Liber Gomorrhianus

7 Mayo, 2015 – Espiritualidad digital

Esa alegría que convive con la cruz

alegría   Me ha telefoneado un amigo. Después de tres años tratando de vender una casa que se le había convertido en un lastre, al fin ha encontrado comprador. Estaba radiante. Me ha llamado para hacerme partícipe de su alegría. No podía contenerse.

   Lo de mi amigo es normal. Tres años deseando librarse de una carga, y, finalmente, lo consigue, junto con un dinero en mano que le vendrá muy bien. Está contento. Y, como la alegría es difusiva, la comparte.

   Pero Jesús… Está a punto de ser entregado en manos de sus enemigos, y sabe que lo matarán de la forma más cruel. En apenas una hora, Él mismo exclamará: Me muero de tristeza (Mt 26, 38). Y, en semejante trance, con las lágrimas ya asomando a sus ojos, dice a sus apóstoles: Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros… ¿Qué alegría?

   La más grande y duradera que pueda experimentar un hombre: la alegría del Amor divino. La que llevó a los mártires a morir cantando. Es, a la vez, Tabor en el alma y Calvario en el cuerpo. Cuando se tiene la alegría del Amor divino, hasta las lágrimas y los tormentos se vuelven fiesta.

(TP05J)

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