Liber Gomorrhianus

6 Octubre, 2013 – Espiritualidad digital

El santo encogimiento de hombros

encogimiento de hombros    En ocasiones, Francisco de Asís le pedía al hermano Bernardo que le escupiese. Atónito quedaba el pobre Bernardo ante la posibilidad de escupir a quien él tenía por santo. Y Francisco le insistía: «¡Escúpeme, Bernardo, porque, si no lo haces tú, lo harán los demonios en el Infierno!» Al final, el pobre hermano, que obedecía en todo a su padre, acababa escupiendo sobre el santo.

    Pensará alguno: «¡Cómo exageraba! Si a él le tenían que escupir, a mí tendrían que darme una paliza cada dos horas». No exageraba el santo; somos nosotros quienes estamos ciegos.

    Los santos han tenido una especial clarividencia para conocer la verdad, y esa luz los ha hecho humildes. Nosotros justificamos nuestras culpas, o les quitamos importancia, por miedo a afrontar el drama del pecado. Pero el santo mira de frente, tanto su pecado, como la misericordia de Dios. Sabe que ha merecido el Infierno por sus culpas, y exulta de gozo ante el Amor con que Cristo le ha redimido de esa condena.

    Por eso el santo nunca se da importancia. Después de haber entregado la vida, se encoge de hombros y dice: somos unos pobres siervos. Hemos hecho lo que teníamos que hacer.

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