Liber Gomorrhianus

23 Enero, 2014 – Espiritualidad digital

Baños de multitudes

multitudes        No parece que a Jesús le gustasen especialmente los «baños de multitudes». Entre el gentío fácilmente se disuelve el alma, y una misma multitud puede gritar hoy «¡Hosanna!» y cinco días después vociferar «¡Crucifícalo!». Por eso, cuando se veía el Señor ante una muchedumbre, procuraba marcar distancia.

    Encargó a sus discípulos que le tuvieran preparada una lancha, no lo fuera a estrujar el gentío. Poniendo por medio unos metros de agua, era más fácil buscar los ojos de las personas. El buen Pastor necesita hablar a cada oveja.

    Más tarde, cuando las mismas multitudes se acerquen al balcón del pretorio para pedir su condena, Jesús marcará una distancia más dolorosa y fecunda: subido a la barca de la Cruz, se adentrará en las aguas de la muerte. Y, desde allí, logrará lo que desea: la intimidad con cada alma que contempla al Crucificado.

    Puedes entrar en una iglesia a rezar, y, aunque la iglesia esté llena de gente, esa distancia que marca el sagrario te permite alcanzar intimidad con Él. Aunque haya doscientas personas en la iglesia, tú estás a solas con Jesús. ¡Bendita intimidad, en la que Jesús se encuentra tan a gusto, y el alma obtiene tanto provecho!

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