Liber Gomorrhianus

Abril 2014 – Espiritualidad digital

¡Te quiero así…!

¡Te quiero así…!    «¡Te quiero así…!» Y abría el niño los brazos ante su madre, como deseando estirarse hasta unir los horizontes en sus manos, mientras mamá sonreía emocionada, y, aprovechando los brazos abiertos del pequeño, lo tomaba entre los suyos, lo alzaba, y estampaba un beso en sus mejillas.

    Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él. «¡Te quiero así…!»… Y abrió Jesús sus brazos en la Cruz, uniendo en su cuerpo llagado Cielo y Tierra, y ofreciéndose a Sí mismo para la redención de cada alma. Esos brazos no se han cerrado; siguen abiertos, mostrando al mundo el Amor más grande, y queriendo abrazar al pecador que, contrito, acude a Él en busca de misericordia.

    Ahora te toca a ti. Díselo a Jesús: «¡Te quiero así…!» Y abre tus brazos sin miedo. Deja de sufrir cerrado sobre ti mismo, como los egoístas, y muéstrale tus llagas para que las una a las suyas. Dale a Jesús tus dolores, viértelos en su Cruz como la gota de agua que se vierte en el vino en cada misa, y ya no vuelvas a quejarte, que estás siendo muy amado.

(TP02X)

¡Benditas llagas!

llagas    La Iglesia contempla en Pascua las llagas de Jesús como ventanas abiertas a la eternidad. A través de esas llagas, mostradas a Tomás e impresas en el cuerpo de santa Catalina, el hombre se adentra en Cristo. Y, también a través de ellas, se derrama sobre el mundo la luz celeste.

     Para quienes sueñan con el Dios que resuelve problemas, son escándalo. Hubieran preferido no verlas en la Cruz, y tienen por intolerable que se exhiban en el cuerpo glorioso del Resucitado. Querrían un Cristo sin llagas, que hubiese conseguido una Humanidad sin llagas. Suyas son las palabras del «mal ladrón»: ¡Sálvate a ti y a nosotros! (Lc 23, 39).

    Pero Dios no se encarnó para resolver problemas, sino para alumbrar misterios. Tras la resurrección de Cristo, el hombre continúa llagado. Y sus llagas son ahora las de Cristo glorioso. Él las tomó sobre su cuerpo, las bañó en Amor, y las llevó al Cielo. El yugo y la carga que pesan sobre cada hombre son hoy dulces, porque convierten al alma del cristiano en «cónyuge» de Cristo. Mi yugo es suave y mi carga ligera. He ahí la gran conmoción pascual de la existencia del hombre sobre la Tierra.

(2904)

Sin arreglo posible

Nicodemo    «Cariño, voy a arreglarme para la cena de esta noche», dijo la mujer. Y un marido poco delicado, maleado por treinta años de matrimonio vivido a medias, le respondió desde la butaca del televisor: «No te esfuerces, Cielo. Lo tuyo no hay quien lo arregle».

    Jesús, que era muy delicado, sin embargo no quiso llamar «Cielo» a Nicodemo. Pero de una forma más sutil le dijo algo muy parecido a lo que aquel marido escupió sobre su mujer: Tenéis que nacer de nuevo.

    Y yo, que soy menos delicado que el marido aquel, y -en todo caso- menos sutil que Nuestro Señor, te traduzco las palabras que escuchó Nicodemo en un lenguaje algo más rudo: «Lo tuyo no tiene arreglo. Mejor ve a la tienda y que te cambien por otro nuevo, aunque probablemente te haya caducado la garantía».

    Deja de intentar arreglar tu vida. Cada vez que te pones a ello, la estropeas un poco más. Mejor empieza una vida nueva y, para no hacer con ella el mismo estropicio que has hecho con la que ahora tienes, deja que sea Cristo quien la viva. Anda, confiésate, olvida quién fuiste, y entrégate del todo al Señor. Resucita con Él.

(TP02L)

Los caños de la Divina Misericordia

divina misericordia    De la llaga del costado de Cristo glorioso mana un río que baña la Tierra en Perdón. Allí acuden a lavarse los pecadores, y quedan sanos de sus heridas y absueltos de sus culpas. Allí los hijos de la ira, empapados en el Amor divino, son hechos hijos de Dios.

    Necesitas bañarte en esas aguas, porque tú, como yo, estás muy necesitado de la Divina Misericordia. Deja que te diga -no yo, sino el Señor- dónde encontrarlas: A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados. A quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

    Las manos de los sacerdotes son los caños por donde esas dulces aguas fluyen y se derraman sobre las almas heridas. No las busques en otro lado, porque no las encontrarás. Cristo las ha alumbrado en esas manos, que son manos de hombres pecadores pero ungidos, y allí las beberás si te acercas al sacramento del Perdón.

    Si un día -jamás sucederá- dejase de haber sacerdotes, la Iglesia desaparecería. La Tierra quedaría árida, y las culpas de los hombres se apoderarían de ellos hasta hacerlos morir. Reza por los sacerdotes, venera a los sacerdotes, cuida a los sacerdotes. Sin sus manos, no hay esperanza en el mundo.

(TPA02)

«Buena» sí, pero… ¿«noticia»?

noticia    Alguien podría preguntarse por qué llamamos «Buena Noticia» al Evangelio. «Noticia» significa «hecho reciente»; nadie quiere un periódico de hace tres días. Sin embargo, la resurrección de Cristo sucedió hace cerca de dos mil años.

    También es verdad que cuando una noticia está dotada de especial repercusión puede mantenerse más tiempo en primera plana. En España, los atentados de marzo de 2004 coparon las portadas durante meses.

    He aquí un primer motivo por el que la resurrección de Cristo es, a día de hoy, noticia de primera página. Su repercusión en la Historia y en la condición humana deja en mantillas a cualquier otro suceso que pueda acontecer bajo el sol.

    El segundo motivo por el que la resurrección de Cristo es noticia radica en que, dos mil años después, muy pocos la han dejado resonar en sus corazones. Lo que sucedió entonces continúa sucediendo: No la creyeron… No los creyeron… No habían creído… Si aquellos primeros se resistieron a creer, las cosas no han mejorado hoy. Y, mientras el hombre siga sin aceptar la mejor de las noticias, el mandato de Cristo tiene la máxima actualidad: Id al mundo entero y proclamad la Buena Noticia a toda la creación.

(TP01S)

Una mañana de pesca

pesca milagrosa    Yo grabaría la frase sobre el altar de una iglesia: Traed de los peces que acabáis de coger. Pero este tipo de frases, en ese tipo de sitios, suelen escribirse en latín: Afferte de piscibus, quos prendidistis nunc.

    En latín o en romance, la verdad es la misma. El altar, antesala del Cielo, es el puerto donde, en esta vida, nos espera Cristo. Y los pescadores no podemos llegar al puerto con los barcos vacíos. El apostolado de la Eucaristía es tan urgente como el de la Penitencia, del que ayer te hablaba. Ambos -por su orden- van unidos a la hora de acercar almas a Cristo. Si las misas de tu parroquia no se llenan, mira esos asientos vacíos: son para que deposites tu pesca.

    No digas que no puedes. Lo dijo Simón antes que tú: – ¿Tenéis pescado? – No. – Echad la red a la derecha. Ante esas palabras, Pedro no replicó que ya la había echado mil veces, y de nada servía echarla de nuevo. Simplemente obedeció, y la red se llenó. Haz tú lo mismo: obedece al director espiritual, y tu vida, unida en sacrificio de obediencia a la de Cristo, será fecunda en almas.

(TP01V)

La resurrección de Cristo y el perdón de los pecados

perdón de los pecados    Una de las repercusiones más gozosas de la resurrección de Cristo sobre la pobre condición humana es el perdón de los pecados. Jesús murió en la Cruz para impetrar la misericordia de Dios sobre todos los hombres. Su resurrección es el «si» del Padre al sacrificio de su Hijo, convirtiendo a Cristo en Primogénito de esa nueva familia en la que el pecador que se acoge a Él viene a ser hijo de Dios.

    Todo pecado ha sido perdonado, porque para ello murió Cristo. Pero eso no produce, automáticamente, la salvación de todo pecador. Es necesario que cada uno acuda ahora a Jesús resucitado para recibir el perdón obtenido en la Cruz. Y eso sucede en el sacramento del Perdón. Por eso, el anuncio pascual tiene que ser una invitación a la confesión sacramental: En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos.

    Al pecador no hay que decirle: «Ve a confesar para que Dios te perdone», sino «¡Alégrate, Dios te ha perdonado! ¡Ve a confesar, y no temas, que Dios te recibirá con un abrazo de Padre!» He ahí el único anuncio que hace los honores a la resurrección de Cristo.

(TP01J)

La luz que se agazapa tras las sombras

Emaús    Podría decirse que Jesús resucitado es eucarístico… O, también, que la Eucaristía es gloriosa. En cualquier caso, para ver a Cristo resucitado es necesario atravesar un muro de tinieblas. Lo que captan los ojos del cuerpo parece desmentir su presencia, y sólo la fe se abre paso a través de las sombras para alcanzar la verdadera luz. María Magdalena rompió ese muro con lágrimas, y después gozó de la alegría de los santos. A los dos discípulos que, desanimados, regresaban a Emaús, les costó más atravesar la noche.

    Todo lo que sus ojos veían parecía proclamar la derrota de Cristo: Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace ya dos días que sucedió esto. Jesús les salió al encuentro, y con las Escrituras les iluminó aquel bosque que parecía poblado de muerte. Al llegar al pueblo, hablaron como niños asustados: Quédate con nosotros, porque atardece. Entonces Jesús partió el pan, y todo quedó esclarecido. Brotó la alegría.

    Mira: si te parece que siguen reinando las sombras, no te asustes. Toma la Escritura, acude a la Eucaristía, y deja que la fe te muestre que, ahora, las sombras son el camino hacia la Luz. ¡Alégrate!

(TP01X)

Alegría pascual y discursos morales

alegría    Desde hace tres siglos, hemos asistido a una letal moralización del cristianismo que nos ha llevado a emplear más esfuerzos en la búsqueda de la virtud que en la búsqueda del rostro de Cristo… Al llegar la Pascua, el anuncio de la resurrección de Jesús parece el modesto telonero del mensaje principal: «¡Hay que estar alegres! ¡A sonreír todo el mundo! La santidad es virtud, y, en Pascua, la virtud es “alegría”».

    Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Esta mujer no había escuchado a nuestros sermoneadores de la virtud, y sospecho que tampoco les hubiera prestado demasiada atención. A María le salía la virtud por una friolera, porque estaba obsesionada con un solo deseo: el rostro del Señor. Y no estaba dispuesta a alegrarse, ni a comer, ni a beber, ni a vivir, hasta que sus ojos no vieran a su Amado. Quizá por eso fue la primera en contemplarlo, antes incluso de haber leído libros moralizantes.

    No te dejes engañar. No quieras forzar tu alegría, que no sirve para nada. Sólo busca a Cristo, y deja que la alegría te alcance a ti. Que la Pascua no es fruto de un esfuerzo, sino el resplandor de un amanecer.

(TP01M)

Un poco más difícil que chascar los dedos

chascar los dedos    Está claro que, en lo referido a la redención del hombre, no existen automatismos. ¡Cómo nos gustaría! En lo más profundo de nosotros, quisiéramos que Dios chascase los dedos y, de repente, todos los problemas quedaran resueltos, todos los enfermos sanasen, y todos los muertos volviesen a la vida. Pero, para escándalo de muchos, no es así.

    También para Dios hubiese sido más fácil chascar los dedos. Pero, por su misterioso respeto a la libertad humana, se obligó a Sí mismo al sacrificio de su propio Hijo. Después, la resurrección de Cristo tampoco obra, de manera automática, la redención de todos los hombres.

    Y aquí es donde viene nuestro escándalo. En la misma mañana de la resurrección de Cristo, los artífices de su muerte continúan maquinando mentiras: Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Uno podría preguntarse: «¿Para qué ha servido tanto dolor, y qué provecho hay en la resurrección del Señor, si los hombres siguen prefiriendo las tinieblas a la luz?»

    Dos mil años después, la pregunta continúa abierta. Y no hay respuesta fácil, salvo el inefable gozo de los santos. Ellos hacen que tanto derroche de Amor haya valido la pena.

(TP01L)