“Evangelio

Marzo 2015 – Espiritualidad digital

Esa gloria misteriosa

gloria   Si leyésemos despacio y con atención el Evangelio, muchas palabras, sobre las que pasamos o «pisamos» sin el menor aspaviento, nos harían detenernos, llenos de estupor. Hoy aparece una de ellas: Ahora es glorificado el Hijo del hombre.

   Sorprende que Jesús diga esto horas antes de su Pasión. Porque, tal como lo veremos, no parecerá cubierto de gloria. La gloria es el brillo que manan la majestad, la hermosura y el poder del Altísimo. Moisés contempló la gloria de Dios, y esa gloria quedó impresa en su rostro, hasta el punto de que tuvo que cubrirlo con un velo a causa del resplandor. Moisés fue, entonces, glorificado.

   También el rostro de Jesús, durante su Pasión, fue cubierto con un velo. Pero lo cubrieron quienes lo golpeaban, para que la belleza de esa santa faz no les impidiese abofetearlo. Si levantásemos ese velo, no sería luz lo que veríamos, sino sangre, moratones e infamia.

   Y es que, durante la Pasión, el oprobio del Hijo será la gloria del Padre. Y brillará con la sangre sobre la Tierra quien en el Cielo brilla con divina luz. El dolor se convertirá en gloria, pues Dios mismo sufre. ¡Amado sea, desde entonces, el dolor!

(MSTO)

Los corazones de los hombres, al descubierto

corazones   Cuando la vida se desenvuelve en medio de la rutina, uno puede dar la talla. El disfraz lo aguanta todo. Lo que haya por debajo es asunto nuestro, o, en el peor de los casos, de las personas más allegadas. Para el resto, sirve el disfraz.

   Pero en los momentos límites, las costuras del disfraz se rasgan, los corazones quedan al descubierto, y cada uno muestra lo que es. En la Pasión de Cristo, no sólo Él fue despojado de sus vestiduras. La Humanidad, delante de un crucifijo, deja ver su verdadero rostro.

   ¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres? Corazones cicateros: vuestro disfraz de pretendida caridad deja ahora ver vuestro egoísmo.

   Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro. Corazones soberbios, capaces de matar a quien pretenda reivindicar ante vosotros los derechos de Dios.

   María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Corazones rendidos, amantes, generosos, que hablan el idioma de Jesús. Nada se reservan para sí. Son la Virgen, la Magdalena, los santos… Y quiera Dios que, en esta Semana Santa, también nosotros.

(LSTO)

¡Ojalá siempre fuera domingo!

domingo de ramos

domingo de ramos

   Levantar el ramo es fácil. Es necesario, pero fácil. El ramo no pesa. Cuando vas en procesión, todo el mundo canta, todo el mundo está lleno de fervor, todo el mundo reza, todo el mundo dice ¡Viva! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Jesús es hermoso, sonríe y ora… La alegría todo lo llena. Hacer profesión pública de fe, en momentos como ése, es formar parte de una corriente que todo lo arrastra. ¡Cómo resistirse! Hablas con la gente a tu alrededor, y todos coinciden: «¡Qué maravilla! ¡Él es verdaderamente el Rey!»

   Ojalá siempre fuera domingo.

   Pero llega el viernes. Y hay que levantar la cruz. Y la cruz pesa. Y Jesús ya no es guapo; está desfigurado. Y la gente también grita, pero grita «¡Crucifícalo!». Y le escupen por el camino. Y la cruz pesa cada vez más. Y, si te acercas a Él, te escupen también a ti. Y la tristeza se corta con un cuchillo. Y la angustia oprime el corazón. Y te da por pensar: «¿qué hago yo aquí, con este peso, cuando hace buen tiempo y la gente está de vacaciones en Benidorm?»

   Hoy levantas alegre el ramo… ¿Levantarás el Viernes la Cruz?

(DRAMOSB)

Los que aman, los que no, y los que ni fú ni fá

ni fu ni fa   Jesús de Nazaret se había convertido en un forajido. Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo. Paradójicamente, uno de los hechos que movió a los fariseos a perseguirlo fue la resurrección de Lázaro. El signo que debería haberlos llevado a creer fue el que hizo estallar su rabia contra Jesús. Así son las cosas, ayer y hoy.

   A los que aman a Dios –dice san Pablo– todo les sirve para el bien (Rm 8, 28). Y, así, la resurrección de Lázaro confirmó en la fe a sus dos hermanas. Pero a quienes no aman a Dios, sino a sí mismos, todo les sirve para el mal. Y, ante ellos, el mayor de los milagros se vuelve piedra de escándalo y motivo de condena.

   Luego están los tibios; los que «ni fú, ni fá». A ésos, los milagros les hicieron aplaudir, y las insidias de los fariseos les hicieron vociferar contra el Señor. El tibio es capaz de decir «Amén» en la iglesia mientras, al mismo tiempo, piensa en el pecado que cometerá cuando salga.

   Ya lo ves. Hay tres bandos. Y sólo uno llegará al Cielo. ¿Dónde estás?

(TC05S)

La maldad sin prisas

la hora   Cuando Jesús fue llevado ante Pilato, y el procurador invitó a los judíos a que juzgasen al Señor, le replicaron: Nosotros no podemos dar muerte a nadie (Jn 18, 31).

   ¡Qué gran mentira! Y, como las grandes mentiras, estaba trufada de verdad: ciertamente, no estaba permitido a los judíos sentenciar a muerte a sus reos, pero hacían lo que les venía en gana. Al señor ya quisieron despeñarlo en Nazaret, y hoy se nos dice que los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús. También a la mujer adúltera la hubieran lapidado si Jesús no hubiese intervenido. Poco después de la muerte de Cristo, Esteban fue apedreado hasta morir.

   En esta ocasión, Jesús se les escabulló de las manos. No hay ningún milagro; solamente treinta añitos, y una condición física envidiable. Pero quizá Caifás y los sumos sacerdotes se alegrasen del fracaso de estos atolondrados. No eran formas. Era preciso, antes de matar al Salvador, despojarlo de su prestigio.

   No confundamos al Demonio con las pasiones, aunque ambos lleven a la muerte. Las pasiones son atolondradas y estúpidas. El Demonio es astuto. Quizá fue él quien trabó los pies de aquellos idiotas. Aún no era la hora. Pronto lo será.

(TC05V)

Abrahán y el día de Cristo

Abrahán   Según las palabras del Señor, Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando en ver mi día. Lo vio, y se llenó de alegría.

   A dos mil años de distancia, y con toda la sabiduría con que los santos han enriquecido a la Iglesia, podemos decir cuándo vio, lleno de alegría, Abrahán el día de Cristo.

   El día más alegre que sobre la tierra vivió el santo patriarca, más gozoso aún que el día en que nació su hijo Isaac, fue aquél en que, habiéndolo dado por muerto, lo recuperó: No alargues la mano contra tu hijo, ni le hagas nada (Gn 22, 12). Ese día quedó claro que el lugar de Isaac lo ocuparía otro Hijo, el Hijo de Dios, ofrecido por el Padre en sacrificio para redimir todos los pecados y bendecir a todas las naciones.

   Abrahán soñaba con que todas las naciones fueran bendecidas en su nombre, y con que él mismo sería bendecido con una abundante descendencia. Todo ello se cumplió cuando Jesús, el Hijo, fue inmolado en la Cruz.

   A ese día nos aproximamos. Y le pido a Dios que a él lleguemos preparados para inmolarnos junto a su Hijo único y ser bendecidos en Él.

(TC05J)

Y la dejó el ángel…

Y la dejó el ángel   Probablemente, la página de la Anunciación sea una de las más bellas de toda la Escritura. No hay en ella una sola palabra que no desprenda un suavísimo perfume, y, tras leerla, queda uno embriagado de Amor divino.

   Con todo, os confesaré que, de todas las palabras que conforman tan preciosa escena, a mí siempre me han parecido las finales las más sugerentes de todas:

   Y la dejó el ángel

   Si habéis contemplado en oración todo el diálogo, no hagáis como el ángel; no os marchéis. Quedaos allí, ante aquella Muchacha que acaba de recibir semejante visita, y contemplad.

   ¿Cómo te quedaste, María, después de aquello? ¿Qué sentías? ¿Qué hiciste? ¿A dónde fuiste? ¿Te palpaste el vientre, sabiendo que allí se había encerrado el mismo Dios revestido de carne? ¿Lloraste, sobrecogida, al verte convertida, por la misericordia de Dios, en arca de la nueva Alianza y morada del Altísimo? ¿Pudiste dormir aquella noche? ¿No deseaste, con todas tus fuerzas, contarle a alguien lo que te había sucedido, y –más aún– lo que acababa de sucederle al mundo? ¿No tuviste que hacerte violencia para guardar el secreto? ¿Volviste, una y otra vez, sobre las palabras de Gabriel, paladeándolas?

   Preguntar es rezar.

(2503)

El patio de butacas

patio de butacas   ¡Qué cansado resulta, para tantas personas, el vivir con la vista puesta en el patio de butacas! Consumen su existencia en un escenario, sin otro afán que el de cosechar aplausos. Pero deben estar muy pendientes de los gustos del público; hoy día, si no consigues un «trending topic», no eres nadie. Eso es, para ellos, la muerte: que no te miren, que no te aprecien, que no te alaben, que no hablen bien de ti… La vida es el aplauso; la muerte, la ignorancia o el desprecio. Y, tanto vida como muerte, todo es angustia. El patio de butacas es muy exigente.

   Yo hago siempre lo que le agrada… Pero no se refería Jesús al patio de butacas de la Humanidad. Durante tres años vivió en el escenario. Y supo que amar a los hombres no se identifica con agradarlos ni con darles la razón. Por eso fue abucheado, escupido, pateado y asesinado por el «público»… Entre tanto, Él miraba hacia otro lado.

   Vivía Jesús para su Padre. Y no buscaba sino agradarlo a Él. Y de tal modo lo complació, que el aplauso de Dios rasgó la Historia.

   Anda, aprende y date la vuelta. Elige bien tu público.

(TC05M)

Las manos del sacerdote

sacerdote   A Nicodemo le dijo Jesús que Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él (Jn 3, 17). Volverá Jesús un día, y entonces juzgará a vivos y muertos. Pero, hasta que ese día llegue, la mano llagada del Señor permanece tendida en la Cruz para que el pecador encuentre misericordia.

   Es la misma mano que, ante la mujer adúltera, escribía con el dedo en el suelo. Y no era una sentencia lo que escribía, sino un alegato de defensa.

   Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más. Es, también, la misma mano del sacerdote que imparte sobre tus pecados la absolución sacramental. No olvides que el sacerdote lleva las manos de Cristo. Son manos llagadas que perdonan pecados y sanan heridas. Hace tiempo que dejo de ser costumbre besar las manos del sacerdote; pero aquella práctica estaba llena de sentido. Yo beso a menudo mis manos, porque ni son mías ni soy digno de ellas. Y quedo sobrecogido cuando veo derramarse a través de ellas toda la misericordia de Dios.

   Aprovecha esas manos sacerdotales. Acude ahora a impetrar misericordia. Aún es tiempo de perdón.

(TC05L)

¡Pobre idiota!

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto   Levas desde niño defendiéndote de los demás. No quieres que te quiten la vida. Pero ya has consumido una buena parte, y no eres feliz.

   De joven, utilizaste a tus amigos, y los traicionaste cuando te convino. Te casaste, y dejaste claro a tu cónyuge que tenías tu vida y debía respetarla. Tanto la respetó, que tuvo que irse de casa para no estorbarte. Te has unido dos veces más, hasta que has conseguido a alguien con quien vivir en un pacto de no agresión con derecho a satisfacciones mutuas. No has querido tener hijos, para que no te robasen la vida… ¡Qué vejez te espera! Sin nadie junto a ti, y reconociendo tu derrota: la enfermedad, la soledad y la muerte te robaron esa vida que atesorabas.

   Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto.

   Debiste hacer caso a aquel compañero de instituto. No ha tenido un minuto para él desde que os conocisteis. Seis hijos, pocas vacaciones, mucho trabajo… Y mucho amor de Dios y de los hombres. Poco dinero, y felicidad a raudales. Ah, y, sobre todo: nadie le robará la vida; él la ha entregado.

(TCB05)