Evangelio 2018

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Espiritualidad digital

Lecciones de repostería

No soy, precisamente, un experto cocinero. Y, menos aún, repostero. Pero me han dicho que la levadura hincha y da volumen a los alimentos. Y esa breve lección de repostería aplicada me ha servido para entender mejor las palabras del Señor:

Evitad la levadura de los fariseos y de Herodes.

Cuando la Virgen empleaba al niño Jesús como pinche de cocina, sin duda le mostró el efecto de la levadura. «Mira cómo se hincha», le diría a su hijo mientras sacaba del horno el pan. Y, ya de mayor, Jesús, contemplando a los fariseos y a Herodes, recordaría aquella lección: «Mira cómo se hinchan». Si, en lugar de en Belén, hubiese nacido el Señor en Albacete, lo hubiera dicho de otra manera: «¡De dónde sacan, pa’ tanto como destacan!». Pero nació en Belén, y su Madre fue la mejor repostera del universo. No en vano, en el horno de sus purísimas entrañas se coció, durante nueve meses, el Pan de Vida.

He recordado, también, que dice san Pablo que nosotros somos panes ácimos (1Co, 5, 7). El pan que comulgamos no tiene levadura, es ácimo, y, por eso, no se hincha. Es Cristo.

¿Y tú? ¿A quién te pareces más?

(TOP06M)

Signos

Dos mil años han pasado, y muchos siguen reclamando signos. Y peregrinan de un sitio a otro, en busca de la última novedad en milagros, curaciones, apariciones o prodigios. No contentos con buscar signos del cielo, parecen regodearse también en los del infierno: ven demonios por todas partes, infecciones maléficas en cada dolor de cabeza, y guardan en su agenda más teléfonos de exorcistas que de médicos. Es como si lo ordinario les pareciese aburrido, y necesitaran sazonar sus vidas con excentricidades.

«¿Por qué esta generación busca un signo? En verdad os digo que no se le dará un signo a esta generación». Los dejó, se embarcó de nuevo, y se fue a la otra orilla.

Después de su Ascensión, Jesús se fue a la otra orilla, a la del cielo, y no ha dejado aquí un signo mayor que la Cruz. ¿Os parece poco? La oscuridad luminosa de la fe; la bendición que se esconde en una enfermedad; el privilegio que oculta una humillación; la sequedad de una oración que, a veces, es puro esfuerzo; y la mirada tierna y embelesada al crucifijo… ¿Tan poco te dicen esos signos, que necesitas la imagen de un santo que llore café?

(TOP06L)

Dos árboles, dos frutos

que nada se desperdicieEs sábado. Como buen cristiano, ayer contemplaste la Pasión de Cristo. Y hoy te encuentras, junto al sepulcro, muy unido a la Virgen, meditando sobre las maravillas del Amor de Dios manifestado en la Cruz.

Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer.

En lugar de tres días, pon «tres años», por los tres años de vida pública del Señor. «Llevan tres años conmigo, escuchando mis palabras, y están hambrientos. Sus almas no tienen qué comer». Y, así, transcurrido ese tiempo, decidió Jesús darse a Sí mismo en alimento, y quiso colgar, como el más precioso fruto, del árbol de la Cruz. De esta forma, si el fruto de aquel árbol de la ciencia del bien y del mal trajo la muerte al hombre, en el fruto de nuevo árbol de la vida –la Cruz– encuentra el hombre vida eterna y alimento que repara sus fuerzas.

Junto al árbol prohibido estuvo Eva, quien ofreció del fruto a Adán. Así comenzó nuestra ruina.

Junto al árbol de la Cruz está María, nueva Eva, y Ella, mediadora de todas las gracias, distribuye el alimento nuevo a todos sus hijos.

Es maravilloso comulgar en sábado.

(TOI05S)

Remedio contra la estupidez

¿Te quejas de que, por más que les dices las cosas una y otra vez, no te entienden? Yo también. Pero, examínate: ¿Haces caso a los demás cuando te advierten? Te confieso que a menudo de examino sobre ello, y, no sé…

Todos venimos a ser bastante parecidos. El hombre, que salió humilde y sabio de las manos de Dios, se apartó de Él por el pecado. Y, desde entonces, es necio por naturaleza (por naturaleza caída, desde luego). No nos enteramos de apenas nada, y solemos decir bastantes estupideces. Nos parecemos mucho a aquel sordo del evangelio, que, además, apenas podía hablar.

¡Bien por nosotros! Porque la salvación de aquel hombre es también la nuestra. Jesús, apartándolo de la gente, a solas, lo sanó. Si vencemos la resistencia a la soledad con Dios, si encontramos cada día media hora para pasarla en intimidad con Él, nos curará.

Le metió los dedos en los oídos, y con la saliva le tocó la lengua. El dedo de Jesús, que es su Espíritu, nos hará entender, y su saliva, que es su palabra, abrirá nuestros labios para proclamar sus maravillas.

¿Por qué no rezas? Es la mejor cura para nuestra estupidez «natural».

(TOP05V)

La escalera

Cuenta san Marcos, de aquella mujer, que era pagana, una fenicia de Siria. Pero, ante Jesús, esta pagana venció, en humildad, al hijo pródigo de la parábola del Señor. Porque, si aquel hijo estuvo dispuesto a ser tratado como un jornalero, esta mujer acepta ser tratada como un perro. Por eso, ambos fueron ensalzados por encima de sus méritos.

Supón una escalera que se extendiera bajo tus pies hacia lo hondo de la tierra, y que estuviera formada por cien peldaños, siendo el más profundo la verdadera medida de tus pecados. ¿Hasta dónde estás dispuesto a abajarte? ¿Cuánto pecado estás dispuesto a reconocer en tu vida? Por ti mismo, quizá descendieses –digamos– veinte peldaños. Si son otros quienes te empujan, al denunciarte tus faltas, puede que no estuvieras dispuesto a descender ni siquiera dos. Una cosa es que yo diga que soy soberbio, y otra muy distinta es que me lo reproches tú (ya sabes).

Lo grande de esta mujer es que Jesús la llevo al peldaño 100 cuando la llamó perrito. Y ella, por su pie, descendió al 120: También los perros, debajo de la mesa… De perrito a perro van, al menos, veinte peldaños.

¿Cuántas almas hay así?

(TOP05J)