Liber Gomorrhianus

3 enero, 2014 – Espiritualidad digital

El hijo de David

david    Cuando, en la santa Misa, el sacerdote eleva la Hostia partida y dispuesta a ser devorada, le pide prestadas sus palabras al Bautista: Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

    ¡Quién lo diría! ¡Tan chiquitín, en Belén, y en la Hostia! ¡Y tan indefenso!

    El pecado del mundo es una bestia manada del pestilente aliento de los demonios y movida por los hombres que sirven a los espíritus de las tinieblas. Por desgracia, todos hemos militado en su bando y portado su estandarte. Desde la sangre de Abel hasta la última mentira, pasando por todas las fornicaciones, envidias, rencores, crímenes y calumnias. Para doblegar a semejante fiera harían falta batallones de guerreros armados hasta los dientes.

    Y, en éstas, viene un niño, un niño que parece un trocito de pan levantado por las manos débiles de un sacerdote, y dice Juan: ¡Éste!… ¡Éste es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo!

    Miro al pesebre, y veo a David, el pequeño de cabellos rubios que venció al gigante. Y entiendo, ahora en Navidad, más que nunca, que sólo la humildad y la pureza de este Niño pueden vencer a las pestilencias del Infierno.

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