Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo impar) – Espiritualidad digital

Gente de negocios

La gente de negocios sabe que el dinero es como la semilla que se echa en el campo: no germina, ni da fruto, salvo que le entregues tu vida. Si el labrador se deja la piel arando, sembrando y recogiendo, el hombre de negocios se deja el tiempo en viajes, comidas, tratos y visitas hasta que el dinero fructifica. En ocasiones, por lograr más dinero, abandona sus aficiones, sus amistades, e incluso su familia. No es un ejemplo a imitar, desde luego, salvo que lo traslademos a negocios más nobles que el del dinero.

Negociad mientras vuelvo.

Nuestro negocio son las almas. Y no significa que mercadeemos con seres humanos, creados a imagen y semejanza de Dios. Significa lo que significa la palabra: «nec-otio», es decir, que no nos concedemos descanso a la hora de ganar almas para Cristo. Como esos hombres que entregan todo para ganar dinero, nosotros debemos estar dispuestos a entregar cuanto tenemos para ganar almas; y dejarnos el tiempo en tratar a amigos, a compañeros de trabajo, a vecinos, a familiares… hasta lograr que a todos llegue el amor de Dios. Muchos, siguiendo la llamada del Señor, abandonan padre y madre para ganar almas.

¡Bendito negocio!

(TOI33X)

No te quedes mirando

Mirar a Jesús es la forma de enamorarse de Él. Los grandes amores comienzan siempre con un flechazo. Ojalá seas muy contemplativo en tu oración, y te deleites recreando los pasajes evangélicos como si estuvieras allí, junto al Señor.

Pero recuerda que la oración contemplativa, si es auténtica, nunca se queda en la mirada. Zaqueo se subió a un sicomoro para ver a Jesús. Y, desde luego, lo vio. No sólo lo vio; también Jesús lo vio a él. Y, en ese cruce de miradas, surgió el amor.

De nada hubiera servido aquel flechazo, si Jesús y Zaqueo se hubieran quedado mirándose. Era necesario un paso más: Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa. Y, al recibir al Señor, Zaqueo fue salvado.

Te emocionas mientras rezas; te he visto llorar. Y dices estar locamente enamorado de Jesús… Pero, hasta que no lo recibas en tu vida, hasta que no llenes tu corazón con su paciencia, con su mansedumbre, con su amor por los enemigos, con su perdón incondicional de todas las ofensas, y con su obediencia a la voluntad del Padre, no estarás salvado. Ya has mirado a Jesús. Ahora, déjalo entrar.

(TOI33M)

Respetos humanos

BartimeoEso que llamamos «respetos humanos» es el disfraz de la cobardía. Por culpa de los respetos humanos, muchos enfermos quedan sin sanar, y a muchos ignorantes se les priva del anuncio del reino de Dios.

Bartimeo sabía que era ciego y pobre, y lo que más le importaba era su propia curación. Por eso gritaba, con todas sus fuerzas: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!

Los que iban delante le regañaban para que se callara. Pero Bartimeo no conocía los respetos humanos. Si, para lograr su curación, tenía que quedar mal con todo el mundo, le daba igual. Si a los demás les molestaba que rezase a gritos, también le daba igual. Si le tomaban por loco, entonces que sumasen loco a ciego y a pobre.

Es sorprendente cómo, para Bartimeo, parecen existir tan sólo dos personas en el mundo: él mismo, y Jesús. En medio de la multitud, logra quedarse a solas con él, como deberíamos quedarnos nosotros mientras caminamos por las calles o compramos en el supermercado.

Ojalá, a la hora de amar a Dios, y de anunciarlo, tengas en nada los respetos humanos. Al fin y al cabo –créeme– todo queda entre Jesús y tú.

(TOI33L)

El pensamiento de la muerte

La obsesión con la muerte lleva a la locura. El pensamiento sereno de la muerte infunde sensatez. La ignorancia de la muerte provoca idiocia.

El cristiano no se obsesiona con la muerte, porque ya está obsesionado, y lo está con Cristo. Sin embargo, el cristiano cuenta con la muerte, piensa en ella, y la mira de frente, como quien mira la puerta de entrada al Hogar donde termina su peregrinación.

Es cierto, da miedo, ¿para qué negarlo? Si el propio Cristo se dirigió a la muerte sudando sangre, ¿qué esperamos nosotros? Pero el temblor queda en el cuerpo, porque el cuerpo, tras esa puerta, no ve nada; y la nada da miedo. El alma, sin embargo, iluminada por la fe, divisa una luz muy hermosa detrás de ese umbral; es la luz de los brazos amorosos de Dios, que esperan al cristiano para introducirlo en el Paraíso.

Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?

Cuando Jesús venga a buscarme, quiero que me encuentre lleno de fe. Por eso, debo vivir de fe. Es la mejor manera de asegurarme de morir con fe. Y no sólo con fe; también con esperanza. Quisiera morir de amor.

(TOI32S)

Para la puerta de tu nevera

Hay recordatorios que uno pega en la puerta de la nevera, para no olvidarlos jamás. Supongo que es un lugar tan socorrido, porque siempre acabamos abriéndola en los momentos de ansiedad. Dicen que Elizabeth Taylor se hizo fabricar una nevera parlante, que, cada vez que la abría, le insultaba: «Cow! Cow!» (es decir: «¡Vaca!»).

San Pablo pide a Timoteo que ponga a Jesucristo en la puerta de la nevera: Acuérdate de Jesucristo (2Tim 2, 8). Es un recordatorio maravilloso. Busca un crucifijo con un imán, y pégalo allí, junto al aviso que te ha puesto tu hijo para que le compres la Nocilla. Además, hoy el Señor te da un post-it no muy reconfortante, para que lo añadas a esa puerta, que ya parece una pizarra:

Acordaos de la mujer de Lot.

Esa pobre señora, por mirar atrás mientras se quemaban Sodoma y Gomorra, en lugar de mirar hacia delante, al camino que Yahweh le había señalado, quedó convertida en estatua de sal. Te voy a regalar una estatua de sal con imancito, para tu nevera. A ver si así no conviertes tu oración en despacho de urgencias, donde repasas tu apretada agenda, cuando deberías buscar el rostro de Dios.

(TOI32V)