Liber Gomorrhianus

29 Junio, 2015 – Espiritualidad digital

¡Dichosos ellos!

santidad   A los santos no se los aplaude; se los felicita. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones (Lc 1, 48), dijo la Virgen de sí misma.

   Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás. No aplaude Jesús a Pedro; poco después lo llamará «Satanás». Pero lo felicita, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en los cielos.

   Y es que la santidad es un derroche del Amor de Dios vertido en el hombre. Es cierto que el hombre, al recibir semejante privilegio, debe elegir entre acogerlo o despreciarlo. Si lo desprecia –algunos lo hacen– el pecado es sólo suyo, y tendrá lo que ha merecido por su ingratitud. Si lo acoge, la gracia es de Dios, y el agraciado merece ser felicitado más que ensalzado. El ensalzado es Dios, que tanto Amor derrocha con los hombres.

   Pedro y Pablo, siendo miserables, como nosotros, acogieron el Don de Dios. Y ese Don –el Espíritu divino– los transformó, los santificó, e hizo de ellos columnas de la Iglesia. Sobre su fe y su legado descansan nuestras vidas. También nosotros, a través de ellos, hemos recibido mucho. Ojalá puedan felicitarnos quienes compartan nuestra alegría.

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