Evangelio 2018

27 octubre, 2013 – Espiritualidad digital

Ni bebo, ni fumo, ni digo palabrotas

fariseo    Me da pena la gente que «no tiene pecados». Para que se me entienda bien: no me dan pena porque no pequen. Me dan pena porque no pueden confesarse, y con ello se privan de la maravillosa experiencia de escuchar con fervor la absolución sacramental y sentirse perdonados.

    No soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros… Si estuviéramos en el Cielo, no me darían pena. Allí el Amor de Dios se goza con tanto júbilo que no es precisa absolución alguna. Pero aquí, en la tierra, no hay nadie que esté libre de pecado. Por eso, las personas que «ni roban, ni matan, ni cometen adulterio», como el fariseo de la parábola, cuando le dicen al sacerdote que «no tienen pecados» son dignas de lástima. Cierta mujer anciana me decía: «Vivo sola y no tengo televisión. ¿Qué pecados puedo tener?». Me tuve que contener la risa.

    Cuando una persona se define a sí misma de este modo, aquí en la tierra, está dando a entender que su principal pecado es su ceguera. Los que «ni roban ni matan» deberían pedir luz para conocerse a sí mismos o, en su defecto, hacer caso a un buen lazarillo: por ejemplo, el confesor.

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