Liber Gomorrhianus

9 Marzo, 2015 – Espiritualidad digital

El tal Naamán

Naamán   Tiene razón Jesús –¡para eso es Dios!– cuando dice que muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el Sirio.

   Pero ¡Lo suyo le costó! Porque el tal Naamán –general al estilo de Napoleón– pensó que alguien tan importante y digno como él sería recibido por el miserable profeta con todos los honores; que saldría Eliseo abrumado y genuflexo a recibirlo y, entre reverencias, le impondría las manos para después agradecerle haber tenido el honor de curarlo. Cuando el profeta le envío a un mindundi a decirle, en minuto y medio, que se lavase en el Jordán, agarró Naamán tal enfado, que poco le faltó para volver a casa tan leproso como vino.

   Son los del «¡Yo me confieso con Dios!». También los del «Padre, yo me confesaré cuando tenga usted dos horas para escucharme». A éstos los metes en una cola de diez personas para confesar, y los despacha el sacerdote en minuto y medio con la absolución, y se dan por ofendidos. ¡Menos mal que no se toparon con el cura de Ars!

   Está claro que un poco humilde hay que ser ya antes de confesarse.

(TC03L)