“Evangelio

Junio 2014 – Espiritualidad digital

Parece cruel. Y, sin embargo…

Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre    Parece cruel, ¿verdad? Ante la disculpa: Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre, expuesta por un discípulo cuyo padre se encontraba en la última enfermedad, Jesús responde: Tú sígueme. Deja que los muertos entierren a sus muertos. Saben mucho sobre esto las religiosas de clausura, a quienes no está permitido abandonar el convento ni siquiera para cuidar de sus padres, acompañarlos en su muerte, o asistir a su entierro.

    Parece cruel. Pero lo realmente cruel es la muerte. Esto es, simplemente, doloroso. Se trata de una de esas palabras del Señor que sólo con fe pueden comprenderse. Pero, cuando se escucha con fe, tras ese dolor habita una inmensa alegría.

    Con tan desconcertantes palabras, Jesús dice a su discípulo: «Hijo, no temas por tu padre. Porque, si tú me sigues, vivirás para siempre. Y, por tu fidelidad, vivirán los tuyos. Sígueme, y tu padre no morirá; entrará en la Vida. Que sean los muertos -quienes se han negado a seguirme a Mí, que soy la Vida- quienes se afanen enterrando a sus muertos. ¡Pobrecitos! Para ti, si vienes conmigo, la muerte ha sido ya vencida».

    Ya lo ves: parece cruel, pero es muy esperanzador. Aunque siga siendo doloroso.

(TOP13L)

Al fin vencidos por la Cruz

san pedro y san pablo    Pedro: amaba tanto a Jesús como odiaba la cruz. Ya una vez quiso convencer al Maestro de que semejante suplicio no estaba hecho para Él. Entonces Jesús lo llamó «Satanás». Cuando tuvo que elegir entre su amor a Jesús y su odio a la cruz, optó por lo segundo y renegó del Señor tres veces, una de ellas con juramento. Pero como su amor a Cristo era verdadero, lloró lágrimas tan amargas que su dolor le unió misteriosamente a Jesús crucificado. Al fin y al cabo, aunque a distancia, ambos lloraban por lo mismo: por los pecados.

    Pablo: enemigo de Cristo y perseguidor de cristianos. Desde que cayó por tierra, vencido por Jesús, toda su vida fueron padecimientos, azotes, cárceles y martirio. Así purificó su rebeldía. En Atenas, quiso dedicarse al marketing y realizó un publirreportaje hablado sobre Cristo, en el que, para no asustar a la clientela, omitió todo lo referido a la Cruz. La burla que recibió a cambio lo movió a tal arrepentimiento que, desde entonces, no quiso conocer sino a Cristo, y éste crucificado. En adelante, no habló más que de la Cruz.

    Entonces… ¿Qué es un santo? Un pecador al fin vencido por la Cruz.

(2906)

Todos buscan, encuentran pocos

Inmaculado corazón de María    En el fondo, todos los hombres se saben perdidos. De otra forma, no andarían locos buscando redención. No conozco a nadie que no la busque afanosamente. Incluso quienes se proclaman satisfechos miran de hito en hito, atentos a cualquier posibilidad de mejorar.

    Aunque no todos están dispuestos a reconocer que es redención lo que buscan, porque no todos reconocerán que están perdidos. También distingue a los hombres el lugar donde buscan esa redención: muchos la buscan en el dinero, otros en el placer, otros en la fama, otros en el poder, otros -incluso- en la rutina… Si se hiciera una estadística sobre el índice de éxito de los hombres en esta búsqueda, puede que el resultado hiciera saltar en pedazos cualquier barómetro.

    ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? Lo más triste de todo es que ¡está tan cerca! Mientras los hombres buscan fuera, les bastaría con prescindir de todo, recogerse en silencio y buscar a Dios en su interior. El Inmaculado Corazón de María, presencia de Dios en su alma, bastó para colmarla de dicha incluso en el suplicio del Calvario.

    ¡No está fuera, está dentro la redención del hombre!

(ICM)

Lo que nadie hubiese esperado de Dios

sagrado corazón    De Dios se pueden esperar muchas cosas: que sea sabio, omnipotente, justo, fuerte, eterno, perfecto, hermoso…

    Todo eso, y más, podría esperarse de Dios, y quien lo esperase no quedaría defraudado. Pero lo que jamás esperaríamos, si Él mismo no nos lo hubiese revelado, es que Dios fuese manso y humilde. Son dos atributos que no corresponden, a primera vista, al Ser Supremo, porque, también a primera vista, no los necesita. ¿Qué necesidad tiene de ser manso quien es omnipotente, y qué necesidad tiene de ser humilde quien es la perfección suma sin mezcla alguna de imperfección?

    Aprende de mí, que soy manso y humilde de corazón. He ahí la grandeza del Sagrado Corazón de Jesús: si Dios no necesitaba para sí mismo ser manso ni humilde, ha querido necesitarlo para nosotros. Y se ha hecho hombre, y se ha revestido de nuestra fragilidad, y ha elegido sufrir mil penas, y en todas ellas hacerse como el último de los hombres, para redimirnos y para que tuviésemos un ejemplo que imitar. No podemos imitarlo en su grandeza, pero sí en su humildad. No podemos imitarlo en su poder, pero sí en su mansedumbre.

    ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío!

(SCORJA)

La pradera de los mediocres

grass2    En su «Decenario al Espíritu Santo», Francisca Javiera del Valle explica que hay personas que rezan, frecuentan los sacramentos y evitan el pecado, pero que, sin embargo, ni son santos, ni van encaminados a la santidad. Y es que No todo el que me dice “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos.

    En el paisaje de la vida espiritual, existe una «pradera de los mediocres», donde el alma se entretiene rezando, y la climatología interior es apacible, sin grandes tentaciones ni fuertes caídas. Al Demonio le interesa que esas personas no pequen demasiado, no fuera a ser que un traspiés «a lo David» los ponga, de un susto, en el camino del Cielo. Estas personas tampoco harán grandes gestas por amor a Dios. Están aburguesados.

    … Sino el que cumple la voluntad de mi Padre. ¿Qué les falta? Dice Francisca Javiera del Valle: «negarse a sí mismos». Por no morir para hacer la voluntad de Dios, prefieren vivir rezando y pensando que Dios está de su parte. Pero deberían sospechar: el camino del Cielo no es una pradera, sino un monte. Y la cuesta arriba es empinada; no puede subirse sin abandonar la propia voluntad. ¡Qué cansancio! ¿verdad?

(TOP12J)

Frutos a 100Mb/s

vinilo-electronica-arbol-para-portatil    Somos tan electrónicos, tan informáticos y tan tecnológicos, que, cuando dice el Señor: por sus frutos los conoceréis, dirigimos los ojos a los resultados inmediatos de la vida. «Este sacerdote -pensamos- llena los templos; debe ser un santo», «Esta persona ha fundado una congregación que ya cuenta con miles de miembros en menos de dos años; sin duda habrá que abrir su proceso de canonización cuando muera».

    ¡Pobres de nosotros! Con la misma lógica, si hubiéramos contemplado a Jesús crucificado, abandonado por los suyos y tenido por blasfemo, hubiéramos dicho: Rey de Israel es: que baje ahora de la cruz, y creeremos en él (Mt 27, 42).

    Y es que, a veces, eso que tenemos por frutos no son sino la piel del árbol. Y también nos advierte hoy el Señor contra quienes se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces.

    Los verdaderos frutos de la vida de una persona no surgen hasta después de la muerte, como sólo tras la muerte del grano de trigo se alza la espiga. Hay quienes viven solos, mueren solos, y son padres de pueblos. Y hay quienes viven entre aplausos, mueren aplaudidos por multitudes, y son estériles como ladrillos.

(TOP12X)

Apostolado ≠ Marketing

marketing    El espíritu del mundo se infiltra a menudo en nuestra labor apostólica, y convierte en marketing lo que debería ser entrega redentora.

    Me refiero, por ejemplo, al modo en que situamos sobre el candelero al recién convertido y le reclamamos testimonios, haciendo de él una estrella mediática. Quisiéramos gritar: «¡Mirad! ¡Todavía ganamos adeptos!» El neófito, cuyo entusiasmo es mayor que su preparación, acaba sometido a la vanidad, y viene a caer en redes peores que las antiguas. Por algo pide san Pablo que no se den responsabilidades al neófito, no sea que, llevado por la soberbia, caiga en la misma condenación del Diablo (1Tm 3, 6). San Pedro Damián mandaba que a los recién convertidos se los sometiese a dura penitencia.

    Vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel. Si el propio Hijo de Dios pasó treinta años escondido antes de predicar, lo menos que podía hacer su Precursor era retirarse al desierto durante años antes de anunciar al Mesías.

    No lo olvidemos jamás, porque nuestro apostolado nada tiene que ver con el marketing. Que no nos ha llamado Dios a vender Coca-Cola. Primero oración, penitencia, y escondimiento. Luego hablamos. Y después nos morimos. Por último… Los frutos.

(2406)

Sobre los que quisieran jubilar a Dios

juzgar    Si por nosotros fuera, Dios podría jubilarse y dedicarse a ver la televisión, mientras nosotros le dábamos el trabajo hecho. Nos encanta hacer de Dios. Otras cosas nos disgustan: nos disgusta trabajar, nos disgusta obedecer, nos disgusta cambiar los planes, nos disgusta entregarnos y nos disgusta contrariar nuestra voluntad. Pero hacer de Dios nos encanta: sobre todo cuando se trata de anticipar el Juicio Final. Lo de redimir a la Humanidad y morir en Cruz es otra cosa.

    Suponed que volviese hoy el Señor, se cruzase de brazos, y dijera: «Puesto que el trabajo de juzgar a la Humanidad ya lo habéis hecho vosotros, que se ejecuten vuestro juicios»… ¿Quién se salvaría? No habría otra forma de eludir la condena que lograr caerle bien a todo el mundo. Muchos lo intentan, pero -la verdad- nadie lo consigue.

    La liturgia nos regala hoy dos palabras espeluznantes de Jesús:

    1.- Os van a juzgar como juzguéis vosotros. Por favor, tened cuidado con cómo juzgáis a los demás. Jesús no está bromeando.

    2.- No juzguéis y no seréis juzgados. ¿Quieres eludir el juicio de Dios, y dejarlo convertido en un abrazo de Padre?: No juzgues a tus hermanos. Así de sencillo. Pero hazlo.

(TOP12L)

¡Mirad cuánto nos ha amado!

Eucaristía    Acércate a una iglesia, y dirige tu vista a un sagrario. Pon tus ojos, durante la misa, en las manos del sacerdote que alza la Sagrada Hostia. Y mira cuánto nos ha amado el Señor.

    Hace tres semanas celebrábamos la Ascensión del Señor. Para un espectador desprovisto de fe, las apariencias eran las de un abandono; Jesús, cumplida su misión, regresaba al Padre, de quien procedía. Pero ¿qué sería ahora de nosotros, lejos de su presencia?

    ¡Necio! ¿Acaso no conoces cuánto nos ha amado el Señor? ¿O no crees que, siendo Dios, es también verdadero hombre, y siendo hombre, es, también verdadero Dios? Como hombre, aunque debe volver a su Padre, no quiere verse lejos de aquéllos a quienes ama. Y, como Dios, tiene el poder para volver a su Padre sin alejarse de sus hombres queridos.

    De ahí el milagro de la Eucaristía. Se ha quedado sin ruido, sin espectáculo, sin pirotecnia, sin rayos ni truenos. Se ha escondido en el silencio de los sagrarios para que lo encuentren almas amantes del silencio. Y se ha entregado en las manos de los pastores para que lo devoren las ovejas hambrientas y desvalidas.

    ¡Mira cuánto nos ha amado el Señor!

(CXTIA)

La añadidura

añadidura    Una de las riquezas del Padrenuestro consiste en que actúa en el alma como un diapasón que afina miedos y templa agobios, armonizándolos con los latidos del corazón de Cristo.

    Las peticiones del Padrenuestro van encaminadas, en su mayoría, a la gloria de Dios y a la santidad del hombre. En cuanto a las necesidades materiales, apenas pedimos el pan de cada día, lo cual es como suplicar que no muramos de hambre; y eso sin tener en cuenta que esta petición es profundamente eucarística. Ni pedimos que se nos curen las enfermedades, ni que encontremos trabajo, ni que se nos asegure el plan de pensiones.

    ¿Qué haremos, entonces, con las demás necesidades materiales? ¿No debemos pedirle a Dios que nos socorra en nuestros problemas temporales, de salud, económico o afectivos?

    No estéis agobiados por la vida. Lo primero que haremos es no agobiarnos. Todas esas necesidades van incluidas en otra petición: Hágase tu voluntad. Porque en todo ello nos abandonamos a la Providencia de un Dios que nos ama.

    Sobre todo, buscad el reino de Dios y su justicia. Lo demás se os dará por añadidura. Busquemos, por tanto, lo principal, y dejemos a Dios ocuparse de la añadidura.

(TOP11S)