Evangelio 2018

Tiempo Ordinario (ciclo impar) – Espiritualidad digital

El cepo

San Pablo soñaba, lleno de alegría, poder contarse entre quienes vieran volver a Cristo entre las nubes antes de morir. Según él, quienes tengan ese privilegio no pasarán por la muerte. Verán resucitar a quienes murieron, y, después, nosotros, los que vivamos, seremos llevados con ellos entre nubes al encuentro del Señor por los aires (1Tes 4, 17). No os extrañe el que el Apóstol se imagine volando; no tiene nada de extraño. Al fin y al cabo, los cuerpos de los santos serán transformados a semejanza del cuerpo glorioso de Jesús. Por tanto, serán gráciles, y obedecerán dócilmente al espíritu.

Aunque no todos podrán alzarse. Algunos lo intentarán, y no podrán, porque tienen los pies atrapados en un cepo: las criaturas y los bienes de este mundo los han encadenado a tierra, y les impedirán alzar el vuelo.

Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día.

¿No te sucede lo mismo cuando intentas rezar, y el pensamiento no se eleva hacia Dios porque está atrapado en tus problemas?

En cuanto a juergas y borracheras… En fin, ten cuidado.

(TOI34S)

Películas con final feliz

Signos de los tiempos: Hace años que las películas dejaron de tener final feliz. No siempre lo tuvieron, es cierto; pero ahora no lo tienen casi nunca. Son frecuentes los finales de silencio, es decir, de muerte.

Pero es que las películas son el reflejo —y, a veces, las fabricantes— de la visión de la vida de quienes las hacen y las ven. Si, para muchos, el silencio es el final de la vida, ¿qué hay de extraño en que sea el final de las películas?

De muerte nos ha hablado el Señor en estos días: guerras, hambres, pestes, revoluciones… ¿Algo nuevo? ¿Algo que no estemos viendo cada vez que encendemos el televisor o abrimos la prensa?

Sí. Algo enteramente nuevo: Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios. Por eso el cristiano es capaz de sonreír en medio de las peores adversidades: sabe que la verdadera película, la película de Dios, termina bien. Y, cuando conoces el final, los sustos asustan menos.

A Dios, como a mí, le gustan las películas con final feliz. Y Él es el director definitivo. No habrá «The End» hasta que Él no lo firme con una victoria.

(TOI34V)

Lo que perdemos cuando perdemos la paciencia

Quienes buscan el Paraíso en la tierra aún no han entendido que nos quedan pecados por purgar. Habrá Paraíso, y allí no existirá la muerte, ni el dolor, ni el pecado ni la tentación. Pero todo ello sucederá cuando Cristo vuelva a instaurar su reino; cuando su triunfo esté, al fin consumado, y Dios ponga a sus enemigos por estrado de sus pies. Hasta que ese día llegue, la muerte y la adversidad van ser compañeros de camino cada día.

Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. Nos hace bien. Nos duele, pero nos hace bien. No debemos olvidar que «testimonio» y «martirio» son la misma palabra en su origen. La adversidad, sufrida con paciencia, nos acerca mucho a Dios y nos convierte en testigos de su Amor. Quien ve a un cristiano sufrir con paciencia entiende que hay algo muy grande detrás de la muerte, y que por ese «algo» vale la pena padecer con alegría.

Sin necesidad de esperar al Paraíso celeste, ya en esta vida, reinamos con Cristo si nos abrazamos a la cruz y somos pacientes en la contrariedad.

Pero, si perdemos la paciencia, es mucho lo que perdemos. Y de nada nos aprovecha padecer.

(TOI34X)

El resplandor de lo caduco

A los Corintios les dice san Pablo: Si lo caduco tuvo su resplandor, figuraos cuál será el de lo permanente (2Co 3, 11).

En esta vida, lo caduco resplandece en ocasiones de tal forma, que parece cielo lo que no es sino polvo y ceniza. Y así se engañan muchos. Una pieza musical de calidad, los aplausos con que adornan al artista, un edificio colosal… El mismo cuerpo humano, cuando es aún joven y hermoso, brilla de tal forma que hemos de cubrirlo para que no deslumbre. Poco después, sin embargo, hiede, se corrompe y es pasto de gusanos. ¡Que se lo digan a san Francisco de Borja! En cierta ocasión, llevaba yo la comunión a una anciana inválida, sobre cuyo lecho pendía el retrato en carboncillo de una hermosa joven. «¿Es tu nieta?», le pregunté. «No. Soy yo», me dijo. Miré al retrato, la miré a ella… Y después miré embelesado el crucifijo de la mesa sobre la que deposité el portaviático.

Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida. No nos engañe el resplandor de lo caduco. Las criaturas nos recuerdan a Él. Pero ellas pasan… Y sólo Él permanece.

(TOI34M)

Así se trata a un Rey

viuda pobre¡Qué paradoja! Quien menos tenía resultó ser quien más sabía. Y no había estudiado; su ciencia era la ciencia que no han perdido quienes han conservado limpio el corazón.

Vio a unos ricos que echaban donativos en el tesoro del temploHan contribuido a los donativos –dijo Jesús– con lo que les sobra. Trataron a Dios como tratan los soberbios a los mendigos: le dieron, en limosna, las sobras de cuanto tenían. Pero Dios no necesita nuestras limosnas, y es insulto a su Majestad arrojarle las sobras. ¿No serás tú de los que echan en el cestillo de la misa las vueltas de la compra, o de los que rezan «si les queda algo de tiempo» al final del día? Porque aquellos ricos no trataron a Dios como a un rey.

Vio también una viuda pobre que echaba dos monedillas… Ella, que pasa necesidad –dijo Jesús– ha echado todo lo que tenía para vivir. ¡Así se hace! Esta buena mujer, quizá pobre en sus bienes, pero rica, riquísima en su alma, supo desde el principio que Dios es rey. Y a un le da uno todo cuanto tiene. Después de hacerlo, se pone incondicionalmente en sus manos.

¡Qué gran mujer!

(TOI34L)

Cuando se pueda circular sin cinturón

El motivo que señala Jesús al hecho de que, en la vida futura, no exista el sacramento del matrimonio es muy revelador:

Los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles.

Fijaos en esa relación entre el matrimonio y la muerte. Y no penséis solamente en el momento del último suspiro. La muerte acompaña al hombre mientras vive: el dolor, la fragilidad, la enfermedad, la vejez… Todo eso es muerte. Frente a ella, el hombre está indefenso. Pero no debe estar solo.

El matrimonio es un lazo que une a un hombre frágil con una mujer frágil para que, entre ambos, se aporten fortaleza y se presten ayuda. Los dolores del marido son los de la esposa; y las dificultades de la esposa son las del marido. Para que esas turbulencias de la vida no pongan en peligro el amor, instituyó Dios ese bendito «cinturón de seguridad» del matrimonio.

Pero, en el cielo, donde ya no haya muerte ni dolor, podréis circular sin cinturón de seguridad. Ya no habrá peligro.

(TOI33S)

¿Rezas… o robas?

Si Cristo grita, el alma debería estremecerse. Una persona capaz de bostezar mientras grita Dios lo ha perdido todo; está sordo con la peor de las sorderas, y tiene una piedra en el pecho donde debería estar el corazón.

Escrito está: «Mi casa será casa de oración»; pero vosotros la habéis hecho una «cueva de bandidos».

Guarda dentro el grito del Señor. Deja que, durante el día, resuene en tu alma, y medítalo en tu corazón. Porque tu alma es casa de oración, y no debes permitir que se convierta en cueva de bandidos.

La diferencia entre quien reza y quien roba está en los ojos. Quien reza mira al cielo, y esa mirada le hace desear la eternidad. Por eso está dispuesto a desprenderse de todo en esta vida con tal de alcanzar la gloria eterna. Quien roba, sin embargo, mira a la tierra, y esa mirada le hace desear con tales ansias los bienes de este mundo que acaba siendo esclavo de riquezas, placeres y dinero. Como nunca tiene bastante con lo suyo, acaba deseando también lo de los demás. Ese deseo ya es latrocinio.

¿Hacia dónde miras? ¿Es tu alma casa de oración, o cueva de bandidos?

(TOI33V)

Un dolor dulce que salva almas

Conmueve, y mucho, contemplar a Jesús llorando desconsolado por las culpas de su pueblo. ¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos.

Desde aquel monte, que es un balcón abierto hacia Jerusalén, Cristo vio las consecuencias de los pecados de aquellos hombres, y, pregustando la angustia de Getsemaní, los vio condenarse: Vendrán días sobre ti en que tus enemigos (…) te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán en ti piedra sobre piedra. ¿Nos quedaremos fríos mientras Jesús llora?

Pero, más que eso… ¿Lloramos al ver llorar a Jesús? O, mejor, ¿lloramos sus propias lágrimas? ¿Nos duelen los pecados de quienes nos rodean? ¿Hacemos penitencia por quienes no creen? ¿De verdad tenemos celo de almas?

El celo de almas es un dolor; un dolor intenso y dulce, que nos hace sufrir por las almas que viven lejos de Dios. Ese santo dolor ha creado, en la Iglesia, apóstoles, evangelistas y mártires.

Quizá no te apetece pedir un dolor… Pero debes pedirlo, porque muchas almas necesitan que llores por ellas las lágrimas de Cristo, y que, movido por tu celo, te acerques a ellas para llevarles su Amor.

(TOI33J)

En el fondo, es romántico

Hay quien se asusta cuando, en el evangelio, lee frases como la que hoy dirige el rey contra sus adversarios: A esos enemigos míos, que no querían que llegase a reinar sobre ellos, traedlos acá y degolladlos en mi presencia.

A mí me parece una frase muy romántica, qué queréis que os diga. Porque, en esta vida, los enemigos de Cristo, empeñados en que el Señor no reine en el alma, son los pecados. Y también son enemigos del Señor el dolor y la muerte, fruto del pecado. Estos últimos, el dolor y la muerte, ya han sido abrazados por Cristo y convertidos en puerta de salvación. Pero, cuando Jesús vuelva, acabará definitivamente con pecado, dolor y muerte para instaurar su reino. Entonces gozaremos del Amor sin mezcla alguna de tiniebla. ¿No es romántico?

Si la frase la referimos a los hombres que no quieren que Cristo reine sobre ellos, la orden de degüello no significa que vaya Dios a laminarlos. Significa que esos hombres, al no querer que reine Cristo en ellos, se han separado de su Cabeza. Se degollaron ellos solos, al no querer obedecer.

Nosotros preferimos mantener nuestra Cabeza sobre los hombros. Nosotros queremos que Cristo reine.

(TOI33X)

Puestos a pedir…

BartimeoSupón que te sucede lo que le sucedió al ciego Bartimeo: que Jesús pasa a tu lado, se acerca a ti, y te pregunta: ¿Qué quieres que haga por ti? ¿Qué responderías?

Quizá, ni siquiera pedirías algo para ti. Sé de muchas madres que, ante esta pregunta, no dudarían en pedir una gracia para un hijo suyo.

Puede que le pidieras socorro en una necesidad personal. Tampoco haces mal. Al fin y al cabo, eres hijo, y eres pobre. Tienes derecho a pedir para ti.

Tal vez hayas pedido favores grandes para el mundo, o incluso la salvación de todas las almas.

Tampoco es mala la súplica de Bartimeo: Señor, que recobre la vista. Sobre todo, si es la fe la que quieres recobrar, para poder ver al Señor.

Deja que me atreva con la que me parece la mejor respuesta: «¡Señor, que yo haga en todo tu voluntad!». Porque, creo, de verdad, que, si yo hago en todo la voluntad de Dios, además de unirme a Él, como deseo, mis seres queridos, y las almas todas, saldrán beneficiados. Por tanto, lo que pido para mí no es egoísta. ¿Acaso no dijo Jesús por ellos me consagro (Jn 17, 19)?

(TOI33L)