Evangelio 2018

Fiestas de la Virgen – Espiritualidad digital

De Nazaret a Lourdes

guapísimaCuando, ante la embajada de Gabriel, María se llama a sí misma la esclava del Señor, no está improvisando una fórmula de cortesía, sino que está manifestando en palabras el modo en que ella se veía a sí misma. Poco después, ante Isabel, volverá a emplear la misma expresión: Dios –dirá– ha mirado la humildad de su esclava (Lc 1, 48).

En 1858, cuando María se aparezca, en Lourdes, a Bernadette Soubirous, se presentará a sí misma con estas palabras: «Yo soy la Inmaculada concepción».

¿Sabía María, cuando, en Nazaret, se vio ante Gabriel, lo que sabía de sí misma en 1858, cuando se apareció en Lourdes y ya tenía su morada permanente en los cielos?

Desde muy niña, la Virgen experimentó una sensibilidad especial para todo lo divino. Sabía que su alma era un cristal limpísimo, que se dejaba herir por los rayos de un Sol amante. Entre aquel momento y su Asunción a los cielos, ella fue entendiendo el misterio de su limpieza interior. Y supo que Dios le había dado un corazón totalmente puro, ajeno por completo al pecado. Pero conservarlo así fue mérito suyo.

¡Oh, María, sin pecado concebida, ruega por nosotros, que recurrimos a ti!

(0812)

“Evangelio

«Virgen» es la Virgen

Aún usábamos cintas de casete. Y le escuchaba a mi padre: «Tengo que comprar una cinta virgen». Me sonaba rarísimo, porque, para mí, virgen era la Virgen María. Y asociar una palabra tan sagrada con una cinta metida en una caja que siempre se atascaba y te obligaba a usar un boli «bic» me parecía una blasfemia.

Si de mí dependiera, yo no usaría la palabra «virgen» más que para la Virgen. Y para las monjas, que se miran en ella. Porque la virginidad de María, evocada hoy en esa consagración realizada en el Templo cuando era niña, es virginidad enamorada. Nada tiene que ver con la soltería, ni con la frialdad, ni con la represión patológica de las pulsiones naturales.

El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y mi hermana y mi madre. La virginidad de María, en lugar de hacerla estéril, la convierte en Madre de Dios. Al entregar al Espíritu su cuerpo, entrega también alma, voluntad, y vida. Así, el Espíritu puede llenarla de Dios, y es a Dios mismo a quien da a luz.

Por eso, si de mí dependiera, quien dijera «virgen» debería decir «María».

(2111)

El pilar de la humanidad

Lo que se llamó «movimiento de liberación de la mujer» vino a ser el comienzo de un mundo sin mujeres. Porque, más que liberar a Eva del yugo de Adán, se trataba de «adanizar » a Eva, y matarla como mujer. A la que había sido el alma del hogar y la madre de familia numerosa se la dotó del derecho a matar a sus hijos en su vientre y se la animó a buscar su realización fuera de casa, haciendo lo que hacía el hombre. Pero el mundo sin mujeres acaba siendo un mundo sin familia, sin hogar, sin niños, sin calor. Ahora, este mundo frío se encuentra a merced de los manipuladores de nieve.

He visto caer a padres de familia. Si la madre se mantenía en pie, la familia permanecía unida. He visto a mujeres levantar a sus maridos con inmensos sacrificios. Pero también he visto caer por tierra a madres, y venirse abajo la familia entera.

Dichoso el vientre que te llevó… Si la Virgen quiso aparecer sobre un pilar, no fue casualidad. ¿Acaso no estaba diciendo, entre otras cosas, que la mujer es el pilar que sostiene a la humanidad? Pero, si el pilar cae…

(1210)

Bendita repetición de palabras

rosarioHay quien dice que el santo rosario no es sino una repetición de palabras. Benditas palabras, y bendita repetición. Yo me paso la vida repitiendo palabras a los hombres, diciéndoles siempre lo mismo, sin que apenas nadie haga caso. Sin embargo, cada palabra que digo a Dios alcanza el corazón amoroso de la Trinidad y vuelve a mí destilada en gracia divina. También, también a Dios tengo que repetirle muchas veces las mismas palabras. Él lo quiere así, y por eso nos pide tantas veces que insistamos en la oración.

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Tras estas palabras de María, el Verbo divino se hizo carne. También las palabras del sacerdote, durante la misa, hacen descender a Jesús desde el cielo para hacerse presente en el altar.

Cierto; el santo rosario es una repetición de palabras. Pero cuidadlas mucho. No hay palabras mejor dichas, ni mejor repetidas. Mientras pasáis las cuentas, no os conforméis con una recitación mental; abrid los labios, pronunciad y saboread esas palabras, aunque sea en voz baja. Os sabrán dulces, y harán que vuestro amor por Cristo y su santísima Madre se encienda más y más en cada avemaría.

(0710)

“Evangelio

Dolores que valen la pena

Contemplad despacio uno de esos lienzos hermosos donde la Virgen aparece junto a la cruz de su Hijo. Aprenderéis muchas cosas.

No vayáis a pensar que allí se reúne todo el sufrimiento, y fuera de ese cuadro no existe el dolor. Hay dolor en los hogares, en las escuelas, en las calles y en las tabernas. Todos sufrimos. Sufre el creyente, y sufre el incrédulo. Lo que marca la diferencia no es la cantidad o intensidad del sufrimiento, sino el motivo.

Hay quienes sufren dolores de bisutería. No valen ni el peso de las lágrimas que los lloran. Son padecimientos egoístas y caprichosos. Sufren porque no se salen con la suya, porque no los tienen en cuenta los hombres, porque no gozan la salud que quisieran, porque se sienten solos o despreciados… Todo su dolor comienza y termina en ellos mismos.

Mira a María. Su dolor es grande, sobrecogedor, maravilloso y redentor. Sufre los dolores de su Hijo Jesús, que son dolores de Amor por los pecados de los hombres. Ese dolor la ha convertido en madre tuya y mía: Ahí tienes a tu hijo. Son dolores de parto.

Dime, ¿no querrías cambiar tus dolores por los suyos? Anda, pídeselo.

(1509)

La Aurora

Algunos celebran en junio, y otros en octubre, a una santa Aurora, virgen y mártir, de quien nada se sabe. No es extraño, porque el número de los mártires surgidos durante el Imperio Romano es inmenso, y de muchos de ellos sólo conocemos el nombre y la veneración que se les tributó.

Pero, si dependiera de mí, yo diría a las Auroras que celebrasen hoy su santo. Porque, si el verdadero sol de justicia es Cristo, la aurora verdadera es María.

¿Acaso no es la aurora ese momento en que, antes de salir el sol, ya despunta la luz y clarea el cielo?

Después del pecado de nuestros primeros padres, las tinieblas de la noche cubrieron la tierra durante miles y miles de años. Dios dispuso romper esas tinieblas con el Sol, que sería su hijo Jesucristo, luz del mundo. Pero, antes de que el sol amaneciera, surgió la primera luz como anuncio de la salvación. Esa luz era María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

 En María brilla Jesús, porque su luz es fruto adelantado de la Redención. Y nuestros ojos, al mirarla a Ella, se alegran con el brillo que también llenará nuestras almas. ¡Feliz cumpleaños, María!

(0809)

La Reina Madre

¡Qué sabiduría, la de la Iglesia! El mismo día en que proclama a María Reina de cielos y tierra, nos presenta el pasaje en que ella dice de sí misma: He aquí la esclava del Señor.

Pero, en el cielo, las cosas son así. No hay otro rey fuera del Señor. Sólo Él tiene el imperio, el poder y el señorío sobre todo lo creado. Pero, cuando una criatura se somete amorosamente a sus designios, Él la eleva, la hace suya, y la sienta en el trono de sus rodillas como sientan los padres a sus hijos. Desde allí, esa criatura reina con Dios.

María es esa criatura. Sometida en todo al Amor divino, no sólo reina con el Dios altísimo, sino que, por singular privilegio, reina también sobre Él. ¿Acaso no es la madre reina del Hijo? ¿No se somete el Hijo a la Madre, como se sometió en Caná, cuando, a petición de María, adelantó su hora?

Por eso la llamamos «Omnipotencia suplicante». Porque, en el cielo, Cristo sigue obedeciendo a María en todo. Y cuando Ella intercede por los hombres, el Hijo le concede cuanto pide.

Sin ser Dios, eres reina de Dios. ¡Cómo lo has enamorado!

(2208)

Toda tú eres de Dios

En el salmo 44 estaba escrito, acerca de la esposa del Rey: Quiero hacer memorable tu nombre por generaciones y generaciones, y los pueblos te alabarán por los siglos de los siglos (Sal 44, 18). En esas palabras se vio reflejada María, y así cantó ante Isabel: Desde ahora me felicitarán todas las generaciones.

Son muchas, María, las generaciones que han pasado desde entonces. Y, tal como anunciaste, todas te han felicitado. Hoy lo hacemos nosotros, y, al felicitarte, nos felicitamos también por tenerte como madre.

Felicidades, porque has sido recibida, en cuerpo y alma, en lo más alto del cielo, y allí tienes tu trono junto al de tu Hijo. En todo lo seguiste en esta vida, y era justo que en todo lo siguieran también en la gloria.

Nuestros pobres cuerpos tendrán que pagar sus culpas en el sepulcro antes de ser glorificados. Pero el tuyo, Madre nuestra, jamás se desposó con el pecado ni tuvo nada que ver con él. Todos tus miembros glorificaron a Dios toda tu vida. Si, por tanto, fueron suyos, ¿qué hay de extraño en que Él los tome y los lleve junto a Sí?

¡Oh, María, asunta al cielo, ruega por nosotros!

(1508)

La santa prisa

¡Qué prisas tan serenas! Nada que ver con esas prisas desquiciadas de nuestras ciudades, nuestras carreteras y nuestras taquicardias:

María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

Se apresura, porque la mueve un ataque de alegría. Y esa alegría, que en su vientre tiene carne, porque es la carne de que ella comparte con el propio Dios, la quema por dentro y la empuja hacia la casa de Isabel. Las dos mujeres llevan, en sus vientres, el futuro de la Humanidad. Y nadie lo sabe.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó de alegría en su vientre. Tiene prisa Juan, y salta inquieto, deseoso de nacer y ver con sus ojos a la Madre del Señor.

¡Qué hermosa es, ante los ojos de Dios, la prisa por servirle, por anunciar su nombre, por gozar sus dulzuras! Esa prisa también santifica deprisa a quienes, como María e Isabel están poseídos por ella. Nada que ver –repito– con el estrés de quienes tienen prisa para todo, pero siempre llegan tarde a la oración y a la iglesia. ¡Tienen tanto que hacer!

(3105)

Te pido a Ti por Ti

Decir, simplemente, «Dios», es como mirar de lejos. Un cristiano debería tener el atrevimiento de un niño y acercarse más.

Cuando lo contemplas más de cerca, dices «Padre» («Papá»), dices «Hijo» («Jesús»), y dices «Espíritu Santo» (el que dice «Papá» y dice «Jesús»). Ya no le pides a Dios, sino que eres un niño que, movido por el Amor, pides al Padre a través del Niño.

Lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Esa gloria –ya lo sabes– es el Espíritu, el mismo que te permite pronunciar el nombre.

Pero mucho más asombroso es lo que sigue: Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré. No dice «si le pedís algo al Padre en mi nombre», sino si me pedís algo en mi nombre. ¿Te pediré a Ti, Jesús, en tu propio nombre?

¡Asombroso misterio de la Santísima Trinidad! Tanto se identifica el Hijo con el Padre, que pedirle al Padre es pedirle al Hijo, y el propio Hijo recibe, a la vez que el Padre, la oración que en su nombre se eleva.

No escribo esto para que hagas nada. Sólo para que contemples. ¡Qué maravilla!

(TP04S)