Liber Gomorrhianus

Diciembre 2013 – Espiritualidad digital

La tienda de Dios

tienda    Supongo que la traducción española del prólogo de san Juan, según la cual la Palabra acampó entre nosotros, es ligeramente poética, y viene ya interpretada. El texto latino, tanto de la Vulgata como de la Neovulgata, dice habitavit, que se traduciría literalmente por habitó. Sin embargo, me gusta el giro, y me parece acertado.

    Para quien va de camino, «habitar» es «acampar». No tenemos aquí morada permanente, y por eso debemos llevar la casa con nosotros, levantando y plantando la tienda una y otra vez hasta que lleguemos al Cielo. Anteayer celebrábamos a la Sagrada Familia, y ¿qué es la familia, sino la tienda que hace que el peregrino pueda experimentar calor de hogar durante su andadura?

    Jesús es la tienda de Dios, que camina con nosotros. De Él está escrito: Él me refugiará en su tienda el día del peligro (Sal 26, 5). Y es que -¡Bendita Navidad!-, teniendo a mi lado a Dios hecho hombre, cuando se levantan los vientos, cuando me asalta el terror nocturno, o cuando los enemigos atacan con fuerza, puedo cobijarme en su tienda y acogerme a su amorosa protección. En Jesús, Dios no sólo camina a mi lado. Él es, también, mi hogar.

(3112)

Así no hay quien rece

comilonas    El gran problema de la Navidad son las comilonas. Y no digo yo que no haya que comer y beber; me dan más miedo los puritanos que los glotones. Pero cuando la celebración festiva se convierte en concatenación de banquetes de casa en casa, el vientre se vuelve losa y, no hay quien rece un avemaría.

    A Ana, la hija de Fanuel, puedes ofrecerle una copita de champán, y brindará gustosa contigo, porque está muy contenta. Daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Pero no pretendas que se beba la botella, porque le sobra alegría, y no necesita buscarla ansiosamente en la botella ni en el langostino. Su alegría es el Niño Dios. Y por Él canta, y baila -¡a sus 84 años!- y, si es preciso, bebe champán y toca la pandereta.

    Si muchos no experimentan esa alegría, y necesitan llenarse de comida y bebida, es porque no conocen el secreto de la profetisa: durante años, ha estado sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Y es que, para que una sola copa de champán sepa a gloria bendita, hay que haber ayunado y rezado mucho antes de beberla.

(3012)

El hogar, la hoguera

hogar    La Tierra no para de moverse. Sin embargo, cuando tenemos unos puntos de referencia fijos, nos sentimos asentados y el territorio nos es familiar.

    José se levantó, cogió al niño y a su madre y se fue a Egipto… Se levantó, cogió al niño y a su madre y se fue a Israel… Avisado en sueños, se retiró a Galilea… Pero, en cualquier momento, si le hubiesen preguntado al Niño Jesús dónde vivía, habría respondido: «vivo con mis padres». No importan dónde estés, si en cualquier momento puedes cruzar una puerta y encontrarte con quienes dan calor a tu vida.

    Dios lo ha querido así. Lo dispuso para su Hijo único, y, en su infinito Amor, lo dispone también para nosotros. No es bueno que el hombre esté solo. Y no quiere Dios un hombre nómada y desarraigado, que camine a tientas por el mundo sin hallar un hogar. Por eso se complace en que el hombre ame a la mujer, y la mujer al hombre, para que juntos formen esa tienda en cuyo interior se escuchen las palabras que más calor proporcionan al ser humano: «papá», «mamá», «amor mío»… Ellas hacen hombre al hombre. Ellas permiten conocer a Dios.

(SDAFAMA)

Los sacristanes de la muerte

herodes    Es el contrapunto de la Navidad: el vértigo de la muerte y las tinieblas, la pasión por la sangre del débil. Todo ello adornado por lemas de la talla intelectual que demuestran sus pancartas: «Nosotras decidimos lo que nos sale del coño». Concepción Arenal o Rosalía de Castro, al lado de estas pensadoras, eran analfabetas.

    Mandó matar a todos los niños.

    El ser humano que ha tenido la desgracia de comenzar a existir como fruto de una violación es considerado un enemigo peor que el violador mismo. Y, mientras el violador acaba en la cárcel para salir después, el pequeñín es descuartizado y arrojado a la basura. Con las bendiciones y la ayuda de la autoridad.

    Piden por las calles la pena de muerte para los pequeños que padezcan síndrome de Dawn, o que vengan con labio leporino. «No se les puede obligar a vivir con una deformidad». Por eso creen mejor matarlos sin consultarles. Y gritan para que se les reconozca el derecho de los carniceros.

    Luego claman contra las corridas de toros. Yo creo que Herodes, siendo quien era, habría ocupado el palco en Las Ventas. En su maldad, era más coherente que estos sacristanes de la muerte.

(2812)

Es muy triste ser ciego en Navidad

Navidad    En el primero de los prefacios de Navidad pedimos que «conociendo a Dios visiblemente, él nos lleve al amor de lo invisible». De eso, precisamente, se trata. Dios se ha hecho visible, y se muestra en la carne de un niño. El hombre abre los ojos y mira, atónito, al pesebre. Lo que ve no es distinto, en su apariencia, de lo que vería ante cualquier otro recién nacido: un niño que llora, moquea, y es abrazado por su madre.

    Es entonces, si no se retira la mirada, si se mantiene la devota atención en esa escena, cuando, a través de la noche que conforman esa sencillez y esa pobreza se abren los ojos del alma y emprende su vuelo la fe. Cruza más allá de la Humanidad  santísima de Cristo, y alcanza la sosegada luz de su Divinidad. Ese niño es Dios, es el Verbo divino encarnado por Amor al hombre.

    Vio y creyó. Necesitamos la mirada casta de san Juan para mirar así. Sólo los limpios de corazón podrán ver a Dios. Y a él, al discípulo amado, le pedimos prestados sus ojos para contemplar el pesebre. Ha amanecido Dios, y es muy triste ser ciego en Navidad.

(2712)

Mi Niño, mi descanso…

niño de la bola    Cuando, en el rezo de la Liturgia de las Horas, llego al salmo 55, pronuncio más despacio, como quien paladea, el versículo 2: Abandona en el Señor todas tus preocupaciones, que Él te sustentará. Mientras saboreo estas palabras, me digo a mí mismo que, para cumplirlas, necesito tener cerca a Dios. Sólo así será posible que descanse en Él mi carga.

    Desde antes que el mundo existiera, Dios conocía mi inquietud. Por mí envió a su Hijo a la Tierra. Hoy, ante el pesebre, sé que Dios está cerca. Se ha hecho hombre para pueda yo reposar mi carga sobre sus hombros de niño. Lo haré confiadamente: esos hombros de niño sostienen el globo terráqueo.

    No os preocupéis… Estas palabras del evangelio de hoy son la respuesta a mi oración. «Estoy aquí. Yo, tu Dios, te amo y me acerco a ti para que puedas reposar en Mí. No temas. He venido a ti; ven ahora tú a Mí, y descansa en Mí tus preocupaciones»… Y así va Esteban al martirio, descansado y alegre, abandonado en Él. Y así viviré mi vida desde hoy, sin temor a la vida ni a la muerte, porque tú estás conmigo (Sal 22, 4).

(2612)

Palabra que se escucha con los ojos

Palabra        Dios se ha pronunciado a Sí mismo sobre la Tierra. Es el Verbo, la Palabra, el «te quiero» de Dios a los hombres quien yace en el pesebre de Belén. Sólo envuelto en silencio puede ser escuchado ese discurso que suena como el vagido de un niño. Quédate callado ante el Misterio, y asómbrate.

    El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros. Esta Palabra debe ser escuchada con los ojos. Aprende de la Virgen, y no quieras hacer filosofías ni devanarte los sesos. Tan sólo mira, y no te canses de mirar. Deja que la ternura divina, recién amanecida en Belén, lo vaya llenando todo por dentro.

    Tus problemas, tus dolores, tus heridas y miserias siguen ahí; no se han ido. ¿Acaso esperabas ser transportado al Cielo tan temprano? No. Es el Cielo el que ha venido a ti. Y esos problemas, dolores, heridas y miserias son ahora el pesebre y el establo sobre el que el Amor de Dios se tiende, misericordioso y compasivo. Al besar de este modo tu frágil barro -fíjate bien- todo lo transforma en Amor. Dios no borra tus heridas; las besa, y, al besarlas, las hace suyas. Ya no estás solo. ¡Feliz Navidad!

(2512)

El alma que bendice se enamora

alabanza    «Bendecir a Dios» es hablar bien de Dios, ensalzarlo, piropearlo, dejar que el corazón se derrita cantando su alabanza. Es de justicia, porque Dios merece toda bendición. Pero, además, es una oración que alegra el corazón del hombre. Cuando la criatura bendice al Creador, el alma parece que se embriaga, y queda el espíritu como invadido por un gozo desbordante. En esos momentos, nada importa salvo Él. Lo demás se desvanece.

   Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo. Y Zacarías se llenaba de júbilo mientras alababa a Aquél que había visitado a su criatura.

    Dentro de muy poco, serán los ángeles quienes, ante los pastores, bendigan a Dios. Y todos nosotros, ante el Belén, prorrumpiremos en alabanzas y villancicos hasta casi llorar de alegría. En Navidad, la oración debe ser de alabanza: nuestros corazones piropearán a un Niño que es el Amor encarnado de Dios, su Hijo único hecho hombre para derramar misericordia en este pobre mundo.

    Cuando haya llegado el Chiquitín, no hará falta que hagáis mucho más: simplemente, bendecidlo una y otra vez, durante horas, como hace su Madre: «Guapísimo, más que guapo, estás para comerte». Ya veréis que alegría.

(2412)

El poder transformador del silencio

silencio    Cualquiera que haya hecho ejercicios espirituales conoce el poder transformador del silencio. Me estoy refiriendo, desde luego, al silencio «religioso», esa noche del sentido en la que el alma, libre de ruidos e interferencias sensitivas, puede recogerse serenamente en Dios. Y es que nuestro silencio no es un vacío, al modo en que lo entienden muchas filosofías orientales, empeñadas en que el hombre flote en medio de la nada para lograr la ataraxia. Nuestro silencio es un ansia de plenitud en Dios: desalojamos del alma los ruidos, para poder llenarla con la Palabra divina. Y, después de escucharla, esa misma Palabra nos transforma por dentro en lo que dice, en otros Cristos.

    Tras nueve meses de silencio, aquel Zacarías cuya última palabra fue de incredulidad abre ahora los labios, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Se había transformado por dentro.

    El Adviento se termina. En unas pocas horas, Dios hablará con palabra de Niño. Si no hemos hecho silencio hasta ahora, aún estamos a tiempo de permitir que amanezca en nosotros la Navidad. Vivamos estos dos último días con espíritu de recogimiento y sobriedad, vigilantes en la oración. Sería una lástima que Dios hablase, y nosotros estuviéramos escuchando estupideces.

(2312)

La Navidad de José

belen    Todos los belenes deberían estar ya puestos en las casas. La Navidad quiere entrar por los ojos, y especialmente por los ojos de los niños. Pedidles prestados sus ojos a vuestros hijos pequeños, o rebuscad en vuestro interior hasta que encontréis, bajo un montón de recuerdos, vuestros ojos de niño. Sólo con ellos podréis alegraros mirando al Belén. Es aconsejable, durante estos días, hacer la oración junto al Nacimiento.

    Fijaos en José y en la Virgen… Sin ellos, no hubiese habido Navidad. Y, sin embargo, ¡qué sencillos son! Parecen no darse importancia. Son el mejor testimonio de esa espiritualidad del «encogimiento de hombros» que distingue a los humildes. Si los miráis atentamente, os daréis cuenta del gozo que reina en sus corazones. Están invadidos por una alegría sosegada y desbordante. No necesitan petardos ni ruido. Les basta con sonreír.

    Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel y se llevó a casa a su mujer. Ahí tenéis revelado el secreto, si queréis vivir la misma Navidad que José: basta con obedecer -hacer la voluntad de Dios- y con llevarse a casa a María. ya veis qué fácil: hacer caso al confesor y rezarle a la Virgen.

(TAA04)