Evangelio 2018

Tiempo Ordinario (ciclo impar) – Espiritualidad digital

Pecados que rezan

¿Rezan los pecados? Diréis que es una pregunta estúpida, que los pecados ofenden a Dios, y eso no es oración. Sin embargo, los pecados, en ocasiones, rezan. Y, aunque no sea verdadera su oración, conserva la apariencia, y así muchos se engañan con ella.

¡Ay de vosotros, que edificáis mausoleos a los profetas, a quienes mataron vuestros padres! El hijo del asesino no debe edificar mausoleos al muerto, sino hacer penitencia por los pecados de su padre. Una oración que no ha pasado por la compunción es un pecado que reza. Y los pecados no deben rezar, deben morir.

Si yo difamo a mi hermano, y después acudo a orar a la iglesia sin haberme arrepentido, mi oración es un pecado que reza. Si me niego a darle a Dios lo que me pide, pero luego rezo pidiendo a Dios que haga lo que le pido yo, mi oración es un pecado que reza. Si me niego a confesar mis pecados ante el sacerdote, pero, a cambio, le digo a Dios interiormente que «ya quiero ser bueno», mi oración es un pecado que reza…

Los pecados no deberían rezar. Debería morir, para que así ore el Espíritu dentro del alma.

(TOI28J)

Mantén limpios los ojos

Somos más transparentes de lo que pensamos. Los hipócritas sólo engañan a los necios, y a quienes tienen por costumbre no mirar a los ojos para no descubrir los suyos. El hipócrita, normalmente, sólo tiene su secreto a buen recaudo ante quien es tan hipócrita como él, o más.

Limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad.

Uno puede acicalarse, y pretender dar la talla ante el espejo del cuarto de baño. Pero, cuando hay maldad en el corazón, y no se limpia, esa maldad siempre acaba por fermentar, y rebosa. Sale a borbotones por los ojos, se filtra en el tono de la voz, y rezuma una pestilencia ante el olfato del alma cuya mezcla con el perfume de Chanel no sienta nada bien.

No te asustes si ves brotar la mala hierba en tu corazón. Pero, por el amor de Dios, no la guardes. Acude al confesor, y sé sincero con él. Que no te dé vergüenza decir: «Estoy lleno de soberbia, me come la lujuria, me invade el rencor». Y allí, ante Dios, déjate limpiar. Así la mala hierba no contaminará el campo, y tus ojos se mantendrán limpios.

(TOI28M)

Signos pequeños, fe grande

Jesús nunca se comparó a sí mismo con Isaías, Jeremías o Ezequiel, que son los llamados «profetas mayores». Curiosamente, se comparó a sí mismo con Jonás, que era un alfeñique, un cobarde, y no tenía ni media bofetada.

Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.

Si Jonás hubiese escupido rayos y hubiera hecho bajar fuego del cielo, los ninivitas, temblado, se habrían convertido. Sin embargo, la grandeza de la historia de Jonás consiste en que aquellos hombres creyeron que un pobrecito asustado les hablaba en nombre de Dios. Y se convirtieron.

Los judíos querían un signo; querían que Jesús pareciese Dios para no tener más remedio que creerlo. Pero Jesús, como Jonás, no parece Dios, sino hombre; tal quiso Dios que fuera su apariencia.

Miradlo en la Hostia: tan pequeño, tan manso, tan callado, tan dormido, tan humilde… Es preciso realizar un acto libérrimo de fe para rendirse a Él. Por eso es maravilloso postrarse ante una custodia, o realizar la genuflexión ante un sagrario: nada te obliga, nada te empuja, sólo la fe te mueve.

Pedid fe. La fe vale más que todos los signos juntos.

(TOI28L)

Como cualquier hijo

Cuando miles de personas aclaman a la vez a alguien, las voces de todos se funden en un alboroto indescifrable. Incluso si las masas se ponen de acuerdo en corear una consigna, cuesta trabajo entenderla. Son demasiadas personas gritando a la vez.

No era el caso. Allí, cada uno decía lo que le salía de dentro. Pero san Lucas aplica el zoom sobre una sola persona: Una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».

Si esta mujer ha pasado a la Historia es porque, en medio toda aquella algarabía, sus palabras lograron abrirse paso hasta el corazón de Jesús y se clavaron en él como una flecha. El Señor se emocionó al escuchar aquel elogio dirigido a su madre. No debería extrañarnos. Cualquier ser humano bien nacido tiembla por dentro cuando le mientan a su madre.

Gracias a esta buena mujer, sabemos que cada avemaría del santo rosario se clava en el corazón de Jesús. Si alguien piensa que rezarle a la Virgen es hacer de menos al Señor, que se desengañe inmediatamente. Cada vez que rezas a la Madre, el Hijo engorda de satisfacción.

(TOI27S)

Frikis

Según mi hermana, la Iglesia se nos está llenando de «frikis». Se refiere a personas obsesionadas con los demonios. Si les duele la cabeza, llaman al exorcista, porque no tienen virus, sino demonio. Si se les avería el automóvil, no es el carburador, sino espíritus malignos… Agotador. Si Woody Allen los descubriera, se percataría de que el exorcista es más cinematográfico que el psicoanalista: – «Mi exorcista es más serio que el de Marilou, que terminó casándose con ella. El mío es feo, como tienen que ser los exorcistas, y habla en latín, como está mandado».

El pecado de Eva consistió en prestarle al demonio más atención de la cuenta. Los ojos deben clavarse en la luz.

Además, ver demonios tras todos los males es soberbia. Con muchas personas, el demonio se sienta y aplaude. Concupiscencia, debilidad y estupidez le dan el trabajo hecho.

Son las casas barridas y arregladas, los santos, quienes hacen sudar al demonio. Con ellos se emplea a fondo, aunque poco puede. Y, para disgusto de «frikis», el santo habla mucho de Dios, pero poco del diablo. Si le pides un exorcismo para la jaqueca, igual te invita a aprovechar tu tarjeta de la Seguridad Social.

(TOI27V)

Cuando oréis, decid «Padre»

Hay quien, cuando reza, dice: «¡Oh!». Levanta los ojos al cielo, toma aliento, alza la cabeza y suspira: «¡Oh, Señor!». Luego viene el resto.

No es que esté mal. Muchas oraciones litúrgicas comienzan así, y por algo será. Quien dice «¡Oh!» está lanzado al cielo un grito para que Dios escuche. Es la imprecación dirigida desde el abismo a quien se encuentra en lo alto.

Pero, cuando los discípulos pidieron a Jesús que les enseñase a orar, Jesús respondió: Cuando oréis, decid: «Padre». Decir «Padre» es distinto que decir: «¡Oh!». «Padre» es la llamada que dirige un hijo, cuando está en casa, a su papá. Es una invocación llena de confianza y de amor, que brota de labios de un pequeño que nada posee a un Padre que lo ama y lo comprende.

Ambas invocaciones son necesarias, y de ambas debemos servirnos. Por nuestros pecados, que tanto nos han alejado de Dios, es necesario que gritemos: «¡Oh, Señor, apiádate de mí!». Por la gracia que hemos recibido, y que se renueva en cada confesión sacramental, podemos salir del confesonario diciendo: «¡Padre! ¡Papá! ¡Papaíto!».

Por eso, cada vez que, arrepentidos, decimos «¡Oh!», Dios nos responde otorgándonos la gracia de decir: «¡Padre!».

(TOI27X)

Lo que nadie te puede quitar

Quisiéramos hacerlo todo bien. Yo quisiera celebrar con pulcritud la Santa Misa, atender bien a mis feligreses, recibir con cariño a quienes viene a confesar sus pecados, esmerarme por impartir una buena catequesis a los niños… Tú, como padre o como madre, quisieras acertar al educar a tus hijos, hacer bien tu trabajo, ser amable con tus amigos y cariñoso con tu familia…

¿Y qué? ¿Lo consigues siempre? ¿Qué sucede cuando no lo logras? ¿Te vienes abajo?

Ante los desvelos de Marta por lograr que todo salga bien, Jesús le dice: María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada.

A Marta le pueden quitar lo suyo. Se le puede quemar el cordero o derramar el vino sobre el mantel, y todo se habrá malogrado. ¿Qué harás entonces, Marta? ¿Culparás también a María?

Sin embargo, a María, cuyo tesoro es el Amor de Dios, ni siquiera sus pecados le pueden quitar su parte mejor. Porque esa parte mejor no depende de ella, sino de Dios, y Dios no dejará de amarla nunca.

Procura hacer las cosas bien, por amor a Dios. Pero cuida que tu tesoro no sea tu amor a Dios, sino el Amor de Dios.

(TOI17M)

“Evangelio

Lo que la parábola no cuenta

La parábola del buen samaritano cuenta tanto como calla. No explica qué sucedió con el personaje principal: aquél que, viendo al enfermo en su camino, le vendó las heridas (…), lo llevó a una posada y lo cuidó. Tras haberlo dejado en manos del posadero, ese hombre siguió su camino.

Piénsalo. Podría haber cancelado su viaje, haberse quedado con el enfermo y no haberse marchado hasta que estuviera repuesto. En ese caso, el enfermo, a buen seguro, le habría abrazado, se habría postrado ante él y le habría asegurado que, en adelante, le debía la vida y no lo olvidaría jamás… Nada de eso pudo hacer. Cuando el herido se repuso, su salvador no estaba allí.

Tampoco se nos dice nada acerca de la alegría con que el buen samaritano prosiguió su camino, sabiendo que había hecho lo que Dios le pedía. Él no era –lo sabía– el Salvador. Era, simplemente, un pobre hombre que, a su paso, había hecho el bien que pudo.

Aprende: no estamos llamados a solucionar todos los problemas de todas las personas. Estamos llamados a hacer el bien que podamos, y a confiar en Dios, ese buen Posadero en cuyas manos dejamos a los hombres.

(TOI17L)

“Evangelio

Lo que hace un buen padre

Cuando son jóvenes, a menudo los hijos se quejan de que sus padres no los tratan por igual. Luego, cuando son padres, descubren que tampoco ellos tratan del mismo modo a sus hijos. Porque un buen padre nunca trata del mismo modo a todos sus pequeños. Más bien, sabe lo que puede esperar de cada uno, y lo que a cada uno debe dar.

Así es Dios. Por eso el Juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras.

Toma nota. Porque, el día en que nuestro Padre Dios nos juzgue, Él, que es el mejor Padre, no usará el mismo rasero para todos. A cada uno sabrá pedirnos conforme a lo que nos dio.

Por eso, no te adelantes. No juzgues a quienes, sin haber recibido tanto como has recibido tú, cometen pecados que te parecen abominables. Dios sabrá lo que debe exigirles.

Más bien, recapacita y date cuenta de que tú has recibido mucho. Y que un pecado venial consentido puede ser, para ti, más digno de reproche que pecados mortales cometidos por quienes apenas sabían lo que hacían. Dios, que tanto te ha dado, también te va a pedir mucho. Procura ser fiel.

(TOI26V)

“Evangelio

Uno

San Lucas lo llama uno. Pero a mí no me parece uno cualquiera:

Mientras Jesús y sus discípulos iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adondequiera que vayas».

Ahí es nada. Ese uno, claramente, se había enamorado.

Porque si yo quiero ir a la plaza del pueblo y no sé cómo llegar, cuando alguien me diga que va hacia allí, le diré: «Te seguiré hasta la plaza del pueblo». Una vez que hayamos llegado, lógicamente, le diré adiós y quizá no le vuelva a ver.

Si Jesús va al cielo, muchos lo seguirán. Quieren alcanzar vida eterna, y por eso caminan en pos del Señor. Sin embargo, si Jesús anuncia que se dirige a la Cruz, una buena parte de ellos se dará la vuelta. La Cruz les repugna.

Pero quien dice: te seguiré adondequiera que vayas está dando a entender que no pretende sino vivir junto a Jesús. Ése se ha enamorado.

Yo no me atrevo a decirle al Señor: «Te seguiré hasta la Cruz». Pero sí me atrevo a decirle: «Quiero estar contigo y seguirte adondequiera que vayas. Porque, si estoy contigo, ya he alcanzado la meta de mi vida». Por eso siento veneración hacia ese uno.

(TOI26X)