Liber Gomorrhianus

5 Mayo, 2013 – Espiritualidad digital

Predícame, fraile…

    Sucede con la Palabra de Dios lo mismo que con la Comunión: ambas pueden realizar un fugaz paso por el cuerpo para marcharse dejándolo todo prácticamente como estaba. Una pena. La sagrada Hostia abandona nuestro cuerpo a los diez minutos de recibirla, cuando las especies se han disuelto. Y la Palabra entra por el oído, y… No sé, cuando era niño mi madre decía aquello de «predícame, fraile, que por un oído me entra, y por otro me sale». Por eso, ambas –la Comunión y la Palabra- deben ser atrapadas antes de marcharse si queremos que permanezcan con nosotros.

    El que me ama guardará mis palabras. ¿Te has fijado en que Jesús no dice «cumplirá» sino guardará? Cumplir es de “cumplidores”; guardar, de enamorados. Es necesario recogerse al comulgar, para que la Eucaristía entre hasta el alma. De allí no se marcha. Por el mismo motivo, entre uno y otro oído, la Palabra debe ser atrapada en el corazón, que cierra sus puertas cuando ha entrado y se convierte en capilla donde es meditada, escudriñada y saboreada. Entonces mi Padre lo amará, vendremos a él, y haremos morada en él. ¡El Cielo en el alma! «¡Predícame, fraile! ¡Háblame de Cristo!»

(TPC06)