“Evangelio

Octubre 2013 – Espiritualidad digital

¡No habéis querido!

no habéis querido    Comienza mañana el mes de noviembre, y es tradición que destinemos ese mes a considerar las “realidades últimas”: muerte, juicio, Cielo, Infierno y Purgatorio. En definitiva, lo que más debería importarnos: el misterio de la salvación del hombre.

    Hablaremos mucho sobre ello. Pero, como preparación, vaya hoy por delante una verdad fundamental: el deseo de Dios es que todos los hombres -sin excepción- se salven (Cf. 1Tm 2, 4). Si un hombre se condena -y todos podemos condenarnos- es por no haber aceptado el plan salvífico de Dios. Más aún: el hombre que se condena le rompe el corazón a Dios en su Hijo Jesús, y le hace llorar amargas lágrimas.

    ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la clueca reúne a sus pollitos bajo las alas! Pero no habéis querido. Ese no habéis querido es el que rasga el corazón de Cristo. Lo repetirá en el evangelio de san Juan: ¡Y no queréis venir a mí para tener vida! (Jn 5, 40).

    Las puertas de los Cielos -como las de las iglesias- están abiertas para todos. Todos están invitados. Pero ¿quieren todos entrar en el Cielo… o en la iglesia, que es su antesala en la tierra?

(TOI30J)

Gordos

puerta estrecha    Somos tan serios cuando leemos el Evangelio, que no percibimos el sentido del humor de Cristo. Estoy convencido de que quienes lo escuchaban se reían mucho con Él. Pero nosotros, por desgracia, ni reímos ni lloramos. Repasamos las palabras del Señor como materia aprendida, y perdemos la frescura de su predicación.

    Por ejemplo, quienes escucharon que, a la pregunta ¿serán pocos los que se salven? Jesús respondía diciendo esforzaos en entrar por la puerta estrecha, debieron sonreír. Nosotros leemos puerta estrecha y pensamos en la Cruz, o en sentidos profundísimos. Pero aquellas personas escuchaban por primera vez la frase, sin clérigo resabiado que la explicara, e imaginaban a un gordinflón haciendo esfuerzos por cruzar una puerta más estrecha que su perímetro. ¡O sea que, al final, el Infierno es para los gordos, y el Cielo para los delgados!

    ¡Pues sí! Acertaron, siempre y cuando entendamos que existe una gordura de alma. Es la de quienes han tratado de comerse todo lo que encontraron: los bienes de la Tierra, y también los de Cielo. Sin privarse consuelos terrenos, han querido gozar también los celestiales. Luego llegan a la puerta y… ¡Sorpresa! Las puertas del Cielo no se pueden cruzar con sobrepeso.

(TOI30X)

Como la levadura, salvo en una cosa…

levadura    En palabras del Señor, el reino de Dios se parece a la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta. Se parece porque los hijos de Dios tienen el poder de la levadura: el de insuflar Espíritu Santo en las almas y levantarlas, como un pan, llenas de Cielo. Son introducidos por una mujer, la Iglesia; cuando ella administra el bautismo a un hombre, lo deja introducido en el mundo para hacerlo fermentar. Entran en tres medidas de harina, y eso es el mundo, harina sin fermentar. Y están dentro del mundo hasta que todo fermente, hasta que el mundo esté preparado para recibir al Hijo de Dios.

    Sin embargo, hay algo en lo que no se parece: la levadura no sabe que va a morir. Los cristianos saben que anunciar el Reino es morir, y por no morir forman grumo en lugar de fermentar el pastel. Disfrutan de su fe sin compartirla; se reúnen entre ellos para descansar; callan el nombre de Cristo; se encierran en sus casas y trabajos dejando que la harina quede sola… Lleva mucho tiempo el pan en el horno y no levanta. ¿Se cansará el Cocinero?

(TOI30M)

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Déficit

déficit    Pregúntate cómo sería, para Jesús, el día después de aquél en el que pasó la noche orando a Dios. Estaría ojeroso, los párpados se le caerían, no daría pie con bola… Igual que tú y que yo si pasamos la noche en vela.

    Sin embargo, cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles. Y, después, se paró en un llano, y -en lugar de aprovechar para dormir siesta- la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.

    Lo único que queda por decir es que dormiría muy bien la noche siguiente. ¿Te explicas ahora que incluso en una barca zarandeada por la tormenta pudiera dormir profundamente?

    Jesús siempre caminó por la vida en déficit respecto a las necesidades corporales y afectivas: déficit de sueño, déficit de comida y de bebida, déficit de cariño humano, déficit de descanso. Nos enseñó a vivir con un poco menos de lo necesario. De este modo podía cubrir todo ese déficit con un superávit de Dios.

    Aprende a mortificar la carne. Porque, si vas con superávit de todo, no te quepa duda de que sufres déficit de Dios.

(2810)

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Ni bebo, ni fumo, ni digo palabrotas

fariseo    Me da pena la gente que «no tiene pecados». Para que se me entienda bien: no me dan pena porque no pequen. Me dan pena porque no pueden confesarse, y con ello se privan de la maravillosa experiencia de escuchar con fervor la absolución sacramental y sentirse perdonados.

    No soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros… Si estuviéramos en el Cielo, no me darían pena. Allí el Amor de Dios se goza con tanto júbilo que no es precisa absolución alguna. Pero aquí, en la tierra, no hay nadie que esté libre de pecado. Por eso, las personas que «ni roban, ni matan, ni cometen adulterio», como el fariseo de la parábola, cuando le dicen al sacerdote que «no tienen pecados» son dignas de lástima. Cierta mujer anciana me decía: «Vivo sola y no tengo televisión. ¿Qué pecados puedo tener?». Me tuve que contener la risa.

    Cuando una persona se define a sí misma de este modo, aquí en la tierra, está dando a entender que su principal pecado es su ceguera. Los que «ni roban ni matan» deberían pedir luz para conocerse a sí mismos o, en su defecto, hacer caso a un buen lazarillo: por ejemplo, el confesor.

(TOC30)

El tiempo que nos quede…

tiempo    «Deberíamos morir todos a los cuarenta. Pero, a partir de esa edad, Dios nos concede unos años para que hagamos penitencia por los pecados cometidos hasta entonces y así podamos presentarnos ante Él en condiciones». Esto me lo dijo un amigo sacerdote cuando cumplí cuarenta años. Me impresionó. Puede que sus cálculos matemáticos no fueran precisos, pero, números aparte, estaba proclamando una gran verdad: el tiempo de vida que nos quede es el que Dios nos da para que nos preparemos a encontrarnos con Él.

    Señor, déjala todavía este año, a ver si da fruto. Si no, la cortas. Me hablaron de un hombre a quien le han diagnosticado una enfermedad grave y le han anunciado que le queda poco tiempo. El pobrecillo ha hecho lo que ha visto hacer en las películas: ha redactado una lista de deseos que quiere cumplir antes de morir, y se ha puesto a ello con un afán desmedido. Entre esos deseos no estaba el de confesarse, y sí el de acumular materia propia de confesión. ¡Qué lástima!

    A ti te lo digo yo: te queda poco tiempo. Aprovéchalo para hacer penitencia y poner el alma en orden, porque vas a presentarte ante Dios.

(TOI29S)

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Formas distintas de presentarse ante el juez

juez    La frase «presentarse ante el juez» tiene connotaciones terribles. El «ante» añade un aspecto profesional que impone. Uno que se presenta ante el juez es carne de condena, como uno que tiene que hacer algo «ante notario» es carne de ruina. Presentarse «al» juez es distinto. Para eso basta decir: «Hola, juez, soy Críspulo. Encantado de conocerlo».

    Hay formas distintas de presentarse ante el juez. Cuando el Señor dice no sea que te arrastre ante el juez, uno podría echarse a temblar. Porque si, además de tener que presentarte ante el juez, vas arrastrado por un guardia, tu futuro pinta negro zaino. Pero, después de tu comparecencia, mientras te llevan esposado, quizá veas que entra en la sala el hijo pequeño del juez. Ése va por su pie y silbando. Se acerca al juez, le planta dos besos, y le dice «¡Hola, papá!». Y el juez, en lugar de atizarle seis años y un día, le da un caramelo de menta.

    Un día todos nos presentaremos ante el Juez. Pero a algunos los llevarán a rastras, porque no querrán dejar esta vida, y otros irán silbando a ver a Papá. Dime si vale la pena vivir como hijo de Dios.

(TOI29V)

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La Cruz como cuchillo

division    Por Jesucristo anda dividida la Humanidad. ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. Todo se resume diciendo que existen dos tipos de personas: quienes buscan a Cristo y quienes huyen de Cristo. La diferencia estriba en que quienes buscan a Cristo lo saben, y lo gozan, porque el buscarlo es ya un gozo. Sin embargo, quienes huyen de Cristo no lo saben. Intuyen que huyen de algo, pero no saben qué es. Paradoja: también intuyen que desean algo, pero tampoco saben qué es. Y aquello que desean es lo mismo de lo que huyen: Cristo. Por eso nunca acaban de encontrarlo.

    Dice san Bernardo (De diligendo Deo) que, si tuvieran tiempo, lo encontrarían. Si lograran conseguir todos los bienes terrenales, y lograran saciarse de todos, finalmente aspirarían a lo único superior que les queda: Dios. Pero han elegido el camino más largo, y la vida no da para tanto.

    Tú buscas a Cristo, y lo sabes. Puesto que estamos citando a santos, dice san Agustín que no lo buscarías si no lo hubieras encontrado. Goza de esa búsqueda, tan afanosa y ardiente ante el sagrario. Y no te extrañe si levantas polvareda a tu alrededor.

(TOI29J)

Los camareros del mundo

camareros    Tiene lugar, en España, un malvado equívoco con evangelios como el de hoy: ¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre, para que les reparta la ración a sus horas? Uno lee «administrador» y piensa en dinero. Pero, en las Escrituras, ministri son los encargados de ministrare, que significa «servir las mesas». Vamos, que estamos hablando más de camareros con bandejas llenas de jamón que de contables con sobres llenos de dinero.

    Somos los camareros de la Humanidad. Dios, el gran Chef, llena nuestras bandejas con gracias, dones, carismas, inspiraciones y consuelos. Y lo hace para que salgamos de la cocina y ofrezcamos tan suculenta comida a quienes están hambrientos, porque hace años que viven sin Dios.

    ¿Os imagináis que, en un restaurante de postín, los camareros se quedasen en la cocina dándose un banquete con el contenido de sus bandejas, mientras los comensales desfallecen en las mesas mordiendo el mantel? ¿Imagináis el enfado del chef?

    ¿Y qué pensará Dios cuando ve cristianos “piadosísimos” disfrutando en privado de lo suyo, mientras el mundo vive sin fe porque a los camareros les da vergüenza o pereza llevar comida a las mesas?

(TOI29X)

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La sabiduría del ladrón astuto

criaturas    En la película de Michael Mann Heat, el ladrón -Robert de Niro- le dice al policía -Al Pacino-: «Jamás podrás cogerme. Tú tienes esposa e hija, mientras yo sigo en mi vida este lema: “No te ates a nada ni a nadie que no puedas dejar en 20 segundos si la policía viene pisándote los talones”». En este caso, la sabiduría del ladrón es evangélica: Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Hoy lo diríamos de otra manera: «Tened siempre hechas las maletas». El inconveniente es que las maletas pesan mucho. Peor para nosotros.

    Dios puede llamarnos en cualquier momento. Y, cuando lo haga, tendremos que dejarlo todo para salir a su encuentro. Si nos sucede lo que al niño que está jugando, y cuando su madre lo llama para que vaya a comer le responde: «¡Espera un poco, mamá!», ay de nosotros. Pero si nos encuentra esperándole, con los ojos fijos en Él, y de corazón le respondemos: «¡Voy, Señor!», dichosos nosotros.

    Las criaturas están aquí para recordarte que hay un Creador. Si las criaturas te han capturado hasta hacer que te olvides del Creador, entonces será mejor que hagas caso a Robert de Niro. Has sido cazado.

(TOI29M)