Liber Gomorrhianus

10 Abril, 2014 – Espiritualidad digital

Sobre aquéllos que mueren sonriendo

Quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre    Lázaro volvió a morir. No sé si murió a causa de una neumonía o si lo atropelló un camión cuando cruzaba la calle para comprar tabaco, pero volvió a morir. El milagro realizado por Jesús, más allá de su caducidad en el orden físico, era un signo de la verdadera Buena Nueva.

    El latido del corazón y la sangre que fluye por las venas no son vida, sino muerte. Tarde o temprano, el corazón se detiene y las venas se pudren. Como Lázaro, todos apestaremos cuatro días después de enterrados. Y quien no tiene más patrimonio que el latido del corazón es un desgraciado que vive muerte.

    La vida es Cristo. Quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre. Quien lleva a Cristo en el alma ha escapado de la muerte, porque una puerta, en su interior, se ha abierto hacia lo eterno. Esa persona no puede morir, porque habita la eternidad. Pasará, sí, por la muerte física, como todo hombre, pero, unida a Jesús, tan sólo pasará a través de ella para amanecer al otro lado, a ese lado donde la luz ya no conoce tinieblas. Quien tiene a Cristo muere sonriendo, como los mártires.

(TC05J)