Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

24 Diciembre, 2013 – Espiritualidad digital

El alma que bendice se enamora

alabanza    «Bendecir a Dios» es hablar bien de Dios, ensalzarlo, piropearlo, dejar que el corazón se derrita cantando su alabanza. Es de justicia, porque Dios merece toda bendición. Pero, además, es una oración que alegra el corazón del hombre. Cuando la criatura bendice al Creador, el alma parece que se embriaga, y queda el espíritu como invadido por un gozo desbordante. En esos momentos, nada importa salvo Él. Lo demás se desvanece.

   Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo. Y Zacarías se llenaba de júbilo mientras alababa a Aquél que había visitado a su criatura.

    Dentro de muy poco, serán los ángeles quienes, ante los pastores, bendigan a Dios. Y todos nosotros, ante el Belén, prorrumpiremos en alabanzas y villancicos hasta casi llorar de alegría. En Navidad, la oración debe ser de alabanza: nuestros corazones piropearán a un Niño que es el Amor encarnado de Dios, su Hijo único hecho hombre para derramar misericordia en este pobre mundo.

    Cuando haya llegado el Chiquitín, no hará falta que hagáis mucho más: simplemente, bendecidlo una y otra vez, durante horas, como hace su Madre: «Guapísimo, más que guapo, estás para comerte». Ya veréis que alegría.

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