Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Noviembre 2014 – Espiritualidad digital

Los porteros de la Humanidad

porteros   Apenas quedan porteros. El devenir de los tiempos los ha sustituido por artefactos electrónicos llenos de botones, o por «seguratas» cuyo uniforme ­marca distancias muy distintas a las que guardaba el personaje clásico.

   Y es que, hace años, el portero era un personaje entrañable, cuya función era estar siempre ahí. Si te conocía, te abría la puerta, te preguntaba por los niños, y te comentaba las noticias deportivas. Si no te conocía, te interrogaba antes de dejarte pasar. La profesión tenía sus riesgos. Cuando yo era niño, en mi casa había un portero que se llamaba Antonio, se parecía a John Wayne, y pasaba gran parte del día en el bar.

   Es como un hombre que se fue de viaje (…) encargando al portero que velara. Los cristianos somos lo porteros de la Humanidad. En pie junto a la puerta de la Cruz, sin dormirnos en el pecado, debemos estar alertas y avisar a los hombres de la llegada del Señor. Comienza el Adviento, y el portero debe llamar a los timbres de las casas: ¡Viene Cristo! A Él le pido que no encuentre a los porteros en el bar, sino velando en oración. Hasta John Wayne hacía sus guardias.

(TAB01)

Mentes embotadas

mentes embotadas   Una mente embotada es incapaz de discernir. Está secuestrada, confinada a una lóbrega mazmorra, y ajena al sol que brilla en lo alto del cielo. Amanece, y la mente embotada continúa en tinieblas. Celebran fiesta los hombres, y la mente embotada se mantiene inmersa en sus cavilaciones. Las paredes de esa mazmorra marcan los límites de un universo maldito.

   Tened cuidado, no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida. Dios está muy cerca de todo hombre. Esta misma tarde, cuando se recen las primeras vísperas del Adviento, a gritos se anunciará, por toda la Tierra, que el Señor viene a salvarnos… Pero muchos no se enterarán. Sus mentes están embotadas, y no podrán escuchar.

   El vicio y la bebida son el símbolo de todos los placeres carnales desatados y fuera de control. Esclavizan al hombre, secuestran su espíritu, y lo encierran en los torpes límites de su propio cuerpo. El vicioso sólo ve su placer. En cuanto a los agobios de la vida, sumen al hombre en la maldita mentira que confunde lo urgente con lo importante.

   ¡Oh, Jesús! Libera las mentes embotadas, para que los hombres puedan escuchar tu voz.

(TOP34S)

Profesión de fe en el anti-milagro

anti-milagro   El origen de mi desafección por las milagrerías es múltiple. Desde muy joven me han hecho ver en lo cotidiano el mejor campo de batalla para amores épicos. De una monja que proclamaba su deseo del martirio me decía su superiora: «Ojalá tuviese las mismas ganas de fregar los platos de la cena»… Un segundo motivo proviene de haber constatado, en más de una ocasión, cómo la cercanía de Dios es proclamada por el anti-milagro.

   El milagro supone una quiebra en el orden natural, como constatación de la intervención directa de Dios. La curación de un enfermo desahuciado es un milagro. El anti-milagro, sin embargo, es el azote de la naturaleza, herida también por el pecado, y desatada contra el propio hombre. La muerte de un enfermo por quien se ha rezado hasta atronar los cielos es un anti-milagro, y en apariencia grita que Dios no existe. Sin embargo, en ocasiones, y para algunas personas, esa muerte proclama la cercanía de un Dios sufriente.

   Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. Sabemos lo que son «estas cosas»: muertes, persecuciones, terremotos, pavor… La Cruz de Cristo rasgando el horizonte. Su Reinado a las puertas.

(TOP34V)

El espejo roto

espejo   Dice san Pablo que ahora vemos confusamente, como en un espejo (1Co 13, 12). Se refiere a Cristo. Su rostro ha quedado oculto desde su Ascensión, y lo vemos reflejado en las criaturas. En cada hermano buscamos el rostro del Señor. En la Naturaleza lo atisbamos. En nuestra historia, en cuanto nos sucede, vislumbramos su faz… Pero este espejo de las criaturas, a causa el pecado, está sucio y arañado. El semblante de nuestro Salvador aparece desfigurado y envuelto en tinieblas. Estamos como cautivos en la noche, tratando de adivinar la luz por sus reflejos.

   Cuando, finalmente, el Señor vuelva, el espejo se quebrará. Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes. Para quienes viven sólo para este mundo, será día de muerte y desolación, porque toda la Creación visible se desmoronará.

   Pero quienes buscaban en las criaturas el reflejo de la faz del Salvador, y sufrían tratando de adivinar sus rasgos entre las tinieblas del espejo, saltarán de júbilo al contemplar cómo el espejo se quiebra, reverente, ante la venida del Señor que él anunciaba. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.

(TOP34J)

Reinar con Cristo es…

reinar con cristo   Quizá quede algún necio que piense que «reinar con Cristo» significa ocupar puestos de gobierno, mandar para que los demás obedezcan, o, simplemente, pasar por la vida recibiendo aplausos mientras uno baja la cabeza y repite en voz baja (pero audible) «no lo merezco, no lo merezco, no es para tanto»… En fin, siempre tiene que haber «reyes del mambo».

   Se dice mucho, especialmente en nuestros días, que reinar con Cristo es servir, hacerse el último, entregarse a los demás. Todo ello es cierto. Desde luego, es mucho más cierto que lo descrito en el párrafo anterior.

   Pero si hubiera que sintetizar al máximo el significado de reinar con Cristo aquí, en la Tierra, habría que señalar un crucifijo. He ahí el trono de la majestad. Regnavit a ligno Deus. Matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Reinar con Cristo es sufrir oprobio por su Amor. Es recibir insultos y desprecios por Él. Es ser acusado injustamente y callar. Es sufrir en silencio las culpas de los hombres, ofrecer la vida en cada misa, hacer penitencia por los pecadores y, por encima de todo, sonreír. Reinar con Cristo es subir con Él a la Cruz.

(TOP34X)

Retrato de Mae West

mae west   Uno podría preguntarse de qué modo tan extraño reina Cristo en la Historia, cuando las apariencias indican que en el mundo triunfa el mal. El reinado de Cristo en el Cielo, donde todas las potestades angélicas lo adoran, no suscita ninguna perplejidad. Pero su reinado en la Historia, en esta historia nuestra tan llena de incertidumbres, es toda una prueba para la fe.

   Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Si uno se acerca al retrato de Mae West que pintó Salvador Dalí, pensará, en un primer momento, que está viendo el salón de una casa. Sin embargo, si toma distancia y vuelve a mirar, contemplará el retrato de la actriz. El cuadro no ha cambiado. Pero, a distancia, el sofá resulta ser los labios; los cuadros, los ojos… Todo adquiere una nueva expresión.

   Lo mismo sucede con la Historia. El problema es nuestro; la miramos desde demasiado cerca, y nos horrorizamos con sus sombras. Pero, cuando la contemplemos desde la distancia de Dios, veremos, en esta historia nuestra, un retrato perfecto de la Faz de Cristo crucificado. Entonces comprenderemos que Él es, verdaderamente, Señor de la Historia, y también el gran Artista de los siglos.

(TOP34M)

«Le di lo mejor que tenía»

lo mejor   En uno de los relatos más conmovedores de Rabindranath Tagore, cuenta un niño enfermo cómo, al paso de la carroza real ante su ventana, arrojó a la calle el collar de perlas, la herencia de sus padres. Las ruedas de la carroza pulverizaron el collar sin que el monarca siquiera lo advirtiese. Pero el niño se mostraba feliz porque el rey había pasado ante su casa y él, a su paso, le había entregado lo mejor que tenía.

   ¡Qué gran verdad! Nuestra ofrenda no hará rico a Dios; Dios ya es rico sin nosotros. Tampoco nuestro amor hará feliz a Dios; Dios ya es feliz sin nosotros. Ni nuestros esfuerzos harán más poderoso a Dios; Dios ya es poderoso sin nosotros. Sin embargo, ¡qué dicha, ante la majestad de Cristo, poder entregarle lo mejor que tenemos! Algo nos dice, en nuestro interior, que no hay mejor empleo para nuestras vidas que entregárselas, por entero, a Cristo.

   Ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir. A diferencia del niño de Tagore, nuestro Rey sí se interesa por nuestra ofrenda. Y, cuando arrojamos el collar de nuestra herencia a su paso, Jesús sonríe. No puede existir mejor paga.

(TOP34L)

Dos tronos

tronos   El Rey del Universo tiene, sobre la Tierra, dos tronos. Uno lo tiene por estirpe, como Hijo unigénito del Padre: es el trono de gloria. Sobre ese trono tiene el poder supremo para juzgar a vivos y muertos.

   Además de ese trono, que le corresponde por estirpe, quiso obtener, a precio de sangre, otro trono sobre la Tierra: es el trono de la Cruz. Desde allí extiende los brazos a los hombres y los acoge en su misericordia.

   Desde hace veinte siglos, Cristo ocupa el trono de la Cruz; todos los confesonarios del mundo lo atestiguan. Y el trono de gloria parece abandonado, porque el Señor no ejerce su poder sobre el violento, sino que lo llama a penitencia desde el Madero. Por eso, los hombres profanan el trono glorioso y se sientan en él: juzgan, condenan, imponen su ley sobre otros…

   Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre (…) se sentará en su trono de gloria… Desalojará de allí al soberbio y al violento, al lujurioso y al egoísta, y entonces juzgará. Pero, cuando lo haga –no lo dudes– sabrá recordar a los amigos que ha conocido en el trono de la Cruz. ¡Aún estás a tiempo!

(XTOREYA)

Dios de Abrahán, Amor de mi vida

resurrección   Para hablar de la resurrección de los muertos, el Señor recurre a una expresión tomada del episodio del Éxodo en que Moisés encuentra la zarza que ardía sin consumirse: Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob (Ex 3, 6).

   Ojo con el «de». Porque no se dice igual Dios de Abrahán que «el ordenador de Pedro». En esta última frase, el «de» indica posesión. Sin embargo, el «de» empleado por Dios es un «de» nupcial. Si quisiéramos encontrar un uso parecido en nuestros días podríamos decir «amor de mi vida». Ese monosílabo encierra toda una alianza.

   Vengamos ahora a la resurrección: el empleo de esta frase por parte de Jesús indica que alianza de amor con Dios y vida eterna se identifican. En la medida en que estoy unido a Él con lazos de Amor, y permanezco fiel a esos dulcísimos vínculos, en esa medida soy eterno y estoy llamado a resucitar. Él es la vida.

   Por eso el pecado lleva a la muerte (también eterna, por cierto). Porque, cuando peco, me entrego a un ídolo y entonces Dios deja de ser mi Dios.

   Oración: Yo quiero vivir contigo siempre, Jesús. Jamás permitas que me separe de Ti.

(TOP33S)

Un paso adelante en el momento justo

Éstos son mi madre y mis hermanos   Durante los años de su vida pública, Jesús nunca quiso dar a su madre un lugar de preeminencia. Ella tampoco lo quiso. Así, en silencioso acuerdo de voluntades, el Señor dejó a la Virgen ocultarse en la aparente retaguardia, mientras los apóstoles ocupaban los puestos más relevantes.

   Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo. Pero, entre su madre y Él, se extendía una multitud hambrienta de escuchar la Palabra divina. Todo parece indicar que Jesús no recibió a su madre: Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. Aunque nadie, en este mundo, cumplió la voluntad de Dios con tanta finura como la Virgen, María se quedó sin ver a su Hijo. Así debía ser. Para los más santos está reservado un lugar mejor.

   Un día, todas las multitudes huyeron, los apóstoles se espantaron, y se ocultó el sol. Entonces María dio un paso al frente y ocupó el lugar iuxta crucem Iesu, junto a la Cruz de Jesús. Desde allí, y desde lo más alto del Cielo, reinan ambos sobre la Tierra, Redentor y consorte.

(2111)