Libros del autor

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Espiritualidad digital

Elige bien tus preocupaciones

El número de problemas que se soluciona pensado es bastante limitado. Los problemas de matemáticas se solucionan pensado. Y algunas cuestiones prácticas también se pueden arreglar dándole a las neuronas unas vueltas.

Pero no vas a evitar que anochezca por mucho que pienses. Tu hijo no va a cambiar gracias a tu preocupación. Ni se va a curar ese enfermo por más que pienses en su enfermedad. Ni va a ser más amable contigo esa persona por las horas que dedicas a maldecirle por dentro.

Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida… Buscad, ante todo, el reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura.

 Te aconsejo una «santa irresponsabilidad»: Puesto que no puedes cambiar nada de cuanto te preocupa, trata de prescindir de ello; abandónalo en manos de Dios. Y centra tus energías en tu propia santificación. Pon toda tu atención en hacer, en cada momento, lo que Dios te pide. Y hazlo bien, con elegancia, con finura, como si nada te preocupase más que ofrecerle al Señor lo mejor de ti.

Te sorprenderás. Las manos de Dios son más poderosas que tus agobios. Sólo tenías que escoger bien tus preocupaciones.

(TOP11S)

Magnetismo

Cuando tomas en tus manos una piedra, y después la dejas caer, ¿a dónde va? Al suelo. Cosas de la fuerza de la gravedad.

Cuando sujetas a un animal hambriento ante su ración de comida, y después lo sueltas, ¿a dónde va? A devorar la pitanza. Cosas del hambre.

Cuando sujetas unos clavos ante un imán, y después los sueltas, ¿a dónde van? Al imán. Cosas del magnetismo.

Cuando tienes el corazón ocupado en tus quehaceres diarios, y esos quehaceres cesan; cuando te quedas solo, ¿a dónde va tu corazón? ¿en qué piensas? En tus afanes, tus preocupaciones, tus sueños… A veces, incluso, se te escapa el corazón hacia ellos mientras trabajas o rezas. Y te distraes.

Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.

Ya sabes, entonces, cuál es tu tesoro. Hay quien tiene como tesoro el cubo de basura: su corazón vuela hacia pecados, dolores y espantos. Qué lástima.

Ojalá te distrajeras «al revés». Ojalá se te escapara el corazón a Jesús en medio de tus muchos quehaceres, y en Él pensaras cuando te quedases a solas.

¿Te gustaría que fuese así? Yo te diré cómo: lleva el corazón ante el sagrario, hasta que quede imantado por Él.

(TOP11V)

¿Por qué pedimos?

Te copio una pregunta que merece un puesto en el catálogo de «Las 1.000 preguntas más repetidas ante el sacerdote» (algún día me dará por escribir el catálogo entero):

– Padre, el Señor dice que vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Entonces, ¿por qué pedirlo? Si Dios ya sabe lo que necesito, y me ama, me lo dará, aunque no lo pida.

Respuesta: NO. Dios, en efecto, sabe lo que necesitas. Pero es posible que no te lo dé si no lo pides, para que, así, aprendas que eres pobre, que no tienes derechos ante Él, y que debes pedir con humildad.

La oración de petición no tiene como finalidad recordarle a Dios nuestras necesidades. Efectivamente, Él ya las conoce, y no las olvida, porque está pendiente de nosotros constantemente. La finalidad de la plegaria es nuestra propia humildad, y también nuestro descanso.

Muchas veces, pedimos porque necesitamos desahogar ante Dios nuestra necesidad. Necesitamos llorar, y así pedimos con lágrimas, como pidió Jesús en Getsemaní.

Otras veces, pedimos para no olvidar que todo es gracia.

Y, siempre, al pedir, nos convertimos en cooperadores de la Providencia con que Dios nos cuida.

Por eso pedimos.

(TOP11J)

Lávate la cara

Desde que, esta mañana, respondiste resoplando al primer «buenos días» de tu hijo mayor, los hermanos se han puesto de acuerdo y han llenado la casa de carteles: «¡CUIDADO! ¡MAMÁ MALHUMORADA!». Y, cuando te ven pasar, se meten en el cuarto de baño para evitar los efectos de tu mala noche.

Tú, que me lees, sabrás cambiar «mamá» por «papá», por «abuelo» o por «Agapito».

Perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.

Lo que enseña Jesús para el ayuno sirve también para el insomnio, para el dolor de cabeza, o para esos ataques de mal humor. Nadie te culpa porque te encuentres mal; en ello no hay pecado, sólo contrariedad. Pero pecarás si, caminando por la casa con esa cara y esos modales, haces que los demás paguen tu mal humor.

¿No te encuentras bien? Lo siento por ti. Pero algo puedes hacer: Perfúmate la cabeza y lávate la cara. Sonríe, aunque tengas que pintarte la sonrisa, como los payasos. Y esa contrariedad se convertirá en gloria. Además, la familia te lo agradecerá.

(TOP11X)

Mirando al monstruo a la cara

El amor a los enemigos está muy presente en el Sermón de la Montaña. Pero de poco nos aprovecharán las palabras del Señor si no tenemos localizado y perfectamente identificado al monstruo. ¿Quién es el enemigo?

En ocasiones, el enemigo es el conjunto de la población mundial, salvo tú. ¿Nunca has salido de casa por la mañana, y te ha parecido que todas las personas que pueblan el mundo son odiosas y estúpidas? Venga, di la verdad, que nadie te oye. ¿Por qué odias a esa señora que está viendo, en la estantería del supermercado, las mismas salchichas que quieres coger tú? ¿Por qué odias a ese conductor que te adelanta, y a quien no conoces? Estás a la defensiva, y el mundo entero es enemigo tuyo.

Tu marido, tu mujer, tus hijos… Muchas veces, los ves como quienes vienen a quitarte la vida, y te defiendes de ellos. Por eso adoptas esos modales tan bruscos.

Amad a vuestros enemigos… No te defiendas. Déjate comer. Sé eucaristía. Antes de que te quiten la vida, entrégasela tú. Es cierto que te despojarán de todo… Pero, una vez despojado y pobre, Dios te llenará con una alegría que no habías experimentado jamás.

(TOI11M)