La Resurrección del Señor

Semana Santa – Espiritualidad digital

En busca del primer escándalo

Hoy quisiera recuperar el primer escándalo. Lo hemos perdido. En los Oficios, se nos mostrará la Cruz, nos acercaremos a besarla, y quizá nos conmovamos al posar nuestro beso en esos pies. Pero ya no nos escandaliza.

Si alguien completamente ajeno al cristianismo nos viera, se escandalizaría, nos tomaría por locos. ¿Ése es vuestro Dios? ¿Habéis perdido el juicio? Miradlo, está derrotado, desnudo y agonizante. ¿Dónde está su poder, dónde su gloria? ¿Acaso alguna religión muestra a su dios humillado? Sin ser Dios, Napoleón pasó a la Historia subido en un corcel, no llorando por Waterloo.

El hombre busca en Dios protección contra el sufrimiento y la muerte. ¿Qué puede esperar de un Dios sufriente? ¿Cómo podemos presentar crucificado a Jesucristo, y confesar ante el mundo que es Dios?

No puedo apartar la mirada de esa Cruz. O estamos locos, o en esa humillación está su mayor victoria. «¡Victoria, tú reinarás! ¡Oh, Cruz, tú nos salvarás!»

O estamos locos, o Cristo está tomando posesión de la muerte para convertirla en Amor, y está derrotando al pecado arrebatándole su aguijón mientras éste se clava en su costado.

No. No estamos locos. Estamos redimidos. Bendito escándalo, que abre las puertas del Misterio.

(VSTO)

Soledades de un hombre que se marcha

Hoy instituyó el Señor el sacramento del Orden Sacerdotal. Para los sacerdotes, es fiesta. Hasta que concluye la Misa en la Cena del Señor. En cuanto la Misa concluye, nos sumergimos en las tinieblas de Getsemaní, de las que no saldremos hasta el domingo. Siempre me sobrecoge ese contraste.

Al Señor y a los apóstoles les sucedió lo mismo. De la cena festiva de Pascua pasaron, repentinamente, a las angustias del Huerto.

Pero Jesús estaba triste desde el principio. Triste y conmovido. Se estaba despidiendo, y los suyos aún no lo sabían. Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

¡Cuánto los quería! ¡Cuánto le costaba separarse de ellos! No me digáis que en tres días los vería de nuevo, no es verdad. Hay un abismo entre el Jueves y el Domingo. Y Jesús lo tendría que cruzar solo.

Se agacha, les lava los pies, y les deja –nos deja– tres regalos: el sacerdocio, la Eucaristía y el Mandamiento Nuevo. Hoy los recibimos agradecidos. Y, después, nos adentraremos con Él en ese abismo de Amor y de tinieblas. Silencio.

(JSTO)

El hombre que voló los puentes

Durante muchos años traté de verme a mí mismo en Judas. Yo también he traicionado a Cristo, lo he entregado a la muerte con mis pecados. ¿Qué me distancia de él?

Hace tiempo que dejé de hacer ese ejercicio. Y no porque no me vea capaz de esa traición, sino porque comprendí que la traición de Judas no es como la de Pedro. Pedro, como yo, flaqueó, fue presa de su soberbia y de su debilidad, pero lloró su culpa, volvió al Cenáculo, y se abrazó a Cristo resucitado en cuanto pudo hacerlo. Judas, en cambio, cambió de bando. En Getsemaní nos damos cuenta de que ya está en el otro lado, en el de los verdugos, forma parte de esa cuadrilla.

Judas jamás volvió al Cenáculo, eso le hubiera salvado. Pero, además de traicionar a Jesús, rompió con los hermanos, eligió la orfandad. ¿Qué le quedaba después de tomar consciencia de su traición? Había volado todos los puentes, ya sólo le quedaba la muerte, y en ella se precipitó.

Dicen que «corruptio optimi pessima» (la corrupción de lo mejor es lo peor). Quien ha tenido intimidad con Cristo y después rompe con Él se despeña en un abismo terrible.

(XSTO)

El hombre más solitario de la tierra

Ayer dijo Jesús: A mí no siempre me tenéis (Jn 12, 8). Y hoy: Me queda poco de estar con vosotros. Se marcha Jesús. Y se marcha solo. Donde yo voy no podéis venir vosotros.

La soledad de Cristo durante su Pasión es sobrecogedora. Gran parte del tiempo que duró su suplicio estuvo rodeado de gente: soldados, miembros del Sanedrín, sumos sacerdotes, gentes que se amontonaban a los lados del camino durante el Vía Crucis… Pero Él estaba solo, porque los hombres se volvieron enemigos. No tenía dónde mirar para encontrar consuelo. Y cuando, después, fue levantado en la Cruz…

… La cruz es la figura del hombre más solitario de la tierra: Aún no recibido en el cielo, abandonado de Dios, vomitado del mundo. Estoy desvelado, gimiendo, como pájaro sin pareja en el tejado (Sal 102, 8).

¿Podremos acompañarlo este año? Quienes no somos capaces de soportar la más mínima contrariedad, ¿seremos capaces de caminar a su lado durante su Pasión? ¡Cuánto lo desearíamos! Pero nos vemos ¡tan impotentes! ¿Qué haremos?

Te diré lo que haremos: abrazarnos, como Juan, a la Virgen María. Ella fue el único consuelo de Cristo en su dolor. Hagámonos pequeños, subamos a sus brazos.

(MSTO)

Los perfumes y un falso milagro

Me engañó la vida con un falso milagro. Cuando me acercaba al ambón para proclamar el evangelio, percibía aroma de rosas; no sucedía siempre, sólo algunos días. Creí que me bendecía el Señor con el aroma de su palabra, hasta que me percaté de que aquel fenómeno sólo sucedía cuando en el primer banco estaba una feligresa determinada, aficionada a ducharse con perfume en lugar de con agua, como todo el mundo. Menuda decepción.

Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. No soy muy aficionado a los frascos de colonia, pero los perfumes de la Escritura me cautivan. El Antiguo Testamento está lleno de perfumes exóticos y, en el Nuevo, los perfumes son pieza clave en el entierro de Cristo. Lo tenía guardado para el día de mi sepultura.

Dice san Pablo que nosotros somos incienso de Cristo ofrecido a Dios, entre los que se salvan y los que se pierden; para unos, olor de muerte que mata; para los otros, olor de vida, para vida (2Cor 15-16). Por eso Judas no soportó aquel perfume de amor derramado por María.

Traed ese perfume al templo, y no os bañéis en agua de rosas, que no hace falta.

(LSTO)

Las dos primeras lecciones

Comienza la Semana Santa. Y Jesús entra en Jerusalén a lomos de un pollino. Estamos allí, al borde del camino, los ojos bien abiertos y el corazón enamorado. Contemplamos, queremos recibir las últimas lecciones del Maestro. Y, al paso de Cristo, dos enseñanzas quedan impresas en el alma. No serán las únicas, pero son las primeras:

Los que iban delante y detrás, gritaban: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!». Aprendemos a no fiarnos del ruido, ni de las grandes ovaciones, ni del espectáculo. Sabemos que pronto esos gritos de aclamación serán sustituidos por otros, quizá salidos de los mismos labios, que pedirán la crucifixión de Cristo. Y entendemos que es más fiable, más verdadero, el silencio de la oración que el ruido de las masas.

Llevaron el pollino, le echaron encima los mantos, y Jesús se montó. Quedamos asombrados ante el modo en que el Rey de reyes entra en la ciudad santa sobre montura tan humilde. Y aprendemos que así entra también en nuestras almas: sobre la humilde apariencia de un pedazo de pan. Adoramos postrados.

La clase magistral acaba de comenzar.

(DRAMOSB)

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