Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Junio 2015 – Espiritualidad digital

Duerme Dios… Durmamos todos

duerme   Si, en lugar de alborotarse, los apóstoles hubiesen contemplado el rostro de Jesús dormido en la barca, hubieran reaccionado de diferente manera.

   La barca desaparecía entre las olas; él dormía… Parece que fuera nuestra última hora. Parece que estuviéramos a punto de morir. Parece que la barca se hunde, y todos acabaremos sepultados. Parece que el viento y el agua nos devorarán.

   Sin embargo, Él duerme. Está tranquilo. Y si Jesús, siendo Dios, está tranquilo y duerme, ¿por qué nos alborotamos? Si en verdad estuviéramos en peligro, Él, que tanto nos ama, no se habría dormido, porque sabemos que vela por nosotros. Por tanto, si Dios duerme, no lo despertemos. Dejémosle descansar, y descansemos nosotros en Él. Duerme Dios; durmamos todos.

   ¡Ojalá hubiésemos aprendido esa lección! Porque no mucho después, en Getsemaní, Dios tiritará, sufrirá angustia y pavor, sudará sangre… Y, cuando acuda a buscar consuelo en los hombres, los encontrará dormidos. ¿Y ahora qué? ¿Ya no teméis?

   ¡Miserable humanidad! Velamos inquietos cuando Dios duerme, y dormimos a pierna suelta cuando Dios vela sumido en la angustia. Más nos valdría no temer cuando Dios no teme, y preocuparnos de lo que a Dios le preocupa: la salvación de las almas.

(TOI13M)

¡Dichosos ellos!

santidad   A los santos no se los aplaude; se los felicita. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones (Lc 1, 48), dijo la Virgen de sí misma.

   Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás. No aplaude Jesús a Pedro; poco después lo llamará «Satanás». Pero lo felicita, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en los cielos.

   Y es que la santidad es un derroche del Amor de Dios vertido en el hombre. Es cierto que el hombre, al recibir semejante privilegio, debe elegir entre acogerlo o despreciarlo. Si lo desprecia –algunos lo hacen– el pecado es sólo suyo, y tendrá lo que ha merecido por su ingratitud. Si lo acoge, la gracia es de Dios, y el agraciado merece ser felicitado más que ensalzado. El ensalzado es Dios, que tanto Amor derrocha con los hombres.

   Pedro y Pablo, siendo miserables, como nosotros, acogieron el Don de Dios. Y ese Don –el Espíritu divino– los transformó, los santificó, e hizo de ellos columnas de la Iglesia. Sobre su fe y su legado descansan nuestras vidas. También nosotros, a través de ellos, hemos recibido mucho. Ojalá puedan felicitarnos quienes compartan nuestra alegría.

(2906)

Historia de un robo

robo   Aquella mujer se acercó a Jesús por detrás, como una ladrona. Y así debía sentirse, aunque cualquiera comprendería que se trataba de un hurto famélico. Tras haber gastado su fortuna en médicos, continuaba desangrándose.

   El robo fue un éxito. Estaba segura de que con sólo tocarle el vestido curaría. Y así fue. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias.

   De repente, Jesús se detuvo. – ¿Quién me ha tocado el manto? Se dio la vuelta, y buscó con la mirada, hasta que dio con ella.

   La mujer, entonces, se acercó asustada y temblorosa. La habían descubierto. Temió, por un momento, que Jesús, furioso, recuperase el milagro robado, y la enfermedad volviera a cebarse en ella. Entonces se le echó a los pies y le confesó todo. Quizá la confesión le obtuviese el perdón…

   Jesús sonrió. – Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.

   Paradoja: el hombre más rico de la Tierra, Dios encarnado, está disponible para los ladrones. Y le encanta que le roben. Pero a la gente le da por robar bancos y supermercados, que es complicadísimo, mientras sólo unos pocos van al confesonario a robarle a Jesús la sanación. No hay quien lo entienda.

(TOB13)

Los de cerca y los de lejos

Basta que lo digas de palabra   A menudo sorprende, en los santos evangelios, la dureza de Jesús con «los de cerca», sobre todo si la comparamos con la ternura que muchas veces dispensó a «los de lejos».

   Hoy mismo: la fe de un centurión romano, ajeno por completo a las promesas de Israel, moverá al Señor a exclamar: Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Y, acto seguido, sentenciará: A los ciudadanos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. ¿Por qué?

   A los de cerca, Jesús nos ha dado las llaves de su corazón. Podemos amarlo intensamente, y también intensamente le podemos herir. Estar cerca tiene sus peligros.

   En ocasiones, los de cerca nos creemos buenos. Tomamos el regalo de Dios como derecho, y pensamos que hemos merecido lo que se nos dio. El paso siguiente es apropiarnos de la Tierra Prometida y convertirnos en Dios. Lo fiamos todo a nuestras fuerzas, y olvidamos la fe. Convertimos la Iglesia en empresa, y el esfuerzo sustituye a la oración y el ayuno.

   Jesús, entonces, encuentra a quien le dice: Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano… Y encuentra en él el consuelo que nosotros no le damos.

(TOI12S)

Mucha gente pueden ser pocas personas

mucha-gente1   ¡Que venga gente! ¡Más gente! En nuestro particular vocabulario, «gente» significa «éxito». Si reúnes mucha gente, eres un triunfador. Y, si te quedas solo, te señalarán. Muchos reclaman hoy el gobierno «de la gente». Y, sin embargo, reunir gente no es difícil. Basta con dar mucho y pedir poco. Si regalas televisores en la plaza, la llenarás de gente. ¿Habrás triunfado? Lo que es seguro es que no te habrás quedado solo.

   En ocasiones, los sacerdotes hemos recorrido ese camino: gente, que venga gente. Ponlo fácil, que se diviertan, que lo pasen bien, que no se aburran, que vengan muchos, abre las puertas, todas las puertas… ¿Y qué?

   La «gente» es un monstruo que asesina a las personas. He visto templos llenos con confesonarios vacíos. Porque en el confesonario no cabe gente, sólo personas. De una en una. Y, allí, al pecado se le llama pecado, y al perdón, perdón.

   Al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente. Cuando, sin embargo, subió el monte, tuvo que subir solo, cargado con la Cruz. Simón de Cirene no es «gente». Es Simón de Cirene. Cuando se va la gente, despunta la verdad. Lo contrario de «gente» no es «nadie», sino «uno».

(TOI12V)

La Palabra de Dios como trabajo

palabra de dios   Escuchar la Palabra de Dios cada día y meditarla es como retirarse a un lugar tranquilo y gozar deleites celestiales. Esos momentos, en que el alma y Dios quedan a solas, pueden llegar a ser los mejores momentos de la jornada. Y es que la Palabra de Dios es dulce como miel.

   Sin embargo, ¿queda el alma santificada por haber escuchado la Palabra y haber descansado en ella?

   No necesariamente. La Palabra de Dios como descanso repara las fuerzas, pero no basta para santificar al hombre si el hombre no pone en juego su libertad.

   El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena… Y es que uno puede escuchar la Palabra de Dios como quien asiste a un concierto: goza, se deleita, aplaude, y después retoma su vida donde la dejó. Nada ha cambiado.

   Después de gozar la Palabra de Dios como descanso, debes vivirla como cansancio. Has terminado tu tiempo de oración: es hora de dar la vida. Culmina tu oración con un pequeño propósito, y emplea el resto de la jornada en luchar por cumplirlo. Así corresponderás al Amor, y quedarás santificado.

(TOI12J)

Para los amantes de la improvisación

improvisar   A pesar de lo que muchos creen, Dios no improvisa nunca. Cada acto o palabra suyas han sido gestados desde toda la eternidad, y son alumbrados en el momento justo.

   Si Dios, siendo Dios, no improvisa, mucho menos le conviene al hombre improvisar, especialmente cuando se trata de servir a Dios. La escucha del designio divino y la obediencia requieren tiempo y preparación. Personalmente, cuando me piden que predique sin darme tiempo para preparar la predicación siempre me niego. «¡Improvise! –me dicen– ¡Deje hablar al Espíritu! Ya sabe, “ex abundatia cordis”»… No les digo lo que saldría si destapo de repente el “cor” para no asustarlos, pero sí les digo que, precisamente para dejar hablar al Espíritu, debo preparar despacio mi predicación. De otro modo, me predicaría a mí mismo y les aburriría a ellos con discursos interminables.

   Vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel… Años de retiro y desierto fueron necesarios para que el Bautista cumpliese su vocación. Y si vuestras familias no son hogares cristianos donde vuestros pequeños se habitúen a escuchar a Dios, tampoco vuestros hijos podrán cumplir la suya. Cuidad el ambiente de vuestras casas. Ni la santidad ni la felicidad se improvisan.

(2406)

Preguntando se llega al cielo

senda       Una autopista la encuentra cualquiera. En cambio, un camino estrecho en la ladera de un monte es todo un enigma. En ocasiones, estos caminos no aparecen ni en los mapas. La única forma de dar con ellos es preguntar a los viejos lugareños, o a los pastores. Por eso dice el profeta: Preguntad por la vieja senda. ¿Cuál es el buen camino? Seguidlo, y hallaréis reposo (Jer 6, 16).

   ¡Qué estrecha es la puerta, y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos. Convéncete: el camino del Cielo no lo encontrarás solo. Es muy estrecho, y el mundo olvidó señalizarlo. Debes preguntar a los ancianos, es decir, a los presbíteros. Ellos, que han recibido la tradición secular de la Iglesia, te lo indicarán.

   El sacerdote no es un jefe empeñado en que le obedezcas para alimentar su afán de poder sobre las almas. El sacerdote es, simplemente, alguien a quien preguntas por la vieja senda que conduce al Cielo. Si no te gusta el camino que te indica, no despotriques contra él, que a nada te obliga. Eres libre, ve por donde quieras. Aunque, si no haces caso a quien te indica el camino…

(TOI12M)

La viga en el ojo

viga   Cuando tienes una mota en el ojo, aún puedes ver, a pesar de que el ojo te pica. Pero eres consciente de que hay algo debajo de los párpados que te está molestando. Cuando te das cuenta de que no puedes sacarlo, pides ayuda, y un buen amigo ve lo que no ves tú: dónde está la mota. La saca suavemente, y te ha alegrado el día.

   ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? El problema de la viga es que te deja sin ojo, se incrusta en el cerebro y te vuelves idiota perdido. Alucinas, ves elefantes rosados, estrellitas y cucarachas, pero nada es real. Peor aún es si, con semejante artefacto en el globo ocular, tratas de ayudar a alguien. Lo más probable es que lo vuelvas tan idiota como tú.

   Mientras podamos reconocer nuestros errores y pedir ayuda, cualquier pecado es una mota en el ojo: tiene remedio. Lo malo será el día en que nos hayamos hecho tan amigos de nuestros errores que perdamos la noción de la realidad. Ese día lo tendremos bastante oscuro. Dios nos libre.

(TOI12L)

Cuando Jesús se pone en pie

calma   Él estaba en popa, dormido sobre un almohadón. Algunos días, Jesús está tumbado. Esos días son sábado santo. Parece que se hubiese rendido, que hubiese cerrado los labios y se hubiera sumergido en el silencio. El mal avanza y gana terreno sin que nadie lo detenga, las olas coronadas por espumarajos de tinieblas se abalanzan sobre nuestras barcas, y nos sobrecoge el temor de ser anegados por el mal. Algo dentro de nosotros se pregunta: «¿Dónde está Dios?» Aparentemente, no hay respuesta. Y, sin embargo, es el tiempo de la esperanza.

   Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: –«¡Silencio, cállate!». Otros días, Jesús está en pie. Esos días son viernes santo. Se alza en la Cruz sobre la tierra, extiende sus brazos, y clama fuertemente a su Padre. Las olas de tinieblas, con todo su maléfico estruendo, rompen contra su Cuerpo como contra un arrecife. Cuando quieres darte cuenta, el viento se ha calmado, y las olas ya no están. Jesús continúa en pie, ahora despidiendo luz. Es domingo.

   En otras ocasiones, Jesús está sentado. Enseña a su pueblo lo que debe hacer cuando se postra y lo que debe alegrarse cuando se pone en pie.

(TOB12)