Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Septiembre 2013 – Espiritualidad digital

Los niños juegan. Los mayores se preocupan

niños jugando    «¡Niño, no molestes, que estamos hablando los mayores!» Los niños tienen su momento. Llegas a casa, bromeas con ellos y consuelas sus dolorcillos. Pero, superado el simpático trámite, los mayores deben hablar, y se acuesta al niño. Si reclama atención, se le desplaza, porque ahora importan las cosas serias. No puede uno pasar el día jugando con niños, habiendo cosas importantes que resolver.

    El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí. Hacemos el ridículo y sufrimos innecesariamente. Olvidamos que somos niños, y nos creemos nuestro juego: «Yo era papá, tú eras mamá, Rafa la abuelita». Y nos quebramos la cabeza con problemas que sólo en manos de Dios están. Tratamos al propio Dios como al niño inoportuno: «¡Ahora no puedo rezar, tengo trabajo! No todo va a ser rezar. A Dios rogando y con el mazo dando». Le acabaremos dando un mazazo a Dios para que se calle y nos deje atender las urgencias.

    Niño… Juega tranquilo. Juega con el niño Jesús, y déjale a su Padre y al tuyo los grandes negocios. Ni yo era papá, ni tú eras mamá. Somos todos chiquitines, y, gracias a Dios, papá y mamá son papá y mamá.

(TOI26L)

La hora de la verdad

Se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán    Este mundo es un gran teatro, y gran parte de lo que en él vemos es mentira. Temo más a la mentira que a la muerte. Porque la muerte, al fin y al cabo, es el momento de la verdad. Ella nos iguala a todos, porque a todos nos alcanza; se traga, implacable, las mentiras, y sólo deja pasar lo que lleva el sello de la verdad.

    Jesús narra de forma distinta la muerte del rico y la del mendigo: Se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió el rico, y lo enterraron. Los ángeles no recogen inmundicia. No son basureros. Recogen de la muerte lo inmortal, la huella de Dios grabada en las almas, y lo llevan a la eternidad. La inmundicia, mentira, disfraces, cosas, y cuanto está destinado a perecer es peso muerto que arrastra al hombre hacia el abismo. Por eso, muriendo la misma muerte, el mendigo, que nada tenía sino a Dios, fue llevado por los ángeles, mientras el rico, encadenado a multitud de cosas, fue enterrado por los hombres.

    Cuidado con las cosas. Son una cárcel pesada para vivir, y un lastre terrible a la hora de morir.

(TOC26)

Expectativas

expectativas    Jesús fue aclamado por las masas un domingo, y al viernes siguiente murió crucificado entre los insultos de las mismas masas. Si alguien quiere desentrañar este misterio, el secreto es sencillo: simplemente, no dio a las masas lo que las masas esperaban de Él. El Señor fue muy seguido y muy poco amado. Lo siguieron porque hacía milagros y porque vieron en Él al mesías que pudiera librarlos del yugo romano e instaurar un reino tan próspero como los de David y Salomón. Cuando lo contemplaron en el balcón de Pilato, ensangrentado, cubierto de salivazos y coronado de espinas, aquellas masas se enfurecieron. ¿Qué reino podía instaurar un hombre derrotado? Pensaron que los había engañado, y a gritos pidieron su crucifixión.

    Pero no era cierto. Jesús jamás engañó a nadie. Más aún, como conocía aquellas expectativas, hizo todo lo posible por eliminarlas: Al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres. Pero a sus seguidores, que no querían desprenderse de sus expectativas, les daba miedo preguntarle sobre el asunto. La culpa de su decepción fue sólo suya.

    ¿Qué esperas de Jesús? ¿También eres de los que miran al Cielo extrañados cuando se encuentran con la Cruz?

(TOI25S)

No hay santos sin Cristo

santos sin cristo    Lo decíamos ayer: la pregunta «¿quién es Jesús?» ha creado muchos santos. Si entendemos la santidad como un acopio de medallas en una Olimpiada de virtudes, podrían existir santos sin Cristo. De ser así, nada habría que objetar a quienes dicen: «Esta persona, aunque no vaya a misa ni se confiese, y se defina como agnóstico, es tan generosa, humilde y entregada a los demás, que a buen seguro se salvará». Pero la santidad no es eso.

    ¿Quién decís que soy yo? La santidad es una curiosidad amorosa, animada por la gracia. No hay santos sin Cristo. Porque el santo es alguien que ha quedado fascinado con Jesús, y, fruto de ese asombro, ha ido rindiendo el corazón hasta enamorarse de Él. Lo ha buscado y encontrado donde Él mora, en la Iglesia, y allí se ha unido a Cristo por la gracia hasta hacerse una cosa con Él. Con el amor, la curiosidad aumenta; cada vez se necesita saber más, mirar más, escuchar más. Y, poco a poco, la persona se vacía de sí y se llena de Él hasta convertirse en otro Cristo. Finalmente, la pregunta de Jesús -¿quién soy yo?– obtiene respuesta: el que mora en ti.

(TOI25V)

El “casi santo” que mataba a los santos

Herodes    Herodes tenía mucho en común con los santos. Según san Marcos, cuando escuchaba a Juan –a quien él mismo tenía encarcelado- lo escuchaba con gusto (Mc 6, 20). También los santos escuchan con gusto a Juan. Hoy nos dice san Lucas que, cuando le hablaron del Señor, se preguntaba: ¿Quién es éste? Esa pregunta ha creado muchos santos. Y, además, tenía ganas de ver a Jesús. Ese deseo lo han tenido todos los santos.

    Pero…

   … Después de escuchar con gusto a Juan, volvía a la cama de Herodías. Su interés en saber quién era Jesús tenía más que ver con la curiosidad y con el miedo: temía que Juan hubiese resucitado para vengarse de él. Y, en cuanto a sus ganas de ver a Jesús… Cuando lo tuvo delante, después de despreciarle y burlarse de él, le puso un espléndido vestido y le remitió a Pilato (Lc 23, 11). Para eso tenía ganas de verlo.

    Si tanto tenía en común Herodes con los santos, ¿qué le diferenciaba de ellos tan dramáticamente? Lo mismo que distingue de los santos a mucha gente que reza: no estaba dispuesto a entregar la vida. Más bien quería que Jesús le ayudase a disfrutarla.

(TOI25J)

Doble misión, doble dolor

los envió    La misión que Jesús encomendó a los Doce es la misma que nos ha sido asignada a nosotros. Permíteme, primero, decirte cuál no es: Jesús no nos ha enviado a que salvemos nuestra alma y la de nuestra familia. Tampoco a recordar a quienes no creen que arderán eternamente en el Infierno. Ni a ser los “aconsejones” que decimos a todo el mundo lo que tiene que hacer. Ni a estar juntitos disfrutando de lo mucho que nos queremos. Ni a papapetarnos tras una piadosa barricada para defendernos del mundo.

    Los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos. Jesús nos ha enviado a anunciar y a curar. Y para ello necesitamos dos dolores: uno por quienes no conocen a Dios, y otro por quienes viven en pecado. Si no te duele que a tu lado haya personas en esa situación, debes desmontar tu vida religiosa y comenzar sobre otro fundamento. Si te duele, ya te pareces un poco a Jesús. El siguiente paso es que te acerques a ellos, les anuncies con alegría que Dios los ama, y con cariño de amigo los acerques al confesonario, para que allí sean sanados. Así serás apóstol.

(TOI25X)

Jesús, ese no nacido que quiere nacer

propósito    Cómo podemos ser madre de Cristo nos lo explica san Agustín, y yo lo resumo: concebimos a Cristo al escuchar su palabra, y lo damos a luz cuando la cumplimos. Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra.

    Y ahora yo, que soy más bruto que san Agustín, te explicaré lo que no dijo el santo: te diré cómo podemos abortar a Cristo, lo cual equivale a crucificar al Niño Jesús. Aborta a Cristo quien, tras haberlo concebido en su interior por la escucha de la Palabra, lo mata dentro de su alma porque no quiere obedecer. «¡Qué preciosidad, la Biblia! ¡Qué maravilla, el sermón! ¡Qué bien habla el padre Aristóbulo! ¡Qué momento de oración tan conmovedor!» Pero salen de la iglesia como quien sale de un concierto: les ha gustado, simplemente. Han pasado un buen rato, y ahora vuelven a retomar sus vidas donde las dejaron, sin que nada cambie.

    Vida sí, aborto no. No abortes a Cristo. Cuando vayas a misa, cuando reces, o cuando escuches la predicación, formula, antes de marcharte, un pequeño propósito, y después esfuérzate seriamente en cumplirlo. Deja nacer en ti a Jesús.

(TOI25M)

La cama de piedra

cama de piedra    «De piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera, la mujer que a mí me quiera»… No busque en su Biblia, que estas palabras pertenecen a un corrido mejicano. He pensado en él frente al Evangelio: Nadie enciende un candil y lo mete debajo de la cama. Y es que, salvo que la cama sea de piedra, ardería la casa… ¡Ojalá! Así iluminaría al vecindario.

    Hogares como camas de piedra. Dios sólo arde dentro: allí todos rezan, pero la casa es un búnker, y no entra nadie a calentarse. Ni siquiera hay una imagen del Sagrado Corazón en la puerta que dé calor al vecindario. Y, fuera de casa, tampoco ellos hablan de Dios. La fe es para la intimidad.

    Parroquias como camas de piedra: dentro, escuchas el nombre de Dios. Pero quienes lo oyen jamás lo proclaman al salir. Queda para “los del club”. ¿A quién le importa si va uno a la iglesia o al gimnasio?

    «El día que a mí me maten, que sea de cinco balazos, y estar cerquita de ti, para morir en tus brazos»… Así seguía la canción. ¡Ojalá! Pero bajo las camas de piedra no se encuentran mártires; sólo gente asustada.

(TOI25L)

Parábola del administrador estúpido

administrador estúpido   Un hombre rico tenía un administrador (…) y le dijo: (…) Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido. Así empieza la parábola del administrador infiel. Y así sigue la “parábola del administrador estúpido”:

    «El administrador comenzó a reír a mandíbula batiente. Llevaba tanto tiempo administrando los bienes del dueño sin escuchar sus mandatos y sin dirigirle la palabra, que se había llegado a convencer de que el dueño era él. Por tanto, ignoró la carta de despido, y siguió derrochando bienes ajenos. Al cabo de quince días, la policía entró en su despacho, lo esposó, lo llevó al juez, y el juez lo encarceló por ladrón y por idiota».

    Para que no sigas el camino del administrador estúpido, aprende, al menos, del administrador infiel. Él se dio por despedido, y aprovechó los quince días del preaviso para asegurarse el futuro. Recuérdalo: estás despedido, y te vas a marchar de este mundo. Aprovecha el tiempo de vida que te quede para emplear los bienes que administras en asegurar tu eternidad: reza, haz limosnas, y –sobre todo- hazte amigo de Dios. Así, cuando se haga efectivo tu despido y te marches de aquí, te recibirán en el Cielo. ¡Date prisa!

(TOC25)

Los monos saltan

Mateo    Me he preguntado muchas veces por qué, con personas como Mateo, a Jesús le bastó una sola palabra («Sígueme»), mientras, con los fariseos, habló hasta quedarse afónico sin conseguir nada. He recordado lo que le dijo Dios a Jeremías: Ya puedes hablarles, que no te escucharán (Jr 7, 27). A los sacerdotes, en nuestra pobre medida, nos sucede lo mismo: en ocasiones, personas que llevan decenios sin confesar se arrodillan en el confesonario, reconocen sus culpas, y después, con enorme alegría, hacen cuanto les sugiere el confesor. Otros, sin embargo, que nos escuchan diariamente, han encontrado la misteriosa fórmula para aplaudir lo que decimos y después hacer lo que les viene en gana. Por no hablar de quienes vienen a escucharnos para juzgar lo que digamos. Algunos lo hacen en su interior, y otros nos lo dicen a la cara. Prefiero a estos últimos.

    La respuesta al misterio, como siempre, está en la humildad. Mateo dice de sí mismo que se levantó; y eso significa que estaba postrado. Pero quien escucha a Jesús o a la Iglesia de pie, como el maestro que todo lo sabe… ¿Cómo va a levantarse? Lo más que puede hacer es saltar, como los monos.

(2109)