Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

3 Julio, 2013 – Espiritualidad digital

Nuestra deuda con el apóstol Tomás

apóstol santo tomás    Al apóstol santo Tomás le debemos, entre otras cosas, una jaculatoria y una bienaventuranza. No es poco.

    Una jaculatoria: Señor mío y Dios mío. Sabéis que conlleva indulgencia parcial cuando se reza mirando la Sagrada Hostia que alza el sacerdote en la misa. Yo disfruto mucho con el mío. Es adjetivo que sale derecho del corazón: «Hijo mío», «amor mío», «vida mía», «corazón mío»… Por eso me gusta paladear el mío, dos veces repetido y dos veces dulce como miel. Al incrédulo Tomás se le escapó toda la ternura en ese derrame de orgullo roto.

    Una bienaventuranza: Dichosos lo que crean sin haber visto. Creer en quien no ves y amarlo obra dos efectos: por un lado, te duelen los ojos, que tienen que quedarse clavados en la noche para dejar pasar a la fe. Para ellos es duro… Pero, por otro lado, acabas desconfiando de cuanto ves y apoyando tu vida en lo que crees. Lo que ven los ojos se deshace. Lo que se les escapa es lo eterno. Y así, creer y amar sin ver es el preludio de la bienaventuranza. Un día, las tinieblas caerán de los ojos, y amaremos viendo. Ya no hará falta creer.

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