Liber Gomorrhianus

8 Junio, 2014 – Espiritualidad digital

Aliento divino que diviniza al hombre

Espíritu    Cuando Dios creó al primer hombre del barro, sopló en sus narices e infundió en él aliento de vida. Al recibir el hálito de Dios, aquel barro se alzó de la tierra y llegó a ser capaz de alcanzar los Cielos. Pero el hombre eligió el pecado y cayó de bruces en el polvo de la muerte.

    Entonces Dios se agachó, se tendió sobre la misma muerte que el hombre padecía, y en la Cruz abrió sus brazos para hacerse uno con todo hombre que se acoge a Él.

    Ya resucitado, vencedor de la muerte y del pecado, se acercó glorioso a los hombres y Exhaló su aliento sobre ellos. Ahora el Espíritu de Dios, aliento amoroso de Cristo, se derrama en las almas, las resucita y las hace hijos de Dios.

    Me has preguntado: «¿Cómo enamorarse de Dios?» Es algo imposible para un hombre si no se lo concede el Espíritu. La distancia entre la criatura y el Creador es demasiado grande como para permitir el romance. Sin embargo, ese soplo divino eleva al alma hasta alturas celestiales y la derrite en tierno amor por Dios. ¿Cómo enamorarse de Dios? ¡Viviendo en gracia! ¡Orando en gracia! ¡Amando en gracia!

(PENTA)