema por dentro a las almas. Por eso son muchos quienes se obsesionan con vivir «hacia fuera»: ruido, gente, trabajo, copas, viajes… Huyen de su propia alma, y no soportan el silencio. Les quema.

    ¡Cuántas de estas personas se salvarían del horno encendido si un alma de Dios les ofreciese una sola gota de agua, una palabra sobre Cristo, que es el agua viva!

(TOI17J)

Marta tiene un marcapasos

marta   «Marta tiene un marcapasos, que le anima el corazón», cantaban los hombres G allá por los 80, cuando algunos éramos tan jóvenes.

   Aquellos cantantes de la «movida» no eran, precisamente, los intérpretes autorizados de la Escritura. Pero ¡cuánta razón tenían al cantarle a Marta!

   Marta tiene un marcapasos, y le anima el corazón a toda velocidad. Su hermana María tiende más a la bradicardia, y permanece sosegada y recogida mientras Marta se altera.

   Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Conozco a Marta: es de esas mujeres que siempre corren. Acuden a todo, si «todo» tiene que ver con Cristo. Si asisten a una misa celebrada por el Papa, se abrirán camino a la primera fila aunque sea a codazos (¡ya pedirán perdón después!). Si llevan a un enfermo al hospital, tratarán de saltarse la cola y reñirán con todo el mundo para que su enfermo sea atendido cuanto antes, sin reparar demasiado en el resto de pacientes. Marta es así: es todo corazón, y ese corazón, que es todo de Cristo, tiene un marcapasos trepidante.

   Y, con todo, lo tengo muy seguro: Jesús ve a Marta, y sonríe.

(2907)

Ficción veraniega

verano    Así comienza el evangelio de hoy: Jesús dejó a la gente y se fue a casa.

   Teniendo en cuenta el cansancio del Señor al final de la jornada, podría seguir con algo parecido a esto: «se sirvió un refresco y esperó a la hora de cenar, para después irse a la cama».

   Pero, volviendo al evangelio: Los discípulos se le acercaron a decirle: «Acláranos la parábola de la cizaña en el campo».

   En nuestra ficción veraniega, ahora podría seguir: «Jesús contestó: “Mejor preguntádmelo mañana. Ahora vamos a descansar un poco y a cenar”».

   Pero el evangelio no obedece a nuestra ficción veraniega. Jesús se entretuvo con los suyos explicando detenidamente la parábola.

   Ni Jesucristo era un trabajador a tiempo parcial, ni el cristianismo es un voluntariado que se ejerza de seis a ocho. Cuando el corazón es presa de un amor, no puede apagarse el fuego como se apagan las luces del dormitorio por la noche.

   He aquí la diferencia entre lo que algunos entienden por «hacer apostolado» y la realidad del ser apóstol. Para hacer algo tienes que empezar –con esfuerzo– y puedes terminar. Pero si eres apóstol, lo eres mañana, tarde, y noche. Dejar de serlo supondría morir.

(TOI17M)

Cuidado con el oso cuando abraza

mundo   De santa Inés se cuenta que, antes de ser decapitada, fue encerrada en un prostíbulo. Cuando la recogieron, pensando que aquellas mujeres habrían acabado definitivamente con la inocencia de la pequeña (tenía 12 años), descubrieron el burdel convertido en convento, y a las pecadoras convertidas en mujeres penitentes y devotas. Había sucedido con aquella niña lo que dijo el Señor en su enseñanza: El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente.

   Podemos estar seguros de que aquella transformación no se operó porque la pequeña dijese a las meretrices que la Iglesia cambiaría su enseñanza, y que reconocería que aquel oficio era tan santo como el de los sacristanes de las basílicas. Lo digo para quienes se empeñan en ganar adeptos bajando listones.

   La levadura es ínfima en comparación con la masa. Pero hay quien no se resigna a que seamos «minoría», y quisiera, a base de dialogar y realizar concesiones, convertir el cristianismo en la religión de moda. Se equivoca. Cuando hayamos sonreído tanto al mundo que el mundo nos abrace, el siguiente movimiento que realice será el de devorarnos. Lleva siglos deseándolo.

(TOI17L)

Que nada se desperdicie

que nada se desperdicie   Conmueve el gesto de Jesús tras la multiplicación de los panes: Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie. Al dar esa instrucción, no le movía un afán de ahorro, ni la cautela del pobre que no sabe si comerá mañana. Él es la abundancia misma de Dios, y acababa de convertir cinco panes en alimento para miles de personas. Lo que movía a Jesús a recoger los pedazos de aquel banquete era el tierno aprecio por los dones de Dios. Ni una miga debía perderse de las entregadas por su Padre, porque todas ellas llevaban el sello de su Amor.

   Pienso en ello cada vez que, tras la comunión, purifico los vasos sagrados. En cada partícula de la sagrada Hostia está Cristo entero. Por eso, debo purificar con tal cariño y delicadeza que nada se desperdicie.

   Lo que Dios regala al hombre no debe perderse. En ocasiones sucede así, cuando los hombres dan la espalda a los dones de su Creador. Santa Teresa de Lisieux estaba empeñada en que no se perdiese ni una gota de la sangre de Cristo.

   Tú procura comulgar bien. Agradecer todo, aprovechar todo, disfrutar todo, hasta el dolor. Que nada se desperdicie

(TOB17)

Lo peor –y lo mejor– de los santos

santiago-apostol-diadel3   A veces pienso que se trata de algo intencionado. Y la intención debe ser doble, de la Escritura por una lado y de la Iglesia por otro, aunque ambas intenciones tengan un mismo origen. Me refiero a esa costumbre de mostrar lo peor de los primeros santos (¡los elegidos para acompañar a Jesús!). Santo Tomás con su incredulidad, santa Marta con su tozudez, san Pedro con su traición, y, hoy, Santiago con sus ínfulas, escudado tras las faldas de mamá: Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.

   Será o no intencionado, pero ¡qué bien nos viene! Al mostrarnos lo peor de los primeros santos, la Iglesia y la Escritura nos recuerda aquello que tienen en común con nosotros. Es fácil sentirse identificados con ellos en ese barro frágil y quebradizo del que también nosotros estamos hechos. Podríamos ir aún más allá, y recordar que no nos ama el Señor a nosotros menos que a ellos.

   Entonces, ¿qué nos falta para que seamos santos como ellos? Te lo diré: nuestra correspondencia a la gracia. Ya que los hemos imitado en lo peor, hagámoslo también en lo mejor.

(2507)

Trata de entender

entender   A la vista de la explicación que Jesús ofrece a los suyos, parece que el fruto de la Palabra de Dios en nosotros dependiese de nuestra capacidad para entenderla: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón (…) Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto.

   Supongo que esta misma explicación debe ser entendida. De otro modo, podríamos pensar que el reino de Dios es de los sabios Pero no es verdad. Es incontable el número de sabios a quienes ha escandalizado la Escritura.

   Digamos, en primer lugar, que Dios es sencillez suma, y, por eso, sólo los sencillos lo entienden. Las personas complicadas y enrevesadas acaban enredando la Palabra entre sus complicaciones y lo enmarañan todo. Sin embargo, los niños a quienes preparamos para la primera comunión entienden el evangelio y nos lo explican a los mayores.

   En segundo lugar, uno de los dones del Espíritu es, precisamente, el de entendimiento. No lo niega el Paráclito a quien lee en gracia la Palabra.

   Por tanto, ¿quieres entender la Escritura? Léela en gracia y con alma de niño. Darás fruto.

(TOI16V)

De cómo trata el Señor a quienes lo aman

lo poda, para que de mas fruto   Muchas veces, el Señor cura a quienes Él ama, y alivia sus dolores. Los evangelios están llenos de enfermos sanados, hambrientos saciados y personas atribuladas que encontraron respiro a sus penas Jesús. Así trata a quienes ama.

   Ahora te diré cómo trata a quienes lo aman: A todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. A quienes lo aman, Jesús los purifica. En lugar de curar sus dolores, imprime en ellos las marcas de su Cruz. Permite que todas las criaturas en que se apoyaban les fallen, les retira cualquier consuelo terrenal, y limpia sus corazones de cualquier afecto desordenado, grabando en ellos la soledad y los dolores que soportó en su Pasión. Los introduce en las tinieblas, los despoja de cualquier vestido terreno, y en la oscuridad más espesa y dulce se une a ellos en Amor. Se convierten, entonces, en otros cristos. Y dan mucho fruto, y salvan muchas almas, y renuevan la tierra.

   Recuérdalo bien: si el Señor te libra de un dolor, es señal de que te quiere. Pero si, en lugar de librarte de tus penas, te colma con las suyas… Te lo has buscado. Es porque amas mucho a Cristo.

(2307)

Llorando como una magdalena

magdalena   Se les supone a los ángeles una preclara inteligencia. Por tanto, no hacen preguntas tontas; sólo hacen preguntas oportunas y agudas. María Magdalena fue el blanco de una de ellas:

   Ellos le preguntan: – «Mujer, ¿por qué lloras?»

   Tan oportuna e inteligente era la pregunta, que el mismo Hijo de Dios, minutos más tarde, la repitió:

   Jesús le dice: – «Mujer, ¿por qué lloras?»

   Será, por tanto, oportuno que nos hagamos eco del interrogatorio, y respondamos.

   Para empezar, no digas que no lloras. Todos lloramos, por dentro o por fuera. Busca ahora el motivo de tus lágrimas: «Lloro porque me duele aquí o allí, lloro porque estoy enfermo, lloro porque no me hacen caso, lloro porque los demás no hacen lo que les digo, lloro porque las cosas no salen como me gustaría, lloro porque mi familia me hace sufrir, lloro porque tengo un hijo enfermo, lloro porque no tengo dinero»… Es suficiente.

   Lee ahora la respuesta de María Magdalena: Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. ¿Alguna vez has llorado porque echabas de menos a Jesucristo? ¿Has derramado alguna lágrima por su Amor?

   Llorar «como una magdalena» no es llorar mucho. Es llorar bien.

(2207)