“Evangelio

Enero 2014 – Espiritualidad digital

La fragua de los grandes amores

oración        La Santa Misa es el centro de la vida cristiana. Sin ella, todo el edificio espiritual se desmorona, porque es allí, en torno al altar, y -sobre todo- en el momento de la comunión, donde alcanzamos la mayor intimidad con Cristo. Allí escuchamos también su palabra, y recibimos la enseñanza del presbítero, mediante la cual Cristo instruye a su pueblo.

    Todo eso es verdad. Pero no quiere decir que baste con asistir a misa -incluso a diario- para alcanzar vida interior. Además de esa oración suprema, pública y oficial de la Iglesia, es preciso ejercitarse en la oración mental, íntima y secreta.

    Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado. Jesús guarda sus palabras más íntimas y cariñosas para la intimidad. Y quien no busca y encuentra esa intimidad en momentos personales de silencio y oración está perdiendo algo muy grande. Por ello, si quieres tener vida interior, y enamorarte locamente de Cristo, es necesario que asistas a misa con frecuencia, y que, además, dediques todos los días unos minutos (ojalá llegues, al menos, a la media hora) a «tratar de Amor con quien sabemos nos ama», como nos enseñó santa Teresa.

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Mucho de poco, y poco de mucho

Al que tiene se le dará    No quisiera convertir este blog en un catálogo de respuestas a textos difíciles del Evangelio, pero tampoco puedo resistirme a salir al paso de preguntas que muchos formulan ante aparentes escollos de la Escritura. Y hoy aparece otra de esas frases que tiene a varios rascándose la cabeza: Al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.

    ¿No es injusto? ¿No debería Dios quitar un poco al que tiene, para darle al que no tiene? ¿Qué significa esto?

    Significa que no sucede con los bienes espirituales lo mismo que con los materiales. Los bienes materiales son escasos, y es justo distribuir. Pero los bienes espirituales son infinitos, y se encuentran al alcance de quien desee obtenerlos. Todos podemos crecer en Amor de Dios.

    En los bienes materiales, quien tiene poco desea más, y quien tiene mucho se acaba aburriendo. Sin embargo, en lo tocante al Amor de Dios, quien poco lo ama pronto lo abandona (al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene) y quien lo ama mucho pide que se le dilate el corazón para amarlo más. Dios siempre lo concede: Al que tiene se le dará.

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Esa luz que no deslumbra

parábolas    Tantas preguntas como suscita la blasfemia contra el Espíritu Santo surgen con las palabras de Isaías que hoy cita Jesús: a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que, por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y los perdonen.

    ¿Es que no quiere Dios perdonarlos? ¿Acaso no quiere que se conviertan?

    Te contaré algo que, aparentemente, no tiene nada que ver con esto: cuando Rebeca vio por vez primera a Isaac, se cubrió el rostro con un velo (Cf. Gn 24, 65). Era una forma simpática de decir: «soy demasiado guapa para ti. Si me ves, te deslumbraré y no podrás decirme que no. Por eso, dime primero libremente que te casarás conmigo, y luego te mostraré mi rostro».

    Por el mismo motivo, Jesús muestra las realidades celestes tras el fino velo de las parábolas. Para que sólo las entiendan quienes realmente lo deseen, y nadie se convierta sin realizar un acto de libertad. No vaya a ser que alguien pudiera decir que Dios lo deslumbró y le arrancó el consentimiento.

    Por tanto, ¿quiere Dios perdonarlos? ¿quiere que se conviertan? Sí, pero sólo si ellos quieren convertirse.

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El corro de la patata

corro de la patata    Confieso que se me atraganta la traducción española de los textos bíblicos. El otro día había una lancha, de cuando en cuando aparecen cortijos, a veces te encuentras con «el público» -como si Nuestro Señor fuese David Bisbal de gira- y, hoy, el corro de la patata.

    Paseando la mirada por el corro, dijo… Es mucho más elegante el latín de la neovulgata: Et circumspiciens eos, qui in circuito eius sedebant… ¡No me digan! ¡No hay color!

    Pero, en fin, ya que me lo ponen en bandeja, diré que, como muchos compatriotas de mi edad, también yo cantaba de niño: «El corro de la patata, comeremos ensalada, naranjitas y limones, como comen los señores». Los tiempos han cambiado, y ahora «los señores» se embaúlan mariscadas. Pero, en todo caso, el corro de la patata estaba formado por una elite de selectos comensales.

    El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre. Y es que el corro de la patata de Jesús lo conforman quienes se sientan en la mesa familiar del Hijo de Dios. Comen su carne, beben su sangre, y entregan su vida en obediencia al Padre como Él. ¡Bendito corro!

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Sobre la blasfemia contra el Espíritu Santo

blasfemia contra el Espíritu Santo    Quizá sea uno de los textos evangélicos que provoca más preguntas y suscita más perplejidades. ¿Qué es la blasfemia contra el Espíritu Santo? ¿Cómo es que no puede ser perdonada? ¿Podemos decir que la misericordia de Dios es infinita, si existe un pecado «imperdonable»?

    El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre. Desde luego, el texto no es para tomarlo a broma. Menos aún si pensamos que se trata de un pecado cometido por muchas personas hoy día.

    Tú estás sediento, y Dios, compadecido de ti, alumbra ante tus ojos una fuente. Tú la miras, y dices: «Está envenenada. No beberé de ella». ¿No acabas de condenarte a ti mismo a morir de sed? ¿Dirás que Dios te ha matado en su crueldad, o que tú te has buscado la muerte por tu incredulidad?

    Ésa es la blasfemia contra el Espíritu Santo: «Creo en Dios, pero no en la Iglesia». ¿Qué harás ahora, si Dios ha alumbrado, precisamente en su Iglesia, la fuente por la que manan su misericordia y el perdón de tus pecados? Si te niegas a recibir el perdón donde Dios te lo ofrece, no encontrarás perdón jamás.

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Vamos de pesca

pescadores de hombres    Pescar hombres no es como pescar peces. Uno pesca peces, y, al sacarlos del agua, los mata. Después se los come o los vende. Sin embargo, pescar hombres significa salvar a quienes se ahogan en las aguas del pecado y de la muerte.

    Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres. Contempla este inmenso lago del mundo, y fíjate en cuántos hombres mueren ahogados. Se los tragan la muerte y el pecado, porque no tienen un motivo para vivir, ni creen en la trascendencia, ni conocen una barca que los transporte o una orilla a la que llegar. Otros abandonaron hace años la barca de la Iglesia, y se agobian intentando nadar para no ahogarse en esa muerte a la que llaman vida.

    ¿No te da lástima? Pídele al Señor celo de almas. Pesca hombres; es Cristo quien te lo pide. Ahí tienes tus redes: oración, ayuno y amistad. Reza por ellos, ofrece por ellos sacrificios, y acércate a donde están. Tu amistad les hablará del Amor de Dios, y muchos se confesarán y subirán de nuevo a la barca de la Iglesia. ¿Acaso crees que te recibirán en el puerto del Cielo si llegas con las redes vacías?

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Del rayo del cielo a don Agapito (que tiene halitosis)

conversión    Al igual que sucede con el descubrimiento de la vocación, la conversión es siempre un momento hermoso, con mucho de romántico. No es extraño que el recién convertido se entusiasme.

    Pero «convertirse» no es sinónimo de «salvarse». La conversión marca, tan sólo, el comienzo del camino, mientras la salvación se encuentra al final. Y el camino, de ordinario, es largo. El converso aún no ha entregado la vida.

    Levántate, entra en la ciudad, y allí te dirán lo que tienes que hacer. En ese momento, comienzan las complicaciones. En primer lugar, porque, al convertirte, sentiste que Dios te hablaba al alma y te llenaba de luz. Pero, ahora, te hablará a través de un hombre pecador como tú. Y tendrás que aceptar que la voz de un Ananías, o de un Agapito -el sacerdote que tengas más cerca de casa- tiene el mismo valor y merece la misma obediencia que aquella dulce voz que te habló entonces. Y, en segundo lugar, porque a nadie nos gusta que nos digan lo que tenemos que hacer. Y, si es Don Agapito, menos aún.

    Ya lo ves: convertirse es romántico. Pero entregar la vida es maravilloso, aunque pasemos del verso a la prosa.

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¿Por qué yo?

¿Por qué yo?    ¿Nunca le has preguntado al Señor «por qué yo»? Seguro que sí. Yo, que soy sacerdote, se lo he preguntado muchas veces. Me siento tan agraciado, tan privilegiado y favorecido con esa bendita llamada, que no puedo evitar, a veces, extrañarme. Y, en esos momentos, como cautivado por la alegría, le digo al Señor: «¿Por qué yo? ¿Por qué no otro? ¿Por qué te fijaste en mí?».

    Fue llamando a los que él quiso. La respuesta es fulminante: «Porque quiero. Porque soy Dios, y me ha dado la gana fijarme en ti. Si te amo de esta manera, no es porque seas tú mejor que los demás, sino, simplemente, porque Yo he querido. Punto».

    Lo realmente maravilloso es que cada uno de nosotros podemos y debemos mantener este diálogo. A ninguno de nosotros nos quiere Dios igual que a quien tenemos al lado. Dios te amó a ti, y después rompió el molde. A nadie ha amado ni volverá a amar de esa manera. Y, si tú no descubres y gozas ese Amor, nadie más lo hará hasta el fin del mundo.

    Pero, si lo descubres, enloquecerás de alegría. Y, entonces, no podrás evitar preguntarle al Señor: «¿Por qué yo?»

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Baños de multitudes

multitudes        No parece que a Jesús le gustasen especialmente los «baños de multitudes». Entre el gentío fácilmente se disuelve el alma, y una misma multitud puede gritar hoy «¡Hosanna!» y cinco días después vociferar «¡Crucifícalo!». Por eso, cuando se veía el Señor ante una muchedumbre, procuraba marcar distancia.

    Encargó a sus discípulos que le tuvieran preparada una lancha, no lo fuera a estrujar el gentío. Poniendo por medio unos metros de agua, era más fácil buscar los ojos de las personas. El buen Pastor necesita hablar a cada oveja.

    Más tarde, cuando las mismas multitudes se acerquen al balcón del pretorio para pedir su condena, Jesús marcará una distancia más dolorosa y fecunda: subido a la barca de la Cruz, se adentrará en las aguas de la muerte. Y, desde allí, logrará lo que desea: la intimidad con cada alma que contempla al Crucificado.

    Puedes entrar en una iglesia a rezar, y, aunque la iglesia esté llena de gente, esa distancia que marca el sagrario te permite alcanzar intimidad con Él. Aunque haya doscientas personas en la iglesia, tú estás a solas con Jesús. ¡Bendita intimidad, en la que Jesús se encuentra tan a gusto, y el alma obtiene tanto provecho!

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El discurso de los tontos

tontos    No desvelo ningún secreto si digo que hay mucho tonto suelto. La estulticia está sazonada profusa y generosamente por toda la faz de la Tierra. No es difícil, cuando te están mirando más de diez personas, que en el grupo hayan caído uno o dos tontos, por lo menos.

    Cuando Jesús, tras curar en sábado al hombre que tenía la mano paralizada, obtuvo como resultado el que los fariseos se pusieran a planear con los herodianos el modo de acabar con él, cualquiera de los muchos tontos que hormiguean por el globo terrestre le hubiese dicho: «Mal hecho, Maestro. Esos gestos provocativos te restan popularidad. Haz los milagros en martes, y conseguirás las mismas curaciones. Pero, además, caerás bien a todo el mundo y la prensa dirá maravillas de Ti. ¿No quieres conquistar a los hombres? Pues, ya sabes, para eso, además de ser bueno, es necesario caer bien».

    No sigamos haciendo de altavoz a los bobos. Baste decir que el santo ama a todos los hombres, pero no busca agradarlos. El santo sólo busca agradar a Dios. Y si, por agradar a Dios, van los hombres a detestarlo, el santo sabe que las almas se ganan en la Cruz.

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