“Evangelio

Julio 2014 – Espiritualidad digital

Los buenos y los malos

lobueno_lomalo    Responder a la pregunta «¿quiénes son los malos?» resulta muy sencillo: los demás. ¡No voy a ser yo! Y, especialmente, algunos «demás».

    Está claro que somos especialistas en respuestas sencillas. Pero la Escritura es especialista en respuestas verdaderas. Y la Escritura dice: No hay uno que obre bien, ni uno solo (Sal 13, 3). Y también: Nadie es bueno sino sólo Dios (Mc 10, 18). Y también: Si vosotros, que sois malos… (Mt 7, 11).

    Saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.

    Si acepto la primera de las respuestas (la nuestra), el Juicio Final es cosa sencilla: todo el mundo al Infierno menos yo y quienes yo diga. Punto. Y no hace falta que se moleste el Señor en hacer la tarea: ya me encargo yo.

    Pero si creo a la Biblia, el único que puede salvarse es Dios. Y, aunque me es más cómoda la primera respuesta, como no quiero ser idiota, aceptaré la verdad y obraré en consecuencia: me esconderé, por la gracia y la vida de oración, en Dios, y allí esperaré el Juicio. No hay refugio más seguro.

(TOP17J)

Acerca de la esperanza

esperanza    Que una persona esté alegre cuando obtiene, al fin, algo que ha deseado y por lo que ha luchado, es comprensible. Pero el que pueda alguien alegrarse mientras se desprende de cuanto tiene requiere una explicación.

    Lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene. La explicación se llama «esperanza». De las tres virtudes teologales, quizá sea la más olvidada, o la menos tratada. Espero que no sea la menos cultivada, porque la necesitamos muchísimo.

    La esperanza trae al alma el gozo de lo que aún no se posee, pero se confía en poseer. Al contrario del miedo, que nos hace padecer los males antes de que sucedan, la esperanza nos hace disfrutar los bienes futuros anticipadamente. Cuando se trata de los bienes eternos, por la esperanza pregustamos ya el Cielo durante nuestra vida mortal. De ahí que el santo, mientras se desprende de todo para disponerse a llenarse de Dios, goce ya, por adelantado, de la plenitud que obtendrá.

    Para encender nuestra esperanza, Dios nos ha dejado prendas de la gloria que nos espera en la eternidad: la Eucaristía y la oración nos llevan anticipadamente al Cielo. Por ellas es posible ser muy felices mientras todo lo entregamos.

(TOP17X)

Santa Marta y el Dios que espera

marta    Desde que Marta y María, viendo a su hermano enfermo, llamaron al Señor, hasta que Jesús llegó, vivieron días terribles. Lázaro murió. Lo enterraron, y el Maestro no apareció. Lloraron, y no estaba allí. No sólo era su hermano quien moría: su fe en Cristo agonizó, y Dios mismo pareció estar muerto. «Sufrimos -pensaban- y el Señor no hace nada». No era cierto. Cuando parece que Dios no hace nada, hace algo que no entendemos: espera.

    Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Cariñoso reproche… Y, a su manera, cierto. Desde su Ascensión, Jesús no está aquí como estuvo durante su vida pública. El sagrario es silencio y espera; los milagros -que existen- son excepcionales, aunque haya necios que quieran vivir el milagro permanente. Los hombres sufren, enferman, mueren… Y Dios espera.

    Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. No te reprocho, Marta, que llames a Jesús en busca del milagro. Pero, mejor, acude tú a Él en busca de vida eterna. Entonces, en medio incluso del dolor y de la muerte, viviréis tu hermano y tú. Y será para siempre. Así entenderás que Dios, mientras espera, da.

(2907)

Yo quisiera ser civilizado como los animales

nido    Es pintoresca la imagen que dibuja el salmo 84: Hasta el gorrión ha encontrado una casa, la golondrina un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor de los ejércitos (Sal 84, 3). Imagino que un día, al disponerme a celebrar la misa, encontrase un nido de golondrinas en el altar, y ya podéis haceros una idea de dónde iban las pobres golondrinas a pasar la noche.

    Sin embargo, los pájaros habrían elegido lo mejor. Los animalitos, tan libres de pecado como de libertad, reconocen en seguida a su Dios. El buey y la mula de Belén lo atestiguan. Por eso hacen las aves su nido en el altar: saben que Dios es su casa.

    Se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas. Si, al menos, tuviésemos el «instinto divino» de los animales, buscaríamos nuestro descanso en Dios en lugar de buscarlo en las criaturas. En los momentos de cansancio, acudiríamos al sagrario, y no al televisor. Desearíamos que llegase la hora de la misa como quien desea un descanso, y no la consideraríamos una tarea más. Al fin y al cabo, el pájaro siempre anhela volver a su nido.

(TOP17L)

El tesoro escondido en el campo

tesoro escondido        ¿Qué quiere decir Jesús cuando habla del tesoro escondido en el campo? Porque la palabra campo, a muchos -y más en vacaciones- los invita a salir fuera de la ciudad armados con un bocadillo de tortilla y un refresco. ¿Habrá que desplazarse a un lugar lejano para encontrar el reino de los cielos?

    El campo es el alma en gracia. Porque un alma en pecado es campo asolado por las llamas, donde sólo queda la huella de un tesoro que una vez estuvo allí. Por eso, si quieres encontrar el reino de los cielos, debes primero confesar tus pecados.

    Pero no basta. Muchos salen del confesonario, y pocos encuentran el tesoro. No todos los que viven en gracia visitan su propia alma, sino que prefieren ocuparse en mil asuntos fuera de ella: apegos, preocupaciones, placeres carnales…

    Si quieres encontrar el tesoro, debes recogerte en oración en el silencio del alma. Pasa a través de las distracciones y las incomodidades; no luches contra ellas, sólo crúzalas hacia dentro, y verás una pequeña puerta en el centro del alma. Ábrela aunque para ello tengas que morir. Allí está el tesoro. Ya no quieres nada más en esta vida. Sólo gozar de Él.

(TOA17)

El Cielo ante sus ojos

Joaquín y Ana    Me pregunto hasta dónde fueron conscientes Joaquín y Ana del misterio que se abría ante ellos. Y es que tuvieron ante sus ojos mucha luz y muy poca información. En esto, actuaron como administradores a quienes no se revela el valor de los tesoros que administran.

    Fruto de su amor, fue concebida en el seno de Ana la criatura más perfecta jamás salida de las manos de Dios. Y allí, en ese seno que fue escenario de gestas divinas, quedó vencido Satanás, quien no pudo imprimir su sello en la pequeña María.

    Vieron nacer a la criatura más hermosa de la Historia de la humanidad, y fueron -sin saberlo- los pioneros de la devoción mariana. Suyas fueron las primeras jaculatorias, dignas de las letanía lauretanas: «¡Qué guapa! ¡Qué preciosidad de niña!»

    Fueron abuelos de Dios encarnado, y nadie se lo dijo. Pero, al jugar con su Nieto, siempre terminaban por arrodillarse para situarse a su altura.

    ¡Dichosos vuestros ojos porque ven! No conocieron los misterios que tenían ante sus ojos, pero, al verlos, los presintieron y los gozaron. ¿De verdad creemos que nosotros los conocemos mucho mejor? También a nosotros nos ilumina más lo que presentimos que lo que sabemos.

(2607)

No. No podemos

no podemos    No se si va con segundas o con terceras, pero cada vez que decimos «Podemos» deberíamos añadir la cita: Mt 20, 22. O, mejor aún, escribirlo en latín, que es como aparece en la Vulgata: Possumus (Mt 20, 22). Queda mejor, y así está claro que no nos inventamos nada.

    La traducción litúrgica española, siempre mejorable, ha optado por un «lo somos» como respuesta de Santiago y Juan a la pregunta de Jesús: ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? Pero, si queremos una traducción más literal, el diálogo sería: -¿Podéis? – ¡Podemos!

    En todo caso, ni Santiago ni Juan sabían de lo que hablaban o lo que decían. Si hubieran sabido entonces que Jesús les estaba invitando a padecer con Él, quizá se lo hubiesen pensado dos veces antes de responder. Y, aunque pensaran que se refería el Señor a una copa de cerveza, responder podemos era una insensatez. Días después se lo manifestaría el propio Señor: Sin mí no podéis hacer nada (Jn 15, 5).

    No. No podemos. No podemos nada sin Cristo. Tan sólo podemos hacer el mal, y el mal es nada, como nada es la muerte. Pero la nada duele. Cuidado.

(2507)

Los que se aburren en misa

misa    Son muchos -sobre todo los domingos- quienes pasan la misa mirando el reloj. Y muchísimos quienes, durante la celebración eucarística, tienen la mente distraída en otras cosas. Culpar de ello a los sacerdotes es muy fácil. Pero cargarle al presbítero la responsabilidad de hacer algo «ameno» de la Eucaristía es como afirmar que, en sí misma, la Misa es soporífera, salvo que algún sacerdote simpático la arregle un poco. Falta de fe.

    Tú, sin embargo, encuentras el altar y ves a Cristo. Diriges tus ojos al sagrario, y ves a Cristo. Miras al sacerdote -¡a cualquiera!- y ves a Cristo. Contemplas la Hostia entre sus manos, y ves a Cristo. Tienes tus delicias en la Eucaristía, sea quien sea el sacerdote que presida la celebración. Y, finalizada la misa, en lugar de salir corriendo, permaneces en el templo, paladeando la comunión y dando gracias por tantos beneficios. Lo único que le pides al sacerdote es que no estorbe; que sea transparente y desaparezca bajo la obediencia, para que Cristo brille. Pero, aunque estorbe, la torpeza del sacerdote te mueve a rezar también por él.

    ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Quien tiene fe, nunca se aburre.

(TOP16J)

¡Quédate en casa!

familiar    «Permanecer» es quedarse; no es estar un rato. Estar un rato es ir de visita. Pero quienes van de visita son los extraños o los familiares lejanos. Los niños permanecen con sus padres, viven en casa.

    Permaneced en mí, y yo en vosotros. No quiere Jesús ser un extraño, ni un familiar lejano que acude de visita cuando comulgas y se marcha después. En la casa de tu alma, Él es tu hermano, el mayor, el primogénito. Y quiere permanecer allí con el Padre y contigo, unidos en el Espíritu amoroso. Por eso, no permitas que tus comuniones terminen; no eches a Jesús de casa. Mantente es su presencia durante todo el día.

    Tú tampoco debes ser un extraño, ni un familiar lejano para Jesús. No te conformes con visitarlo cuando acudes a misa. Ni te quedes en el vestíbulo de pie, pensado en otras cosas durante la celebración, y mirando al reloj con el deseo de que la misa termine… Entra hasta la cocina, como los hijos. Sumérgete en el Santo Sacrificio. Déjate devorar por Jesús cuando comulgues. Y, cuando la misa termine, no te marches. ¿Dónde vas a ir? Convierte tu jornada en una prolongación de la Eucaristía.

(2307)

Los que no se conforman

María Magdalena    Sólo tres palabras: Da media vuelta. En su contexto, me parecen tres palabras maravillosas. Porque María Magdalena tiene delante nada menos que dos ángeles. No es algo que se vea todos los días. Tras un breve intercambio de dos frases, cuando entiende que no la ayudarán a encontrar a su Amor, decide ignorarlos, y se da la vuelta para proseguir su búsqueda.

    Somos almas que desean; no es poco, pero todo depende del blanco al que el deseo apunta. Hay personas con deseos mediocres, que se detienen cuando en el camino han encontrado un charco, plantan su tienda y se quedan allí. Otros, que desean más, pueden pasar de largo, sedientos, ante el charco, y continuar hasta hallar un estanque. Cuando lo encuentran, plantan su tienda y permanecen allí.

    Pero hay personas a quienes el charco y el estanque les parecen poco. Son capaces de pasar de largo, y continuar sedientos su camino hasta que alcanzan las cimas donde brotan las fuentes de agua más pura. Esas personas dejarán atrás la belleza de un ángel, y les parecerá fealdad, porque buscan una belleza mayor: la de Cristo. Y no descansan hasta que la encuentran. María Magdalena es de esas personas.

(2207)