“Evangelio

Abril 2015 – Espiritualidad digital

El gozo del cristiano, y el mundo con sus ruidos

ruidos   Cuando rezamos, miramos. Y, al mirar, conocemos. Y se llena de alegría el corazón ante la contemplación de las realidades celestes.

   Pero no basta. Porque, aunque por un momento nos parezca que hemos estado en el Cielo, tarde o temprano es preciso levantarse y tocar tierra. Salimos de la iglesia, nos retiramos de la dulce cercanía del sagrario, y el mundo sigue dando vueltas como si tal cosa. Los ruidos, las prisas, los mil requerimientos de las personas que están a nuestro alrededor, el pecado del mundo –y también el nuestro– se nos echan encima. Bastan diez minutos para que aquel suave recogimiento y aquel gozo celestial parezcan desvanecerse… ¿Qué hacer?

   Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. Apréndelo bien: el verdadero gozo con que Dios quiere que vivas, la bienaventuranza que desea para ti, no es el mero deleite espiritual con que te emocionas ante el sagrario. Es la alegría plena y auténtica con que vivirás cuando todo lo que has contemplado en la presencia de Dios lo hagas vida en medio del mundo y de sus ruidos. Cuando te dejes invadir y, de verdad, seas otro Cristo, nada ni nadie podrá robarte tu alegría.

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Cargas que no cargan

200px-Catherine_of_Siena   Las cargas cargan. Lo ligero es no llevar nada encima, ni estar lastrado por la vejez o la enfermedad… Tener veinte años, encontrarse en forma, y correr en primavera por el mero gusto de moverse y de comprobar la agilidad de un cuerpo joven. Eso es ligero. Pero las cargas… Las cargas cargan.

   Mi carga es ligera.

   Que me lo expliquen. Necesito desentrañar el secreto. Hay secreto, porque la realidad da la razón al Hijo de Dios. Y encuentras al joven de veinte años un sábado desparramado en el sofá del salón a las doce de la mañana. Le preguntas qué le ocurre, y contesta: «Estoy cansado». Mientras tanto, sube Jesús con la Cruz a cuestas como si llevara alas en el alma. Y san Juan Pablo II arrastraba un cuerpo malherido por el globo terráqueo como si no le pesara. Santa Catalina fue cargada con las cinco llagas de Jesús, y era ¡tan feliz!

   No cargan las cargas. Cargan la soledad y el vacío. Eso le sucede a muchos jóvenes. Pero la Cruz del Señor está hecha de Amor y llena de Amor el alma. El Amor hace nuevas todas las cosas, y hace joven a quien así ama.

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Esas otras ovejas

ovejas   Les hablas de Dios, y no responden. Les muestras alegría, y se enfurecen. Eres generoso con ellos, y te pagan con infamias. Les muestras el camino, y se dan la vuelta.

   No te asombres. No todas las ovejas son de Cristo. También Satanás tiene su rebaño, y lo guía por sus caminos.

   No sois ovejas mías… Quien ha entregado su corazón al pecado no puede escuchar la voz de Dios. Y todo lo que le daría vida le da asco. Conozco a personas capaces de entrar en mezquitas y templos romanos por mero afán turístico, que se quedan a las puertas de las catedrales y se niegan a entrar. Algo se les revuelve por dentro. Son comprensivos con los adulterios, las mentiras y la corrupción. Pero si un sacerdote hace algo mal, lo crucificarán.

   Con personas así no sirven las palabras. Jesús habló durante tres años y terminó en una Cruz. Para devolver a esas ovejas al rebaño de Cristo es preciso arrebatárselas primero a Satanás. Y eso sólo se consigue con sangre. Es preciso ofrecer por ellos mortificaciones y penitencias, sin renunciar jamás a recuperarlos para Dios. Mucho lloró santa Mónica para robarle al Demonio el alma de Agustín.

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Pasa, no te quedes en la puerta

puerta   ¿De qué sirve una puerta, si está cerrada? La puerta es paso al otro lado. Pero, si está cerrada, nadie la puede cruzar.

   Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. Por eso conserva Cristo la llaga en su costado tras su resurrección. Cristo resucitado está abierto, su corazón sigue traspasado para que sus ovejas puedan pasar, a través de él, al otro lado, y encontrar vida eterna. Él es la puerta.

   Muchos, al rezar, se arrodillan frente a Jesús y le piden mil favores. No diré yo que esté mal. Al contrario. ¿A quién vamos a pedir nosotros, que estamos tan necesitados, sino a Él, que nos ama y es poderoso para colmar nuestros buenos deseos? Pero quienes sólo rezan así se quedan frente a la puerta esperando que del Cielo lluevan bienes. ¿Por qué no cruzan y pasan al otro lado?

   Te mostraré otra forma de oración: hazte pequeño, abrázate a Jesús en amor, y escala hasta esa llaga abierta en su costado. Entra, no tengas miedo. Contempla los sentimientos de su sacratísimo Corazón… Y disfruta. Has pasado al otro lado. Estás en el Cielo. Tienes vida eterna.

(TP04L)

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Conozco a las mías…

pastor   Cuando en la Biblia leemos «conocer», el verbo va mucho más allá de lo que supone tener noticia de algo o de alguien. «Conocer», en la Biblia, supone un conocimiento amoroso y fecundo. Conoció el hombre a Eva, su mujer, la cual concibió y dio a luz (Gn 4, 1). Israel no me conoce (Is 1, 3). En varias ocasiones, a lo largo del santo Evangelio, dice el Señor a quienes están destinados a la condena: No os conozco (Mt 25, 12).

   Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen. Cristo se convierte en pastor del alma cuando el alma entra en el conocimiento amoroso de su Señor. Mira el alma a Cristo, y lo ama. Se deja entonces mirar por Él, y, en esa mirada, es amada y fecundada por el buen Pastor. Se unen ambos, oveja y Pastor, e, iluminado el entendimiento con la claridad del Verbo Divino, la voluntad se rinde a su Amor. De ahí surge la única obediencia que salva: la que es ofrenda amorosa de un corazón enamorado y fecundado por la gracia.

   La primera oveja es, también, la divina Pastora: Hágase en mí según tu palabra.

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Y los peces, ¿qué?

peces   En nuestro apostolado, a menudo olvidamos a los peces. Muchos olvidan incluso a los hombres, y no proclaman a nadie el anuncio que han recibido; con poca alegría lo recibieron. Pero incluso quienes predicamos a los hombres, a menudo olvidamos a los peces. San Antonio de Padua, despreciado por los habitantes de Rímini, predicó a los peces, y los peces salieron del agua para escuchar el nombre de Cristo. Creo que llevan tiempo sin escuchar nada.

   Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación. Son palabras de Jesús. Y no nos mandan predicar sólo a los hombres, sino a toda la creación. Eso incluye también a los peces, y a los árboles, y a las nubes…

   ¿Te extraña? No debería. Porque, cuando una persona cae presa de un ataque de alegría, canta y grita sin dirigirse a nadie en concreto. Es como si quisiera que la creación entera compartiese su gozo.

   Entiéndeme bien. No te estoy invitando a hacer cosas extrañas, que ya sé que ni tú ni yo somos san Antonio de Padua. Te estoy preguntando si no sientes el deseo irrefrenable de anunciar la resurrección de Cristo a toda criatura. Incluso a los semáforos.

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Vivir para siempre

vivir para siempre   Vivir para siempre constituye el anhelo de todo hombre. No descarto que, en el proceso actual de revisión de la verdad, en el que toda patología deja de serlo cuando es deseada por un grupo más o menos numeroso, el deseo de morir se convierta en opción legítima. Pero, hasta que ese día llegue –y quizá lo veamos llegar– el deseo de morir es enfermizo.

   Por eso la Eucaristía es medicina y es respuesta al anhelo humano: el que come este pan vivirá para siempre.

   El cumplimiento de este anhelo, y la sanación de esa enfermedad, se cumplen de manera distinta en el cuerpo y en el alma. El alma es sanada en la comunión, y es introducida en la eternidad sin pasar por la muerte, porque la muerte del alma es el pecado, y la Eucaristía libra de pecado. El cuerpo, sin embargo, al comulgar queda crucificado; no hay consuelo sensible en la comunión. Queda unido a la muerte de Cristo, y esa muerte tendrá que cumplirse, pero no será definitiva. Tras pasar por la purificación del sepulcro, también el cuerpo, unido al de Cristo por la comunión, resucitará y se unirá al alma. Entonces, todo anhelo quedará cumplido.

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Escuchamos con los ojos y comemos

exposición del Santísimo   No te extrañe que te diga que a Jesús se lo escucha con los ojos. Si te extraña, te lo explico:

   Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. Pero lo que dice el Padre es Jesús. Jesús es el Verbo divino, la Palabra de Dios encarnada. Las palabras que salen de su boca son palabras de vida eterna. Más aún, Él, que es la Palabra, es también la Vida. Mirarlo amorosamente es escuchar al Padre, y dejar que esa mirada se apodere del alma y la conquiste es escuchar al Padre y aprender.

   Basta con situarte ante la sagrada Hostia y abrir los ojos. A lo largo de los siglos, en la Iglesia hemos aprendido que la sagrada Hostia no sólo aprovecha cuando se come. También aprovecha, y mucho, cuando se la mira. Por eso hemos preparado custodias y convocamos a los fieles para la exposición del Santísimo. En la exposición del Santísimo, a Jesús Hostia lo devoramos con los ojos. Así escuchamos lo que dice el Padre y aprendemos. Y así venimos a Él, y en torno a Él somos como polluelos que comen vida eterna en el pico de su madre.

(TP03J)

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Por si fuera poco

por si fuera poco       La resurrección de Cristo ha colmado al cristiano de beneficios suficientes para morir de alegría (mejor: para vivir en alegría permanente). Pero, por si fuera poco, ha querido el Señor prometer mayores beneficios para mañana. Nunca como en Pascua brilla con luz preciosa la virtud de la esperanza.

   Ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

   Para hoy: la eternidad al alcance de una mirada. Porque basta una mirada amorosa al sagrario, o a la sagrada Hostia, para que la fe abra al alma las puertas de la vida eterna, y el alma vuele a la unión con Dios, lejos de los agobios de esta vida. Mientras cuerpo y afectos moran en la Cruz, el alma ha pasado al otro lado y descansa jubilosa en su Creador. ¡Bendita oración!

   Para mañana: la resurrección. Cuando el cuerpo haya pagado sus sábados, cuando haya sido purificado por la muerte, en el último día resurgirá glorioso y entrará en Cielo. Allí Cristo será todo en todos.

   ¿Acaso hay alguien en este mundo que dé más, y que lo dé con tanto Amor?

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Otro pan, otra vida

pan de vida   Para leer el discurso del Pan de Vida, debemos familiarizarnos con el lenguaje de Jesús. En sus labios, las palabras «pan» y «vida» adquieren un significado peculiar.

   El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. Si el pan normal brota de la tierra con la espiga, el pan de Dios baja del cielo. Invocado por el sacerdote con las palabras de la consagración, el Espíritu desciende a la tierra sobre el altar y deposita al Verbo Divino en las sagradas especies. Es su cuerpo, entero, verdadero y misterioso el que se hace presente. Y si toma apariencia de pan es porque quiere ser comido y servir de alimento.

   Yo soy el pan de la vida. Él es también la vida. Lo que normalmente entendemos por vida no es sino un proceso biológico que acaba en la putrefacción y la muerte. Sin embargo, esa vida que es Cristo, vencedor de la muerte, es eternidad regalada al alma. No es una mera promesa de supervivencia más allá del sepulcro, sino el gozo, hoy y ahora, de las delicias celestiales. Allí la muerte no puede ni siquiera alcanzar al cristiano.

   ¡Señor, danos siempre de este pan!

(TP03M)

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