El Mar de Jesús de Nazaret

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Espiritualidad digital

¿Desde dónde gritaré?

Es una petición delicada:

Hazme justicia frente a mi adversario.

Lo gritaba, según nos cuenta el Señor, una viuda mientras practicaba el escrache a las puertas de la casa del juez. Pero, ni sabemos quién era su adversario, ni conocemos la presunta injusticia que había sufrido aquella mujer. No obstante, daremos por bueno su grito. Aunque yo necesito pensarlo mucho antes de llevar a mis labios esa misma súplica.

Si el Acusador despliega ante el Juez mis pecados, como sucederá cuando me llegue el día del Juicio, ¿me atreveré a reclamar justicia? ¿Tan seguro estoy de ser inocente?

No lo estoy. Más bien, estoy seguro de ser culpable. ¿Cómo, entonces, pedir justicia sin condenarme a mí mismo al Infierno merecido por mis culpas? ¿Desde dónde podré elevar el clamor de la viuda sin morir para siempre en el intento?

Iré, como ella, a la puerta de la casa. Hay una puerta abierta en el costado de Cristo, y allí me refugiaré para gritar. De este modo, cuando pida justicia, serán los méritos de Cristo, y no mis pecados, los que estén a la vista del Juez.

Desde allí grita la viuda, que es la Iglesia, y desde allí gritaré yo.

(TOP32S)

Caliente, caliente…

¿Te acuerdas de aquel juego? Escondías una moneda en el tarro del café que estaba en un armario de la cocina, y retabas a tu primo a encontrar el tesoro. Si tu primo se dirigía al dormitorio, decías: «frío, frío». Si entraba en la cocina: «caliente, caliente»; si se acercaba al armario: «muy caliente»; si cogía el tarro del café: «cuidado, que te quemas»; y, si metía la mano en el tarro, se acabó el juego.

Buscas la belleza, y contemplas seres hermosos: «¡Caliente, caliente!». Buscas la bondad, y te acercas a personas buenas: «¡Caliente, caliente!». Buscas la verdad, y admiras las palabras verdaderas y las personas auténticas: «¡Caliente, caliente!».

Sigue buscando; cada vez te acercas más. Pero recuerda que esas criaturas sólo dan calor. No son el fuego, aunque participan de su llama.

Un día, la tapa del tarro del café se abrirá, y se apartaran las criaturas para revelar al Creador. Se acabó el juego:

Llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todo. Así sucederá el día que se revele al Hijo del hombre.

Ese día nos quemaremos en el bendito y dulce fuego de Amor que mana el más hermoso de los hijos de Adán.

(TOP32V)

Quizá no mueras

Decimos, con voz solemne y gesto serio, que la única certeza de la vida es que todos hemos de morir.

Y, sin embargo, no es verdad. No todos hemos de morir. Habrá algunas personas elegidas que no mueran, y no sabemos quiénes serán, aunque algunos soñemos con contarnos entre ellas. Morir no apetece.

Como el fulgor del relámpago brilla de un extremo al otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su día.

Quienes vivan cuando el Hijo del hombre vuelva sobre las nubes no morirán. También san Pablo soñaba con contarse entre esos elegidos, y decía: En un instante, los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados (1Co 15, 52).

Aunque ni siquiera todos los que vivan entonces serán transformados según la gloria de Cristo. Sólo aquéllos que lo hayan conocido y amado serán glorificados como Él.

Por eso, antes de que el Señor vuelva como el relámpago, debemos haberlo encontrado, conocido y amado en la oscuridad y el silencio del corazón.

El reino de Dios está en medio de vosotros.

Tan en medio, tan en medio, que está en el centro mismo del alma. Búscalo en ese refugio, y espera allí al relámpago. Quizá no mueras.

(TOP32J)

Lo necesitas. Pero ¿lo amas?

diez leprososDiez leprosos acudieron a Jesús en busca de sanación. Los diez necesitaban al Señor.

Nueve de ellos, judíos que habían sido educados en la observancia de la Ley, cuando fueron curados, sintieron que ya podían continuar su vida por sí mismos, y que, por tanto, Jesús no les hacía falta para nada. Volvieron a sus pueblos, rezaron cada sábado en sus sinagogas, y, al cabo del tiempo, murieron.

Jesús, sin embargo, parecía necesitarlos a ellos más que ellos a Él. preguntó por ellos:

Los otros nueve, ¿dónde están?

Es que uno de los diez, un samaritano, que había crecido como un proscrito para los judíos, y, después, había vivido bajo el signo de la maldición a causa de la lepra, cuando fue curado, aprendió a amar a Cristo. Y se postró a los pies de Jesús. Solamente a él le dijo el Señor:

Tu fe te ha salvado.

El amor con que amó al Hijo de Dios lo salvó de la muerte y del Infierno. Sólo él, entre los diez, recibió vida eterna.

Todos necesitamos al Señor. Y todos le pedimos, diariamente, desde nuestra pobreza. Pero necesitar al Señor no basta. Si no aprendemos a amarlo, no nos podremos salvar.

(TOP32X)

Inutilidad del criado y provecho del Señor

El gran problema de la Humanidad –os lo aseguro– es que, en este bendito planeta, todo el mundo hace lo que le da la gana. Y, como la mayoría de quienes leéis estas líneas sois cristianos, trazaré una raya: unos hacen los que les da la gana porque les da la gana, y otros hacen lo que les da la gana «in nomine Domini». Éstos tienen más pecado, porque, en lugar de obedecer a la Voluntad de Dios, ponen la Voluntad de Dios a favor de su santa voluntad.

Y, sin embargo…

Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: «Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer».

Pero la gente sueña con ser útil. Piensan que sus felices iniciativas arreglarán el mundo, y cada uno se lanza a hacer su obra.

Es urgente que recuperemos el valor de la obediencia. Porque, cuando un cristiano se entrega a cumplir la Ley de Dios, se somete por amor a Dios a un director espiritual, y procura cumplir con perfección sus deberes profesionales y familiares, ya no es él quien obra. Dios obra a través de él.

Benditos siervos inútiles, que dejan obrar a Dios. ¿Cuántos quedan?

(TOP32M)