Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Abril 2013 – Espiritualidad digital

Los santos llevan paz en los ojos

    La paz que da Jesús es una paz extraña. No tiene nada que ver con la “pachorra” del holgazán, ni con el descanso de fin de semana, ni con el cese de los ruidos del vecino, ni con el relax que buscan en el templo quienes confunden la Iglesia con un balneario. Esas “paces” te las deja el mundo, y pronto te las arrebata. Por eso te quejas de que “te quitan la paz”. Si no te la hubieran dejado, no te la habrían quitado después. Era prestada.

    La paz os dejo, mi paz os doy. La paz que da Jesús se queda. Te la deja, y te la da. Salvo que tú mismo la expulses, permanece. Pero no es como la del mundo. La paz de Jesús entra en lo más profundo del alma, y allí sigue en medio de los ruidos, la actividad, el cansancio, la alegría y hasta la tristeza. Todo lo hace dulce. Esa paz se recibe si el alma está en gracia y el corazón se rinde a la Voluntad divina. Cuando dejas de luchar contra Dios y estás en paz con Él, tu alma descansa en su Amor. Se te nota en los ojos.

(TP05M)

Difícil, pero sencillo, muy sencillo…

    Hay quien piensa que logrará alcanzar a Dios cuando se haya devanado los sesos del todo; o cuando haya leído más de mil doscientos libros; o cuando haya encontrado la postura corporal perfecta en la oración; o cuando haya logrado resolver el silogismo de cuarto grado con dieciocho premisas; o cuando haya conseguido multiplicarse hasta alcanzar la trilocación; o cuando llegue a hablar de manera tan enrevesada que nadie le entienda… Algunos, cuando vienen a confesar, parece incluso que quieren darle al sacerdote una clase de teología; otros casi se confiesan en verso, intentando hacer hermosa la basura. Es agotador.

    Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los sencillos. Estas breves “homilías para tontos” quieren hacerte llegar ese mensaje: la santidad es difícil, pero no complicada. Tiene la dificultad de lo sencillo para quienes nos hemos complicado la vida. La santidad es tan sencilla como una mirada embelesada a un crucifijo, como un “te quiero” apasionado a Jesús, como un “no te marches, que me muero”, como comer todos los días, y no saber pasar uno sin comulgar… Ya está. Incluso los tontos comemos y nos enamoramos.

(2904)

Haznos un favor a todos: sé feliz

    Está comprobado: es más fácil convivir con personas felices que con personas infelices. El que es feliz crea un halo de felicidad en su entorno. También hay quienes se enrabietan con él… Pero –está comprobado- ésos son muy infelices.

    Está comprobado: lo que hace feliz al hombre es el amor. Quien vive rodeado de cosas y no tiene amor, no es feliz. Quien se sabe amado necesita pocas cosas para disfrutar de la vida. Se ha estrenado una película en la que alguien dice: «tengo más de 4.000 contactos en mi agenda y ni un solo amigo». ¡Pobrecito!

    Está comprobado: la calidad del amor marca la intensidad de la felicidad. Mejores amores producen personas más felices. Amores mediocres producen personas “medianamente” felices, o “felices a ratos”.

    Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. Lo más importante del mandamiento nuevo es lo nuevo: como yo os he amado. Confiésate, reza, comulga. Recibe el Amor de Cristo y deja que te haga feliz. Si así lo haces, el amaos unos a otros saldrá solo. Amarás como eres amado.

    En definitiva: hazle a tus familiares, amigos y vecinos el favor de ser feliz. Reza.

(TPC05)

¡Qué solito estás!

    Aunque Tú eres desde siempre, hace cerca de dos mil años que te encarnaste y estás con nosotros. Treinta y tres años pisando la tierra, y siglos esperando en los sagrarios. Según se mire, dos mil años son mucho tiempo. Y, para la inmensa mayoría de la población mundial, sigues siendo un enigma que ni siquiera les interesa resolver. Muchos, a lo largo de estos siglos, han acudido a ti buscando soluciones o respuestas, muchos te han comulgado –mejor o peor-, muchísimos te han rezado. Pero…

    Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces? Me pregunto cuántos han acudido a ti para saber de ti, para preguntarte por ti, para conocerte. Cuántos se te acercan con curiosidad de enamorado y se te quedan mirando hasta que sus ojos se pierden en ti. Cuántos, ante tu presencia, guardan silencio esperando que lo llenes con la noticia de tu Amor.

    Es curioso, y quizá triste. Muchos vienen a ti buscando cosas, y otros se postran ante ti para que los lleves al Cielo. Pero ¿cuántos saben que el Cielo es, precisamente, conocerte, y, al conocerte, amarte y saberse amados por ti? El gran secreto: mirarte a ti es tenerlo todo.

(TP04S)

Apaga la luz para que brille

    “Gloria” es brillo; la “gloria de Dios” es el brillo de Dios. Se pega a la cara, como a la luna los rayos del sol. Cuando Moisés hablaba con Dios, su rostro resplandecía con gloria prestada. Jesús llama a sus discípulos luz del mundo porque quiere seguir brillando en ellos e iluminando las sombras. El cristiano, que en la oración habla cara a cara con Jesús por la fe, debe llevar en su vida el brillo de Cristo. Y así, iluminado por Dios, acercarse a derramar luz sobre quienes no creen.

    Hay muchos afanados en mostrar sus buenas obras. Lucen con luz propia, normalmente de bajo consumo. No quieren iluminar; quieren deslumbrar. Pero Jesús no dijo que vean vuestras buenas obras “y pongan vuestro nombre a una calle”, sino que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre. Es distinto. Prefiere que nos apaguemos para bañarnos en su luz, y que quienes nos vean también resplandezcan, glorifiquen a Dios. Su gloria es de ida y vuelta; Él nos ilumina, y nosotros brillamos para Él, no para el mundo. En este recibir y dar de Dios a los demás y de los demás a Dios… ¡Cuánto se alegra el alma!

(2604)

¡Menuda panda de abstemios!

    San Marcos –a quien celebramos hoy- nos dice que los Once, tras ver subir a Jesús al Cielo, se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes. Lo mismo les sucedió a los pastores cuando vieron al Dios niño, y a la mujer samaritana cuando encontró al Mesías, y al leproso que quedó curado. Es consecuencia natural de la alegría: te quema el alma, necesitas compartirla. Si es muy intensa, incluso te vuelves loco, pareces borracho. ¿No pensaron eso de los apóstoles en Pentecostés?

    A veces se entera uno de los goles por los gritos de los vecinos. Aunque, en ese caso, no sabes si la borrachera es producto de la alegría o viceversa.

    ¿Qué nos ha sucedido a los cristianos? «¡Ay, padre, el apostolado me cuesta mucho!». Dan ganas de responder: «pues mejor no lo hagas, porque nos vas a dejar mal a todos». Te diré lo que no nos ha sucedido: no hemos dejado a Jesús revolucionar nuestras vidas. Nos hemos protegido para que Dios no nos quite nada y nos hemos inmunizado contra la alegría de la salvación. Jesús ya no es vino para nosotros; no nos vuelve locos. Lo hemos convertido en tila alpina. ¡Pobre Jesús!

(2504)

Mira bien… y verás

    Te gustaría ver a Dios Padre, ¿verdad? Y ¿cómo lo verás, si tus ojos sólo ven cuerpos, y Dios Padre no tiene cuerpo? El que me ve a mí ve al que me ha enviado. Mira con ojos de amor al Hijo, que se ha encarnado, tiene cuerpo, y es sumamente amable, y con la luz de la fe tu alma verá al Padre.

    Te gustaría ver a Cristo, ¿verdad? Y ¿cómo lo verás, si tus ojos sólo ven lo que hay en la tierra, y Él ascendió al Cielo? Mira con ojos de amor a la Sagrada Hostia cuando la eleva el sacerdote, o cuando rendida se muestra en la custodia, y con la luz de la fe tu alma verá a Cristo y también al Padre.

    Pero, recuerda, has de mirar con ojos enamorados. Los ojos fríos son opacos a la fe. Sin embargo, los ojos enamorados abren ventanas al alma. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas. Con la caridad en los ojos del cuerpo se recibe la luz de la fe y el alma goza en la esperanza de poseer en plenitud cuanto ahora ve.

(TP04X)

Pastor y pasto a la vez

    Hace poco, Jesús decía: El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día (Jn 6, 54). Por su orden: primero –ayer lo escuchamos- el Buen Pastor saca a sus ovejas del redil del pecado y de la muerte a través de la puerta. La puerta es la Cruz. Después -¿recuerdas?- camina delante de ellas (Jn 10, 4). Es un camino a través del desierto de esta vida, hacia las verdes praderas de su Reino. Allí llegaremos el último día, y el Buen Pastor nos resucitará como resucitó Él.

    Pero, entre tanto, mientras marchamos en pos de sus huellas por esta vida mortal, para que no desfallezcamos en el camino, el Pastor nos alimenta haciéndose para nosotros pasto. Yo les doy la vida eterna. Su Cuerpo nos es dado en alimento, y en Él gustamos vida eterna. ¡Bendita Eucaristía, pasto de Dios! Comulgando a diario la vida se hace corta, porque cada comunión deleita el alma haciéndola pregustar el Cielo, y aumenta el deseo de llegar a esas verdes praderas del Reino de Dios. Quien comulga bien, ya no quiere detenerse en el camino. ¿A quién le interesan los cactus?

(TP04M)

La puerta giratoria y la puerta de la vida

    ¿Nunca te ha producido la vida cierta claustrofobia? Nacer y morir… Cuatro días y “se acabó”. Te estás muriendo desde que naces, y conforme cumples años cada vez te queda menos. Como recorrer una pequeña habitación.

    El Demonio suele abrir una puerta giratoria: «Ven» -te dice, mientras te muestra la tentación- «pasa por aquí, te liberaré de la muerte». Y tú, fascinado, pasas pensando que detrás de esa puerta está la vida. Apenas has pasado, te encuentras en la misma celda, más envuelto en soledad que antes, y más cerca de la muerte. ¡Te han engañado una vez más!

    Yo soy la puerta –dice Jesús-. Mira ahora al crucifijo y entenderás. «Entrad por la puerta estrecha» (Mt 7, 13). Está justo en la pared de enfrente, en la de la muerte, muerto de Amor por ti. Míralo despacio… Enamórate de Cristo y pierde el miedo a morir. Déjalo todo y corre hacia Él, entrega tu vida sin miedo y con alegría, enamorado y ansioso de unirte a Jesús… ¡Qué sorpresa! Te sentirás vivir, no morir. Detrás de la Cruz está el Cielo. Quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. ¡La puerta de casa!

(TP04L) – Lunes de la 4ª semana de Pascua

Mis ovejas…

    Mis ovejas escuchan mi voz… ¿Eres de los que hablan si parar cuando rezan, o también callas para escuchar lo que Jesús te dice? Y yo las conozco… ¿Has rezado alguna vez en silencio, arrodillándote ante el sagrario y dejándote acariciar en lo profundo del alma por la mirada de Jesús Eucaristía que te conoce y te comprende? ¡Prueba! Y me siguen… ¿Eres de los que caminan tras las huellas del Señor, o de los que le dicen «ven conmigo para que me salga con la mía»? Yo les doy vida eterna… La vida eterna es para ya; cada vez que comulgas estás viviendo eternidad. Disfrútala. Y nadie las arrebatará de mi mano… No tengas miedo. Todos los demonios juntos no podrán apartarte de Jesús. No prestes atención a tentaciones ni agobios. Sois invencibles.

    El Padre, que me las ha dado, supera a todos… ¿Ves lo importante que eres para Dios?: eres el regalo que el Padre ha hecho al Hijo. «¡Vaya regalo!», dirás. Y, sin embargo, fíjate con qué cariño te mira Jesús. Algo tendrás.  Y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre… Nadie, salvo tú mismo. Por eso, pídele: «¡Señor, que jamás me separe de ti!».

(TPC04) – 4º domingo de Pascua (ciclo C)