Evangelio 2018

14 abril, 2013 – Espiritualidad digital

CRISTISTAS Y CRISTIANOS

    Aquellos hombres seguían a Jesús apasionadamente… Con la misma pasión que sentían por sus vientres. En el fondo, toda su pasión se reducía a eso: al multiplicar los panes, Jesús les había resuelto, al menos por un día, el problema alimenticio. No digo que sea poco, pero…

    Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura hasta la vida eterna. Si toda tu religiosidad se reduce a mejorar tu calidad de vida (con minúscula), o incluso a obtener un «bienestar espiritual» que te ayude a sentirte mejor en esta tierra, no me será fácil distinguir tu religión de cualquier superstición al uso. Pero si, a través de los dones de Dios, has aprendido a desear al propio Dios, a Jesús mismo,  y estás dispuesto a renunciar a todo en esta vida por alcanzarlo a Él para toda la eternidad… Entonces has conocido el Amor, y eres, en verdad, cristiano. Le perteneces a Cristo. Bienaventurado tú.

(TP03L)

AL AGUA, Y DE CABEZA

    ¡Es el Señor! Como el ¡Rabbuní! de María Magdalena (cf. Jn20, 26) estas palabras de Juan tienen la virtud de cambiar la noche en día. Horas de pesca baldía, insomnio estéril, cansancio estúpido… Pero Cristo está en la orilla pidiendo pescado y todo cambia. ¿A quién le importan ya los peces? Simón se lanza al agua; de repente, su barca le parece el trasto más lento e inútil del mundo. ¿Por qué no va más deprisa, si languidece en la muerte y en la orilla está su Vida? Llega empapado y gozoso. ¡Jesús!

    Es lo que te sucedió cuando viste al Señor. La vida se te presentaba como un cansancio estéril, y todos tus esfuerzos, en esos momentos de tristeza, te parecían coronados por el fracaso. Sólo quedaba seguir esperando a la muerte e intentar sufrir lo menos posible. Pero se abrieron tus ojos, viste a Jesús en la orilla, sonriendo y abriendo sus brazos, pidiéndotelo todo y dándote lo que te pedía… Y la vida se volvió camino hacia el Amor. ¡Qué gozo! ¡Es el Señor! Te lanzaste al agua alborozado. Ya no quieres esperar a la muerte. Ahora quieres entregar la vida a Dios y a tus hermanos, desgastarte y darlo todo con inmensa alegría, porque vas hacia Él. También tú llegarás a la orilla empapado. En sangre y en agua. Recién bautizado.

(TPC03)