Liber Gomorrhianus

23 Junio, 2013 – Espiritualidad digital

La dicha de no responder deprisa

¿Quién decís que soy yo?    Un error muy grave, cuando uno se acerca a Jesucristo, es el de la búsqueda insaciable de respuestas. Algunos abren el Evangelio por una página, la leen, meditan un poco, y concluyen: «lo que he leído quiere decir…». Condensan en una breve moraleja la Palabra de Dios y se van tan tranquilos, como si hubiesen leído una fábula de Esopo. Se han perdido lo mejor, que no es la respuesta, sino la pregunta.

    ¿Quién decís que soy yo? Ya sé que Simón respondió el Mesías de Dios, y que estuvo muy acertado. Además, consoló mucho la soledad de Jesús con esa respuesta. Pero yo te animo a hacer otro tipo de oración.

    Quédate mirando al sagrario, o al crucifijo, y mantén abierta la pregunta, si es preciso durante horas o durante todo el día, aún cuando ya hayas terminado tu oración. ¿Quién decís que soy yo?… No elabores la respuesta, míralo solamente con amor, y deja que esa respuesta se vaya formando, sin palabras, en el alma. Tu mirada (me mirarán a mí, a quien traspasaron) responde mejor que tus palabras. Y, al final del día, abre los labios y dile: «Tú eres mi amor. Tú eres mi cielo. ¡Jesús!».

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