Evangelio 2018

25 enero, 2014 – Espiritualidad digital

Del rayo del cielo a don Agapito (que tiene halitosis)

conversión    Al igual que sucede con el descubrimiento de la vocación, la conversión es siempre un momento hermoso, con mucho de romántico. No es extraño que el recién convertido se entusiasme.

    Pero «convertirse» no es sinónimo de «salvarse». La conversión marca, tan sólo, el comienzo del camino, mientras la salvación se encuentra al final. Y el camino, de ordinario, es largo. El converso aún no ha entregado la vida.

    Levántate, entra en la ciudad, y allí te dirán lo que tienes que hacer. En ese momento, comienzan las complicaciones. En primer lugar, porque, al convertirte, sentiste que Dios te hablaba al alma y te llenaba de luz. Pero, ahora, te hablará a través de un hombre pecador como tú. Y tendrás que aceptar que la voz de un Ananías, o de un Agapito -el sacerdote que tengas más cerca de casa- tiene el mismo valor y merece la misma obediencia que aquella dulce voz que te habló entonces. Y, en segundo lugar, porque a nadie nos gusta que nos digan lo que tenemos que hacer. Y, si es Don Agapito, menos aún.

    Ya lo ves: convertirse es romántico. Pero entregar la vida es maravilloso, aunque pasemos del verso a la prosa.

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