Liber Gomorrhianus

Diciembre 2014 – Espiritualidad digital

Todo empieza en un pesebre

pesebre   En esta misma página anoté ayer unas palabras en las que a menudo se recrea la Iglesia cuando contempla la Encarnación del Verbo: Él se ha hecho como nosotros, para que nosotros nos hagamos como Él.

   Rápidamente, traducimos: Dios se ha hecho hombre para que el hombre se haga Dios. Y decimos verdad, porque así es. Pero, entre ambas afirmaciones, existe un paso intermedio.

   Me explico: En el «hacerse como nosotros» de Dios, nos ha rebasado por debajo. Se ha hecho pequeño, tan pequeño que, manifestado como un niño, es ahora menor que nosotros. Por eso, el «hacernos como Él» requerirá de ti y de mí que, antes de tomar parte en su divinidad, tomemos parte en su infancia.

   Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. ¡Qué paradoja! Nos toca ahora a nosotros agacharnos para situarnos a la altura de Dios. Es preciso que nazcamos de nuevo, que de nuevo seamos niños, y que ese nuevo nacimiento tenga su origen en Dios. El «estar crucificado con Cristo» de san Pablo significa ahora introducirse en el Pesebre y nacer de nuevo con Él. Llamar «Mamá» María, «Papá» a José… Y jugar.

(3112)

Se ha hecho pequeña la grandeza

El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría   Dios es grande, fuerte y sabio. Él es la grandeza misma, la fortaleza y la sabiduría. Infinitamente grande e infinitamente fuerte. Si nosotros, pobres criaturas, crecemos, nos fortalecemos y aprendemos, se lo debemos a Él, fuente de toda perfección. Por eso son tan sorprendentes las palabras de san Lucas: El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría.

   ¿Qué hace todo un Dios creciendo? ¿Cómo puede el Fuerte cobrar fuerzas? ¿Es posible que aprenda la Sabiduría?

   Dios se ha agachado. Al igual que nosotros, cuando queremos jugar con un niño, nos agachamos hasta alcanzar su altura, Dios se ha postrado para mirarnos a los ojos, y sonríe con labios de niño.

   No deberíamos cansarnos nunca de meditar el misterio de la Encarnación: Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios. Dios se inclina para abrazar al hombre y levantarlo. El grande se hace pequeño para que el pequeño se haga grande. El fuerte se hace débil para que el débil se haga fuerte. El sabio se hace ignorante para que el ignorante se haga sabio. Y es que, si el agacharse lo hizo Él solo, no se levantará ahora sin llevarnos en brazos a nosotros.

(3012)

¿Qué farás cuando mayor?

¿qué farás cuando mayor?   «¡Qué encantador es ahora! ¡Lástima que crezcan!» Cada vez que escucho esa expresión –y la escucho muchas veces– me parece que los hombres piensan que el niño engaña. Cuando es pequeño, es cariñoso y alegre; da gusto estar con él. Pero, una vez cumplidos los catorce, preparaos, papá y mamá, porque os esperan los años del dolor. Disfrutad, disfrutad ahora que es pequeño, porque luego tendréis tiempo de llorar.

   Desde luego, en la vida de Cristo no hubo engaño ni seducción. La Virgen supo, desde el principio, que aquel Niño precioso que tenía entre sus brazos se le volvería espada de dolor. Quien rebosaba vida había venido a morir: Será como una bandera discutida (…). Y a ti, una espada te traspasará el alma.

   La Cruz recorre la vida de Cristo desde la cuna hasta el sepulcro. Ya en el pesebre está ofrecido al Padre, y los pañales son sudario y corporal donde se inmola la Víctima que redimirá a los hombres a precio de sangre.

   «Eres niño y has amor / ¿qué farás cuando mayor?», dice un clásico poema español que rezamos como himno en la liturgia. Todo un presagio. Y un precioso panorama de vida para el cristiano.

(2912)

Custodios de la ternura de Dios

niño   El ser humano es frágil y quebradizo. En la misa del Gallo, habló el Papa de la necesidad que el mundo tiene de ternura. Pero la «ternura» puede entenderse de dos formas: por un lado, es el trato dulce, afectivo y delicado con que obsequiamos a los seres queridos. Por otro, es la expresión de la fragilidad humana, especialmente la del niño. El niño es tierno, se rompe fácilmente si no se lo trata con cuidado. Para crecer sano, requiere seguridades y calor. Cuando no los tiene, el pequeño se rompe por dentro y se convierte en «perro callejero», que vivirá en permanente estado de defensa respecto a su entorno.

   Los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor. Jesús niño es tierno, y sus padres lo saben. Por eso forman, en torno a Él, una familia tejida de afectos santos y recios, firmemente arraigados en Dios. Por eso lo presentan al Altísimo, apuntalando esos vínculos amorosos con la bendición del Amor más grande. Y así el tierno Dios hecho hombre creció protegido en un hogar santo.

   Papás, mamás… Recordad que vuestro amor no es vuestro. Sois el hogar de vuestros hijos. Ellos os necesitan. Rezad mucho.

(SDAFAMB)

El ojito derecho de Cristo

juan   Hay noticias que se olvidan poco después de escuchadas. Otras te sacan de casa y te cambian la vida durante dos o tres días. Y hay noticias que te transforman por completo y hasta te hacen mudar el nombre. Desde que las conoces, pasas a ser otra persona.

   Fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús. Eso es lo que me sobrecoge en san Juan. Quizá sea lo que más le emparenta con la Virgen. Porque María, al conocer cómo Dios la amaba, comenzó a llamarse a sí misma «la esclava del Señor». También Juan, al tener noticia tan clara del Amor de Dios por él, cambió su nombre, y pasó a referirse a sí mismo como «el discípulo amado». Ya no era el hijo de Zebedeo; el Amor de Dios le robó incluso el linaje. Ahora era, y sería siempre, el discípulo amado.

   Tú dices que eres un pecador. Y es cierto –no te ofendas–, lo eres. Y de los gordos. Pero, si conocieras cómo así, pecador, y pecador «gordo», te ama el Señor, no volverías a definirte de esa forma. Dirías de ti mismo que eres el ojito derecho de Cristo.

(2712)

Sólo Él es de fiar

fiar   Me dicen: «Dios se fía de ti»… Y, aunque lo he escuchado muchas veces, confieso que aún no lo creo. Francamente, me alegro. Porque no dormiría tranquilo si pensara que Dios se ha fiado de mí. Me atormentaría el miedo a defraudarle.

   No os fiéis de la gente… Es el mismo Señor quien lo dice. Él no se ha hecho niño y ha venido a la Tierra fiándose de nosotros, y creyendo que lo íbamos a honrar. Ni Judas si Simón defraudaron a Jesús, porque Jesús nunca se fió de ellos, como tampoco se fía de mí. Simplemente, nos amó. Nos amó, y se entregó por nosotros.

   Ese Niño que contemplas en Belén es niño, pero no tonto. Sabe, en su ser de Dios, que las pajitas que ahora rasgan su fina piel son preludio de unas espinas que taladrarán un día su cabeza. Y sabe que de las manos dulces y santas de la Virgen pasará un día a las manos crueles de Caifás y de Pilato. Y sabe de tus pecados y los míos. Lo maravilloso es que lo sabe, y no se marcha. Ha venido a entregarse, a amar. No a fiarse. Sólo Él es de fiar.

(2612)

Se me antoja difícil

navidad     Se me antoja difícil –¡imposible!– una Navidad sin Misa, sin Belén, sin contemplación. Es fiesta de Amor la que celebramos, y todo amor se recrea en la mirada sosegada y dulce. En la misa del Gallo, como si fuera por vez primera, hemos visto a Dios diminuto y rendido en las manos del sacerdote. Se nos saltaban las lágrimas al comulgar, mientras escuchábamos al coro y tratábamos de asimilar que nuestro Creador, hecho niño, se había recostado en nuestra lengua como en una cunita, esperando ser mecido y acunado.

   Hemos contemplado su gloria… Se me antoja difícil –¡imposible!– una Navidad sin villancicos. Fruto de esa mirada, los labios romper a cantar. Y cantan canciones de niño, porque a un Niño le cantan. Los villancicos se atreven con los calzones de san José, con unas campanas que jamás hubo en Belén, y con una Virgen que tiende pañales mientras los peces beben… Niñerías. Pero así cantamos a un Niño.

   Se me antoja difícil –¡imposible!– una Navidad que no se viva en gracia de Dios. Porque el alma en pecado tiene cerradas puertas y ventanas, y entonces el Niño, con su Navidad, se queda fuera y no entra. Te has confesado, ¿verdad?

(2512)

Esta noche es Nochebuena…

misa del gallo   …. Y mañana, Navidad / Saca la bota, María / que me voy a emborrachar. No lo busquéis en el Evangelio, que no es de allí. Es la letra de un clásico villancico español. El problema es cómo interpretarla. Porque, desde luego, no se trata de agarrar una melopea en la noche en que nace el Salvador, y llegar con la cogorza a la misa del Gallo para desplumar al pobre animal.

   Sin embargo, existe esa «sobria ebrietas» de la que habla san Ambrosio, una embriaguez divina, un júbilo espiritual provocado por el Espíritu en las almas de los santos. En Pentecostés, a los apóstoles los tomaron por borrachos, y estaban ebrios, sí, pero de Dios. Esa embriaguez, en lugar de dejar un rastro de malestar, deja una paz dulce en el alma y la santifica.

   Para concedernos que, libres de temor (…) le sirvamos con santidad y justicia. No bebas mucho en la cena esta noche (un poco sí, que hay que celebrar). Ve, después de cenar, a la misa del Gallo, y deja que la contemplación de Dios hecho niño junto a María y José te embriague dulcemente. Después, ¡a cantar villancicos! Y no pares hasta la Epifanía.

(2412)

Las calles repletas y el pesebre vacío

calles   Pasear por el centro de Madrid en estos días es misión imposible. El estado de las calles es de auténtico «embotellamiento peatonal». Dar un paso requiere paciencia y vigilancia; si te descuidas, además de salir de allí tarde, puedes salir sin cartera.

   ¿Qué hace toda esa gente? Hace la navidad: compra, mira los belenes, busca regalos… Se trata de un esfuerzo titánico: miles de personas congregadas haciendo la navidad a la vez no consiguen, ni tan siquiera, formar un pesebre decentito donde Dios pueda nacer.

   No voy a demonizar las compras; y menos aún, tal como está España. Pero te daré un consejo: tú dedícate a hacer la cena, y déjale a Dios hacer la Navidad.

   Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban. Ahí tienes la verdadera Navidad: no depende de que compres más o menos, ni de que te salga mejor o peor la cena. Consiste en que Dios te mira, y te «hace una gran misericordia», y te sonríe, y tú lo ves hecho Niño por Amor a ti. Entonces te alegras, te emocionas, y te das cuenta de que Dios te ha hecho la Navidad.

(2312)

En el día inevitable de la lotería nacional

lotería   Un día terrible, el de la lotería. Tendremos que volver a presenciar cómo ponen perdidas las aceras de cava, y cómo se abrazan y se besan los supuestamente afortunados con un fajo de euros, mientras dicen los demás que «lo que importa es la salud». Por si fuera poco, este año viene preparada la «liturgia» con un anuncio lacrimógeno, en el que el encargado de un bar se encarga, no sólo del bar, sino también de la suerte del pobre consumidor que no había comprado lotería. Y, al final, todo desemboca en lo mismo: dejamos la ilusión navideña en manos de un golpe de suerte –o de «magia»– que cambie nuestras vidas para hacerlas un poco más llevaderas. ¡Pobres de nosotros!

   Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador. Menos mal que la Virgen devuelve a la tierra nuestros pies, y al Cielo nuestras almas. Su Magnificat nos recuerda que no ha prometido Dios cambiar el mundo para hacernos felices, sino cambiar nuestras almas para hacer el mundo un poco mejor. Es distinto, ¿verdad? La dicha no va de fuera a dentro, sino de dentro a fuera. Pero antes –claro– es necesario abrir «lo de dentro». ¿Te has confesado ya?

(2212)