Evangelio 2018

junio 2013 – Espiritualidad digital

Extraño Jesús, siempre en dirección contraria

dirección contraria    El instinto nos mueve a ser blandos con quienes están a nuestro favor, y duros con quienes están en contra de nosotros. A quien nos da la razón se lo permitimos todo; a quien nos lleva la contraria no le pasamos una. Pero Jesús parece violentar siempre ese instinto, para hacer precisamente lo contrario.

    Santiago y Juan quieren castigar a quienes se negaron a recibir a Jesús… Puro instinto. Pero Jesús les regañó. Y después pidió a su Padre que perdonase a quienes lo crucificaban.

    Poco más tarde, se acerca un “fan” de toda la vida: Te seguiré a donde vayas. Nosotros le hubiéramos dado un abrazo, y además le habríamos regalado una vajilla por darse de alta. Pero Jesús lo espanta: «¿Estás seguro? Mira que vas a vivir peor que las zorras y las aves, porque ellas tienen donde cobijarse, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza». Quizá se marchó despotricando.

    Está visto que nuestro instinto no es de fiar. Obedece a nuestra vanidad, mientras Jesús obedece sólo a su Padre. Apréndelo: cuanto más unido estés a Jesús, más cerca estará la Cruz, y –no lo dudes- más dulce será el Amor. El de verdad.

(TOC13)

No necesitamos genios; necesitamos santos

Pedro y Pablo    Cuando Steve Jobs murió, Apple estaba extendida por todo el mundo. Casi dos años después, la empresa sigue adelante, gracias al impulso organizador y creativo de una gran cabeza. Y es que, en este mundo, para levantar emporios que perduren son necesarias grandes cabezas (no así para destruirlos, por cierto; para eso basta un tonto con poco más de una cerilla).

    Viniendo ahora al misterio de la Iglesia, podemos decir de sus dos primeras columnas, Pedro y Pablo, que fueron grandes corazones, enamorados de Cristo; así se fabrican los santos. Pero no fueron, precisamente cabezas organizadoras ni creativas. Ni su poder ni sus posibilidades se lo permitían. En los primeros cien años de historia de la Iglesia apenas hubo un solo Concilio. La organización era mínima. Pedro predicó a los judíos, y Pablo a los gentiles. Ambos murieron mártires, es decir, aparentemente derrotados. ¿Quién fue, entonces, la gran cabeza que levantó el edificio bimilenario de la Iglesia?

    Cristo, la Cabeza, a quien Pedro y Pablo simplemente obedecieron. Y es que en el mundo harán falta grandes cabezas. Pero en la Iglesia tenemos ya esa Cabeza. Lo que la Iglesia necesita son grandes santos, obedientes y fieles, como Pedro y Pablo.

(2906)

Gente a quien imitar

leproso    Confieso que a veces me deprimo cuando pretendo imitar a los santos. Siento verdadera veneración por todos, y especial devoción por muchos. Pero, por muy humanos que me los presenten, cada vez que intento imitarlos acabo deprimido. Ni siquiera tengo que recurrir al santoral. Cerca de mí ha puesto Dios, en su infinita misericordia, personas maravillosas, llenas de su Amor y de su gracia. ¡Cuánto le agradezco que haya puesto a mi lado almas así! Los quiero muchísimo, y sé que me quieren a mí. Pero –una vez más- cuando intento imitarlos me deprimo.

    Hace años descubrí una salida estupenda a mis “depresiones”. Conocí, en el Evangelio, a personas que se ganaban el corazón de Jesús por el camino más sencillo: darle pena. Y en ellos encontré, al fin, alguien a quien imitar. Puedo darle pena a Jesús. Puedo repetir sinceramente las palabras del leproso: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Ya sé que no está canonizado, ni tampoco el paralítico, ni el ciego… Pero el corazón de Jesús abrió ante ellos sus puertas y extendió la alfombra. Si eso no tiene que ver con la santidad, me debo haber perdido algo, pero, desde luego, me apunto a lo del leproso.

(TOI12V)

Latinajos

Domine    “Señor” en latín se dice “Dominus”. Significa “dueño”. Pero luego pervertimos el significado. Tu empiezas una carta diciendo “Muy señor mío” y te declaras siervo del destinatario. Pero luego continúas: “le escribo porque estoy francamente disgustado con el servicio de su empresa”… Vamos, que el “amo” eres tú, que eres quien paga, y eso te da derecho a abroncar al susodicho. Deberías haber escrito: “Muy empleado mío que vive de mi dinero”… Pero le has llamado “señor” porque el latín te cae lejos y porque es una cláusula de estilo.

    No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el reino de los cielos. En latín: Non omnis qui dicit mihi, Domine, Domine... ¿Ves? Con el Señor sucede igual. Tu rezas: Domine, Domine!, pero luego sigues “consígueme trabajo”, “cura a mi abuelita”… ¿Quién manda aquí? ¿Quién es el “señor”?

    … Sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Si gritas Domine, Domine!, lo coherente es que vivas como quien, por amor, se ha hecho siervo de Cristo. Es decir, como la Virgen. Entonces pedirás, y Él te dará. Llamarás a las puertas del reino de los cielos, y se te abrirán. Anda, obedece.

(TOI12J)

Vestir pieles y producir frutos

frutos    Para evitar equívocos, san Mateo une dos parábolas del Señor: la de los falsos profetas, que se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces, y la de los árboles que se conocen por sus frutos. Léelas como vienen, juntas, y aprenderás a no identificar frutos con apariencias. Hay lobos que parecen ovejas, y como te acerques te asestan el mejor fruto que pueden dar: una dentellada. Es que ponerse una piel de oveja encima es tarea que se realiza en cinco minutos. Criar lana es más laborioso.

    Los frutos verdaderos no son ni rápidos ni espectaculares. Para entregarlos, el grano de trigo debe primero caer en tierra y morir (Cf. Jn 12, 24). En torno a Jesús crearon los hombres mucho espectáculo, y bastó una Cruz para pinchar el globo. Murió solo, sin discípulos, como el árbol seco que languidece ante el golpe del hacha. Y sólo después, cuando cayó en tierra, estalló la vida y el árbol de la Cruz llenó con sus frutos el mundo y la Historia. ¿Tú quieres dar fruto? Pues mira a Jesús despojado de sus vestiduras y deja de lucir pieles. Empieza a entregar la vida por Amor hoy mismo.

(TOI12X)

La vieja senda

vieja senda    El Demonio es ingeniero de caminos (con perdón de los probos profesionales del sector), y ha construido una autopista que anuncia llevar al Cielo. Muchas áreas de descanso, amplios arcenes y buen “quitamiedos”, porque sabe de seguridad vial. No hay límite de velocidad, aunque está muy concurrida. La llenan conductores que dirigen su vida como quieren, haciendo su voluntad, y rezan al dios que creen llevar de pasajero. Eso sí, en el asiento de honor, el del copiloto, el del peligro. Si les adviertes que esa autopista acaba en el Infierno, te ignoran. Más de un accidente ha salvado la vida a alguno.

    ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Por esa vieja senda sólo marchan caminantes ligeros de equipaje. Van tras la huellas del Pastor, y sus plegarias, a pesar del cansancio, de las heridas de las zarzas, y de las caídas, son plegarias de alabanza. No hay área de descanso hasta cruzar la puerta que corona el recorrido. Y esa puerta tiene forma de Cruz. Lo mejor es el Portero. Quienes recorren ese camino saben que sólo puede alcanzarse el Cielo cuando el hombre no tiene más tesoro que Cristo.

(TOI12M)

Zacarías “Buonarroti”

Zacarías    Miguel Ángel dijo que él no inventaba sus esculturas; se limitaba a liberar la imagen contenida en la piedra. Pero antes que Buonarroti vino Zacarías. Cuando se disponía a asestar el primer golpe de cincel en la criatura con que Dios le había bendecido, toda la parentela estaba pendiente de su acierto. Suponían que, según costumbre entre los padres, esculpiría su autorretrato y llamaría al niño con su propio nombre. Pero este Miguel Ángel aaronita los dejó petrificados a ellos: Juan es su nombre. En lugar de relamerse y afinar el golpe, les descubrió que la imagen ya estaba en la piedra, y que él se disponía a liberar la obra de Dios en aquel niño.

    Los padres deberíais aprender de Zacarías y de Buonarroti, aunque viene a ser lo mismo. El niño que recibís en vuestra casa viene de Dios, y lleva en los genes de su alma una llamada divina, una misión que cumplir, y un Amor que gozar. No queráis estropearlos plasmando en ellos vuestra propia obra. Más bien, poned todo vuestro cariño en descubrir con él esa llamada, esa misión, y ese Amor originalísimo que le harán feliz. Eso es educar. Lo demás es vestir muñecos.

(2406)

La dicha de no responder deprisa

¿Quién decís que soy yo?    Un error muy grave, cuando uno se acerca a Jesucristo, es el de la búsqueda insaciable de respuestas. Algunos abren el Evangelio por una página, la leen, meditan un poco, y concluyen: «lo que he leído quiere decir…». Condensan en una breve moraleja la Palabra de Dios y se van tan tranquilos, como si hubiesen leído una fábula de Esopo. Se han perdido lo mejor, que no es la respuesta, sino la pregunta.

    ¿Quién decís que soy yo? Ya sé que Simón respondió el Mesías de Dios, y que estuvo muy acertado. Además, consoló mucho la soledad de Jesús con esa respuesta. Pero yo te animo a hacer otro tipo de oración.

    Quédate mirando al sagrario, o al crucifijo, y mantén abierta la pregunta, si es preciso durante horas o durante todo el día, aún cuando ya hayas terminado tu oración. ¿Quién decís que soy yo?… No elabores la respuesta, míralo solamente con amor, y deja que esa respuesta se vaya formando, sin palabras, en el alma. Tu mirada (me mirarán a mí, a quien traspasaron) responde mejor que tus palabras. Y, al final del día, abre los labios y dile: «Tú eres mi amor. Tú eres mi cielo. ¡Jesús!».

(TOC12)

El agobio de ser como Dios

agobio    Todo pecado lleva la impronta de la primera infidelidad, la de Satanás. Quiso ser como Dios. Por eso, cuando tentó a nuestros primeros padres, les ofreció la misma carnaza: seréis como dioses (Gén 3, 5). Desde entonces, el hombre no ha desistido en su empeño de endiosarse. Y, claro, cuando se sienta en el asiento del Conductor y se enfrenta a esta carrera a toda velocidad por la autopista llena de curvas que es la vida, le sobreviene la taquicardia: «no llego a fin de mes, mis hijos se me escapan, van a echarme del trabajo, tengo el colon irritable, voy siempre corriendo, la casa esta sucia… ¡Arghhhh!».

    No andéis agobiados. ¿Por qué dejas de ser niño? ¿Por qué insistes en sentarte en el asiento de Dios, si ni siquiera sabes conducir? Anda, vuelve al asiento de atrás, a los brazos de tu Madre, y déjale a Dios hacer de Dios. Realiza bien tu tarea según tus posibilidades, pero vive tranquilo, que Él conduce. Sobre todo, haz lo que no te dejan hacer en los autobuses. Aquí si puedes hablar con el Conductor. Buscad el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.

(TOI11S)

¡Esto se hunde!

¡Esto se hunde!    Si te dijeran que tu casa va a saltar hecha pedazos en diez minutos, ¿serías tan bobo de abrazarte al televisor? Los hay que sí. Pero tú no. Tú, como eres listo, lo primero que harías sería sacar de casa a tu familia. Después, si queda tiempo, sacas también el televisor y la tostadora, por si acaso. Y después, ya desde fuera, ves la traca valenciana tapándote los oídos. Luego disfrutas del buen tiempo, y a otra cosa, digo, a otra casa.

    No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen. Entre la polilla de los disgustos y la carcoma de la vejez, esta casa va a desmoronarse en un momento. ¿De verdad te preocupa el coche nuevo, o lo bien que caes a los demás? No seas bobo. Y date prisa. Atesorad tesoros en el cielo. Primero saca a los tuyos al cielo. ¡Háblales de Dios, que se confiesen! Luego saca el coche, si quieres. Véndelo, da el dinero en limosna, y usa otro más modesto. Sal de casa: reza, comulga, lleva al cielo el corazón. Y después… Desde Casa de tu Padre puedes ver la traca. ¡Venga la muerte, que nos cogerá fuera!

(TOI11V)