Liber Gomorrhianus

Enero 2015 – Espiritualidad digital

Cobardes

cobarde       Porque amaba a sus discípulos, Jesús los reprendió a menudo. Les dijo a la cara sus defectos, y siempre lo hizo con cariño. Hay quien piensa que el amor se demuestra en halagos y piropos. Pero –créeme– hay más amor en una reprensión sincera y cariñosa que en mil halagos que nada edifican.

   ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?

   El cobarde no es el que tiene miedo de una guerra, o de una explosión, o de un atropello. Cobarde es el que tiene miedo al mundo. Todo se le vuelve hostil, y quiere protegerse de cuanto le rodea y de quienes lo acompañan. Los apóstoles eran cobardes, y bastaba un rugido del mar para hacerles temblar. ¿A qué tenían miedo? A las olas, al viento, al dolor, a la muerte… Aunque, puestos a decir la verdad, el cobarde tiene más miedo incluso a la vida que a la muerte.

   ¿Aún no tenéis fe? Después de Pentecostés, aquellos mismos apóstoles tuvieron fe. Y, a partir de ese momento, el miedo desapareció. Murieron mártires sin un solo aspaviento, alegres por partir al encuentro de Cristo. Y es que, cuando hay fe, Cristo habita, despierto, en la barca del alma.

(TOI03S)

Esos tiempos de Dios tan conflictivos

tiempos de Dios   Nos cuesta aceptar los tiempos de Dios; hable de esa «cachaza» con que parece que el Señor atiende nuestras súplicas, tomándose, para todo, un tiempo que nunca llega… O quizá puede que me esté refiriendo a nuestras prisas y a nuestra ansiedad. Todo lo quisiéramos «ya». Y Dios, sin embargo, nos lo da «luego». ¡Y vaya «luego»!

   Reprendes a tu hijo, y quisieras que tu hijo aprendiese de inmediato la lección; que nunca volviera a equivocarse. Pero vuelve a hacerlo mal, y tú te rebelas. Hablas de Dios a un amigo, y quisieras que tu amigo se confesara a las dos horas de escucharte. Pero han pasado dos años, tu amigo sigue sin creer, y tú te rebelas.

   La semilla germina y va creciendo (…), la tierra va produciendo la cosecha ella sola. ¿Imaginas que alguien, tras sembrar la semilla, se quedara observando la tierra durante días, esperando impaciente el fruto, y, en cuanto viese asomar el tallo, tirase de él con fuerza para hacerlo crecer a toda prisa? Arruinaría la planta, ¿verdad? Y todo por no querer aceptar los tiempos de la tierra. Pues así eres tú con los tiempos de Dios, con tus amigos, y con tus hijos.

(TOI03V)

Sistemas de medición

La medida que uséis la usarán con vosotros   – Esa persona te ha hecho daño, y tú –dices– la has perdonado. No le deseas ningún mal. Pero ya no puedes tratarla con el cariño con que la tratabas antes.

   ¿Qué sucederá si, en el día del Juicio, el Señor te dice: «Te he perdonado y no te deseo mal, pero la relación de amor entre nosotros no puede recomponerse»? ¡Ay de ti! Recuerda: La medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces.

     – Esa persona ha cometido una injusticia. Y tú has deseado que reciba su merecido, que pague por lo que hizo.

   ¿Qué sucederá si, en el día del juicio, el Señor te dice: «Has cometido muchos pecados. Me has llevado a morir en la Cruz. Recibe tu merecido, paga por lo que hiciste»? ¡Ay de ti! Recuerda: La medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces.

   – Esa persona te cae mal. Su temperamento no «encaja» con el tuyo. Por eso eres seco con ella; apenas le diriges la palabra.

   ¿Qué sucederá si, en el día del Juicio, el Señor te dice: «No me caes bien, disculpa. No hablaré contigo». ¡Ay de ti! Recuerda: La medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces.

(TOI03J)

Un desayuno potente

desayuno   Si dedico cada día doscientas palabras a comentar el evangelio de la misa, es porque creo que ese mensaje, entregado a nosotros por Dios cada mañana, es el alimento que debe nutrir nuestras almas hasta la noche.

   Son los que reciben la simiente en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha de treinta o del sesenta o del ciento por uno. Al escuchar atentamente el evangelio y guardarlo en el corazón al comienzo de cada jornada introducimos en el alma la fuerza necesaria para transformarnos por dentro y convertirnos, poco a poco, en otros Cristos.

   Estas palabras que os dejo en esta página no son el evangelio; tan sólo quisieran ser una ayuda a su comprensión. Si tuviera que escribir un manual de uso de esta web, lo haría en pocas líneas: antes de leer estos comentarios, debéis leer el evangelio al que se refieren. Mi consejo es que lo hagáis la noche anterior, y por eso los cuelgo dos horas antes de que finalice el día. Después, al despertar, bastará con recordar lo que hemos leído, y convertir la Palabra de Dios en desayuno. Ya sabéis: un desayuno potente da fuerzas para el día entero.

(TOI03X)

La nueva familia

familia   En el prólogo a su evangelio, habla san Juan del misterioso poder que tienen todos aquéllos que reciben en sus vidas al Verbo Divino: Les da poder de ser hijos de Dios. Los cuales no han nacido de la sangre, ni de la carne, sino de Dios (Jn 1, 12-13). Este nuevo parentesco, superior al carnal, crea vínculos espirituales que conforman la nueva familia, el hogar de los hijos de Dios. Creo en la comunión de los santos.

   Éstos son mi madre y mis hermanos… Los vínculos carnales están llamados a perecer, como la carne misma. Padres e hijos, hermanos y hermanas, e incluso maridos y mujeres (que también el vínculo sacramental perece) lo son sólo para este mundo. Pero, si esos lazos se entregan a Dios por la obediencia y se transfiguran por la divina gracia, quedarán convertidos en vínculos espirituales y permanecerán eternamente.

   Hablamos mucho, hoy día, de la familia. Pero habrá que recordar que la familia de sangre es tienda de nómadas y forasteros. Es preciso ir más allá. Hay que convertir en eternos los amores, y eso sólo sucede cuando existe santidad de vida. Cristo debe ser el centro de todo vínculo afectivo en nuestro caminar.

(TOI03M)

Gente de paz

gente de paz   Todos quieren paz, pero la paz no es para todos. Es para «los hombres de buena voluntad».

   Si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Estamos hablando de la paz de Dios, la verdadera; no de esa paz del mundo que se construye a base de carencias: carencia de problemas, carencia de ruidos, carencia de enfermedades, carencia de esfuerzo, carencia de injurias… Hasta que llega la «carencia de vida» y te dicen «¡Descanse en paz!». No, no es ésa la paz de Dios, sino la de los egoístas. Y deja mal regusto.

   La paz de Dios es para la gente de paz. Es decir, para aquéllos que, reconciliados con Él, se conforman en todo con su Voluntad. Esa conformidad amorosa con la Voluntad divina permite a Dios llenarlos de su Espíritu. Y así, en medio de problemas, ruidos, enfermedades, trabajos e injurias, todo se les vuelve dulce. Nada ni nadie puede arrebatarles esa paz que Dios ha dejado en sus almas. Estas personas, allá donde van, transmiten paz a la gente de paz.

   Mírate bien por dentro: ¿Eres gente de paz, o todavía vives en guerra con Dios? Si es así… Ríndete.

(2601)

Abrigos con patas

abrigos   Todo parece indicar que aquellos primeros discípulos, una vez abandonadas sus familias y trabajos para seguir al Señor, creyeron haber cerrado definitivamente la puerta de su vida anterior. Sobre Simón y Andrés dice san Marcos: Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Éste es el momento en que los necios apresuran el homenaje: «¡Mirad! ¡Lo ha dejado todo! ¡Qué generosidad!» El propio Simón parece haberse homenajeado a sí mismo poco después: Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido (Mc 10, 28). ¡Infeliz! Tras negar por tres veces a Jesús, y tras conocer la noticia de su resurrección, aún le tendremos que escuchar: Voy a pescar (Jn 21, 3).

   Y es que las cosas no son tan fáciles. Dejarlo todo por Cristo no consiste en acometer una heroicidad de diez minutos y contar con que la vida será distinta en adelante. Esto no es como quitarse el abrigo y seguir caminando. Hay abrigos con patas, que te persiguen mientras vives… Un buen día lo dejas todo por Cristo. Y luego, al día siguiente, y al otro, te vas quitando todo de encima una vez más. Y así hasta que alcanzas la meta. Convertirse es fácil. Lo maravilloso es perseverar.

(TOB03)

Discípulos de un loco

loco   Una madre piadosa me vino a ver desconsolada. Cuando su hijito, que acababa de hacer su primera comunión, dijo en casa que deseaba ir a misa todos los días, su padre le reprendió: «Hijo, irás a misa, como está mandado, pero sólo los domingos. La religión es buena, pero no hay que hacerse fanáticos de nada». Palabras tan «sensatas» dañaron la piedad del niño, e hirieron el corazón de la madre.

   ¡Maldita prudencia del mundo! ¡Maldita sensatez carroñera! Luego van al fútbol, y gritan como posesos. Hablan de política, y se exaltan como fieras. Se despiertan sus instintos, y fornican como bestias. Pero ¡son tan sensatos con la religión!

   Vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales. Habrá que gritar, a pleno pulmón, que somos discípulos de un loco. Que Cristo, habiendo podido redimirnos con una sola gota de sangre, derramó en la Cruz, por Amor a nosotros, toda la que cupo en sus venas. Y que quien no responda con divina locura a locura tan divina es un mezquino y un necio.

   Ya quisiera yo que todos ésos, tan sensatos para la religión, se moderaran más en ciertas cosas, y enloquecieran de amor por su Dios.

(TOI02S)

Una leva en un Via Crucis

via crucis   Es toda una leva. Juan, Andrés, Simón, Santiago, Mateo… A lo largo de estas dos primeras semanas del Tiempo Ordinario, Jesús no ha hecho sino llamar a los hombres, uno a uno. Está reclutando un ejército con el que rescatar las almas.

   Conforme avanza, sin detenerse, los va llamando. Y ellos se unen. Por los caminos de Galilea, comienza la gran rebelión que derrotará al Diablo, y devolverá a su Dueño los corazones de los hombres.

   Mientras subía a la montaña, fue llamando a los que él quiso, y se fueron con él. Las palabras de san Marcos apuntan lejos. Comienzan en un monte de Galilea y continúan su recorrido hasta clavarse en el Calvario. Estamos en pleno Via Crucis. Jesús, cargado con la Cruz, sube la Montaña, y llama a los que Él quiere… Te llama a ti; me llama a mí. Pero –míralo– ahora va solo. Él clava los ojos en los hombres, que contemplan a los lados del camino, y nadie se une a su ejército. Finalmente, y como a la fuerza, aparece el Cireneo. Es un ejército de dos.

   Me pregunto a qué esperamos. O si preferiremos quedarnos mirando («contemplamos la Pasión», decimos). No basta contemplar.

(TOI02V)

Hacer el bien, o hacer amigos (y II)

amigos   Si me leíste ayer, quizá me tengas hoy por mentiroso: Todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo. «¡Ahí lo tiene! –me dirás–. A pesar de la enemistad de los fariseos, el pueblo sencillo estaba con Jesús. Haciendo el bien, el Señor se ganó la amistad de los hombres y mujeres del pueblo». Tendríamos que hablar más despacio tú y yo sobre la amistad…

   Llamamos «amistad» a cualquier cosa. Las multitudes que siguieron a Jesús amaban lo que Jesús les daba –consuelo, sanación de enfermedades, expulsión de demonios, alimento–, pero no lo amaban a Él. Cuando, en el Calvario, los milagros del Señor cesaron, y Él mismo se mostró herido y agonizante, todos huyeron. Ya nada podían obtener de Jesús.

   En la maravillosa película de Zinemann «Un hombre para la eternidad», Enrique VIII dice: «Unos me siguen porque llevo corona; otros, porque son chacales hambrientos y yo soy su presa; y otros, porque siguen a cualquier cosa que se mueva». Pero –comprenderás– eso no es tener amigos. Es otra cosa.

   Amigo de Jesús fue Juan, y por eso le pregunto dónde vivía y lo acompañó al Madero. Y amiga fue su Madre. ¿Y tú?

(TOI02J)