Liber Gomorrhianus

4 enero, 2015 – Espiritualidad digital

San Juan: esa luz que no ven los ojos

Juan   Para entender a san Juan hay que familiarizarse con su vocabulario. Todo su evangelio está iluminado por cerca de una docena de palabras como lámparas de luz blanca y suave. El alma contemplativa puede pasar horas ante un versículo de Juan.

   En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Juan no narra, como Mateo o Lucas, los pormenores del nacimiento de Cristo. Sin embargo, el prólogo de su evangelio es el alma de los otros dos relatos. Si ellos narran lo que los ojos vieron, Juan aporta a la crónica lo que ve la fe.

   En un mundo poblado por la muerte y las tinieblas, suavemente se abren paso la luz y la vida. El pesebre es lampadario, y quienes están más cerca –María, José, los pastores– resultan esclarecidos y vivificados.

   Allí, en Belén, en torno a ese pesebre, no se puede pecar. El propio Juan lo dirá en su primera carta. Basta que no retiremos la mirada de esa Sagrada Familia, y habremos sido –hoy mismo– recibidos en el Cielo sin pasar por la muerte ni por el juicio. Venite, adoremus!

(TNB2)